
Voces y gruñidos o en defensa de los cerdos | Por Carlos Martín Briceño
Hace más de medio siglo, cuando volvíamos a Mérida por carretera luego de un viaje familiar a Tizimín, mi padre decidió desviar la ruta para saludar a un viejo amigo que vivía en Sucilá. Escasas son las imágenes que guardo en la memoria de aquel poblado: la fachada austera de la iglesia franciscana, el parque central con sus banquitas de madera, la frondosa copa rojiza de un flamboyán que nacía en la escarpa de la casa de nuestro anfitrión. Pero lo que hasta la fecha no olvido es la violenta escena que tuve oportunidad de presenciar en ese mismo pueblo, cuando el hijo del amigo de mi padre nos invitó a mi hermano Enrique y a mí a “gustar” la








