Cuento

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De Abraham, Lot y Jesús | Tres minificciones de Carlos Martín Briceño

Abraham “Toma ahora a Isaac, tu único y amado hijo, ve a la tierra de Moriah y ofrécemelo allí en holocausto sobre uno de los montes que te señalaré”. Abraham, siguiendo el mandato de su Dios, se levantó muy de mañana, enalbardó a su asno, tomó consigo a dos siervos suyos y al inútil de Isacc que yacía inconsciente en su lecho con una desconocida —otra más—, tras la tremenda juerga del día anterior, ignorante de lo que le esperaba. Aunque confundido, Abraham marchó gustoso pensando, ilusamente, que por primera vez aquel caprichoso Dios que todo lo manipulaba, le había dado, al fin, una orden justa. Lot …que por nada del mundo ni él, ni su familia, mirasen hacia atrás,

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Sunrise, relato del libro de cuentos ‘Los secretos vivos’ de Carlos Martín Briceño

Le prometí que vendría a verla a Nueva York. Se lo dije esa frenética mañana mientras nadábamos en el mar turquesa de Playa del Carmen, donde nos conocimos. Hacía calor, el océano estaba en calma, la playa vacía y libre de turistas. Solo unos cuantos trasnochados se animaron a terminar la gran fiesta de fin de siglo dándose un chapuzón. Jennifer y yo nos contamos entre ellos. Busco la hora en mi reloj. Aún faltan cuarenta minutos para que Jennifer aparezca en la terraza de esta taberna, ubicada en el corazón de Central Park, que eligió para nuestro encuentro según su correo electrónico. Doy un trago a mi cerveza y evoco que hace unos momentos, mientras caminaba hacia aquí, descubrí, camuflado

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Verde olivo | Por Carlos Martín Briceño

Te perseguirán los recuerdos divinos del ayer, te atormentará tu conciencia infeliz. Frank Domínguez, “Me recordarás” Querida Gretel: El día que supe que Estados Unidos reanudaba relaciones diplomáticas con Cuba, me acordé de ti. Me remonté a aquel verano del ochenta y siete, al momento en que te divisé en la cola de los helados Coppelia. A estas alturas, prefiero ser sincero: lo que verdaderamente llamó mi atención fue ese par de obuses, duros y puntiagudos, desafiando el firmamento, que se transparentaba detrás de tu blusa azul de tirantes, grisácea de tanto uso. Entonces yo tenía veinte, estaba en la universidad, leía con avidez a los escritores del boom latinoamericano, escuchaba Nueva Trova y creía firmemente que, con el paso del tiempo,

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Colmado | Por Carlos Martín Briceño

Lo primero que hace al entrar al cuarto es desnudarse. Su ropa interior, húmeda, hiede. Mira su cuerpo ante el espejo de la cómoda y cae en la cuenta de que se está haciendo viejo. De poco le han servido las clases de judo que toma desde hace algunos años. Se asoma al balcón y pierde la mirada en el misterio del océano nocturno. Al fondo, alcanza a distinguir las luces titilantes de algunos barcos. A estas horas, el malecón está en penumbras, vacío de transeúntes. Solo una mulata altiva de largas piernas y tacones de aguja camina con parsimonia. No parece tener prisa por llegar a su destino. En esta zona, lo previno el taxista, además de la inseguridad,

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“Lipoescultura”, un cuento de Carlos Martín Briceño

Nunca estuviste de acuerdo. Solo pensar en las posibles consecuencias te acometía una súbita sensación de ahogo que te impedía rebatir sus argumentos. Y en este momento, cuando la ves debatirse entre la vida y la muerte, te das cuenta de que, tal como solía decir tu madre, el mundo tiene su propio equilibrio que provoca que las cosas caigan por su propio peso. Transcurrían los primeros días de marzo cuando tu mujer fue a consultar a un cirujano plástico. ¿El porqué? La grasa rebelde que, a pesar de las extenuantes sesiones de pilates, los carísimos masajes reductivos y las inyecciones de carnitina, no cedía. Cuando regresó de la cita y te platicó emocionada lo que el médico le había

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Tardes de Atari | Por Carlos Martín Briceño

¡Acércate querido, ven! Los brazos de la vieja –lánguidos, pellejudos– se extienden hacia mí como tentáculos. Han pasado muchos años, más de treinta, y aunque desde un principio me pareció una pérdida de tiempo corresponder a su patético diálogo de nostalgias, en vez de colgar el teléfono con cualquier pretexto permanecí con la bocina en la oreja, escuchando con paciencia el discurso cursi, aburrido, de la madre de Armando. No quise parecer grosero, traté de zafarme, argumenté falta de tiempo, exceso de trabajo, pero ella insistió. Los ruegos y “porfavores” se intensificaron hasta que, en un arranque de hartazgo y lástima, acepté la invitación.

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Usheret | Por Carlos Martín Briceño

Llegamos con una botella de merlot en las manos. Dave nos abre la puerta y cuatro robustos y escandalosos perros vienen hacia nosotros para olfatearnos los zapatos. Nuestro anfitrión guarda un parecido notable con Donald Trump. El pelo escaso, lacio y rojizo, la piel sonrosada y las bolsas de los ojos me lo recuerdan. Además, es alto y corpulento como el presidente gringo. Mientras Melisa y yo luchamos por quitarnos de encima a los animales, Dave justifica: –Verónica los recoge en la calle, no tiene corazón para abandonarlos.

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Miel sobre hojuelas | Por Carlos Martín Briceño

La última vez que viniste aún seguías con Andrea. Ni siquiera pasaba por tu cabeza la idea de una separación. Ahora el sitio había sido remodelado para darle un aire más contemporáneo. Llamaron tu atención las formas geométricas de las litografías de Francisco Castro Leñero que adornaban la pared, los maceteros de acero rebosantes de helechos, el brillante piso ajedrezado, de mármol, colocado recientemente. Poco quedaba del viejo consultorio donde te habían tratado aquella molesta uretritis de juventud que tantos problemas te ocasionó en tus primeros años de matrimonio.

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La amabilidad de los extraños | Por Carlos Martín Briceño

—No me voy a quedar. El anciano pronunció sin titubeos la frase, se aferró al asiento, parpadeó con insistencia y, a través del parabrisas del Audi A7, fijó la mirada en las sombras lejanas que supuso árboles. —¿Qué dices, papá? —desconcertado, el conductor se dirigió al viejo al tiempo que disminuía el volumen del estéreo donde Nat King Cole interpretaba melancólicamente “Les feuilles mortes”.

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El adiós, un cuento de Carlos Martín Briceño

Habían colocado a mi padre sobre unos rústicos cartones, encima de una mesa de acero inoxidable. A un lado quedó el féretro en el que lo velamos durante la madrugada; ahora estaba abierto, se podía ver el interior grisáceo y acolchado donde reposó su cuerpo. Yo estaba allí para constatar que fuera a él y no “un perro callejero”, como dijo una de mis hermanas, al que metieran al incinerador

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