Biografía

Nace en la ciudad de Mérida en el estado de Yucatán, México el 10 de agosto de 1966. Es narrador y ensayista.

Reconocimientos:

Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2018 por De la vasta piel. Antología personal.

Premio Internacional de cuentos Max Aub 2012 por Montezuma´s Revenge.

Mención de honor en el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2008 por Caída Libre.

Premio Nacional de cuento Beatriz Espejo 2003 por Los fines de semana.

Premio Nacional de cuento de la Universidad Autónoma de Yucatán 2004 por Póker de Reinas, cinco versiones del deseo.

Mención de honor en el Concurso Nacional de relatos Carmen Báez 1999  por Casi lo que ella buscaba.

Trayectoria literaria:

En el 2019, y por sus méritos literarios, fue seleccionado para formar parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte que coordina la Secretaría de Cultura del Gobierno Federal.

Al final de la vigilia, uno de sus primeros libros de cuentos fue seleccionado en el 2006 por la Secretaría de Educación Pública para formar parte de las bibliotecas de aula del programa oficial Libros del Rincón en los cursos de tercer año de educación secundaria en la península de Yucatán.

Dos de sus libros, Caída Libre y Montezuma´s Revenge, fueron elegidos como los mejores libros editados en México en su año de publicación.

Cuentos suyos están incluidos en más de una docena de antologías nacionales y extranjeras.

Es colaborador habitual del Diario de Yucatán (Mérida, Yucatán) y del suplemento cultural La Jornada Semanal (Ciudad de México).

Ha participado en varias ferias nacionales e internacionales de libro entre ellas la FIL Guadalajara, la Feria del libro de Tijuana, la FILEY de Yucatán y el Festival de Visiones de México en Colombia. También fue invitado por la Asociación General de autores del Uruguay en Mayo del 2019 a impartir el taller de cuento Sin tanto cuento y a presentar la novela La muerte del Ruiseñor. Fue invitado a participar en la décima tercera edición del Encuentro Internacional de Cuentistas que organiza la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en 2019.

Según el crítico literario Sergio González Rodríguez, Carlos Martín Briceño, uno de los más importantes narradores del sureste mexicano, «ha logrado un equilibrio entre la potencia vital y la potencia intelectual. Cada pieza suya reconstruye vivencias de sus personajes, que conforme entran en zonas extremas de violencia, sexualidad o extrañamiento de lo cotidiano superan en su mente lo acontecido a través de pensamientos, percepciones, vislumbres de lucidez o incertidumbre».

Obra publicada:

Cuento:

Toda felicidad nos cuesta muertos. Cinco cuentos negros, Lectorum, Ciudad de México 2020 || De la vasta piel. Antología personal, Ficticia Editorial/Secretaría de Cultura, Ciudad de México 2017 || Montezuma´s Revenge y otros deleites, Ficticia Editorial, Ciudad de México 2014 || Montezuma´s Revenge, Fundación Max Aub, Segorbe, España, 2012 || Caída libre, Ficticia Editorial, Ciudad de México 2010. || Los mártires del Freeway y otras historias, Ficticia Editorial, Ciudad de México 2006 y 2008 || Al final de la vigilia, Editorial Dante, Mérida 2003-SEP Libros del Rincón, México DF 2006 || Después del aguacero, La Tinta de Alcatraz, Toluca 2000

Novela: La muerte del Ruiseñor, Ediciones B, Ciudad de México, 2017

Ensayo: Viaje al centro de las letras, Ficticia Editorial, Ciudad de México 2018

Compilación: Sureste. Antología de cuento contemporáneo de la península, Ficticia Editorial, Ciudad de México 2017 || Mérida. Palabras y Miradas II, Capital Americana de la Cultura-Ayuntamiento de Mérida, Mérida 2017

Antologías: Solo cuento Vol VIII, UNAM, Ciudad de México 2016 || El vuelo del colibrí. Antología de la prosa breve mexicana. Editorial INK, Ciudad de México 2016 || Los 43, Editorial Los bastardos de la uva, Ciudad de México 2015 || Cuentos para leer en Navidad Editorial Lectorum , Ciudad de México 2016 || Un nudo en la garganta, Quince cuentos canallas Trama Editorial, Madrid 2009 || Estación Central BIS, Ficticia Editorial, México DF 2009 || Prohibido fumar, Editorial Lectorum, Ciudad de México 2008 || El espejo de Beatriz, Ficticia Editorial, Ciudad de México 2008 || La otredad, ICY, Mérida, 2006 || Litoral del Relámpago, CYE, Mérida, 2003

Reflexiones en torno a la literatura

«No confíes en nadie. Nadie, aparte de tu familia, tiene motivos para quererte». Así, con esas palabras textuales, mi madre solía prevenirnos a mis hermanos y a mí de la maldad humana. El mundo, bajo su perspectiva, estaba poblado de gente dispuesta a hacernos daño si las circunstancias eran propicias. Los buenos podían contarse con los dedos de una mano.  Al tendero de la esquina, por ejemplo, un viudo solitario y de ojos permanentemente enrojecidos, no debíamos aceptarle nada gratis, ni siquiera un chicle Motita o un puñado de charritos, pues detrás de aquella acción, «quién sabe qué oscuras intenciones se ocultaban».

Cuarenta años después reconozco que, de no haber sido por estos consejos, quizá nunca hubiera desarrollado esa suspicacia que me incita a descubrir las historias que pululan a mi alrededor. Mis relatos surgen de la cotidianidad, de las relaciones de pareja, del horror al tedio, de ese mensaje universal que es el sexo, de situaciones anómalas dentro de vidas aparentemente tranquilas.

Claro que la vida ha cambiado y estos tiempos de guerra y fanatismo facilitan las cosas. Nunca como ahora, el ser humano había vivido con tanta zozobra. Basta con abrir un periódico o leer las noticias en el internet para darse cuenta de la incongruencia del comportamiento humano: cautivo de su propio egoísmo, en el afán de satisfacer su necesidad de permanencia en el planeta, el hombre continúa apostándole al exterminio de su entorno y semejantes para sentirse protegido, sin darse cuenta de que está cada vez más solo.

Mi pasión por la literatura me viene desde la niñez, gracias a los Reyes Magos que solían dejarme debajo de la hamaca historias de Emilio Salgari, R. L. Stevenson, Mark Twain, Charles Dickens, Louis May Alcott, Julio Verne y Sir Arthur Conan Doyle en lugar de juguetes Lili Ledy. No olvido el Drácula de Bram Stoker –en versión completa de editorial Novaro, que aún conservo–, cuya lectura,  a los diez años, me provocó tanto miedo que debí dormir con un crucifijo entre las manos durante varias semanas.

El cine también ha sido un elemento esencial en mi formación literaria. No fueron pocas las ocasiones que en los años setenta entré al cine a mirar películas con clasificación para adultos siendo todavía un preadolescente: Fiebre del sábado por la noche, El francotirador, El exorcista, Taxi driver, La gran comilona…, alguien escribió que mis relatos son «cinematográficos» y que el lector avanza al leerlos como si llevase en los hombros una cámara en pleno proceso de filmación. En aquel entonces las salas eran enormes y difícilmente se llenaban. Era fácil convencer a los encargados de vender los boletos para que me dejasen entrar al segundo piso, allí donde los inspectores nunca subían. Por supuesto que esta prohibición hacía la visita al cine más interesante, pues la misma gente se encargaba de rumorar que «en el segundo piso sucedían escenas más candentes que en la pantalla».

¿Por qué escribo? Para reafirmar mi pertenencia a este mundo y sentir que mi vida tiene sentido. Mientras estoy pergeñando alguna historia me siento satisfecho. El proceso puede durar varios días, incluso semanas, pero al terminar, vuelvo a sentirme vulnerable y regreso a la urgencia del principio.

Si alguien me preguntara a quienes considero mis maestros y la razón por la que se ganaron el título, comenzaría con algunos que no saben que lo son, ni se enterarán nunca: Edgar Allan Poe, por su descarnada visión de horror; Anton Chéjov, por la perfecta descripción de sus personajes; Horacio Quiroga, por esa misteriosa exaltación de la naturaleza; Franz Kafka, quien me enseñó que algún día todos vamos a correr la suerte de Gregorio Samsa; Jorge Luis Borges, por sus universos paralelos;  Adolfo Bioy Casares, por su aristocrática fantasía literaria; Arreola y Rulfo, (los Juanes, pues), por esa mexicanísima universalidad de sus letras; Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Ernesto Sabato, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti y Mario Vargas Llosa, por haberle demostrado a Europa que Latinoamérica también existe.

No olvido a aquellos maestros que lo han sabido porque en ocasiones, con una botella de vino tinto de por medio, yo mismo se los comenté: Agustín Monsreal, el primero que me animó a recorrer el sinuoso e intrincado  camino del cuento; Rafael Ramírez Heredia, cuyo agudísimo punto de vista  me ayudó a mirar los textos desde una nueva perspectiva y Beatriz Espejo,  generosa y experimentada cuentista que nunca ha dudado en compartir conmigo las claves de su intelecto.

Escribir al igual que leer, bajo mi punto de vista, es una tarea solitaria, casi onanista. Sin embargo, debo reconocer que los talleres literarios, siempre y cuando sean dirigidos por un buen profesor, ayudan a redefinir el estilo y a encontrar nuevos matices al trabajo.

Soy un individuo solitario para escribir y dejar que fluyan las palabras en el ordenador durante la madrugada, pero agremiado para compartir un buen tinto, una película de arte, una conversación interesante, un saludable encuentro de cama.

Un buen escritor jamás debe sentirse completamente satisfecho con su labor, pues siempre existirá la posibilidad de mejorarla. Por eso conviene recordar las palabras de Jorge Luis Borges: publico para no seguir corrigiendo.