Cuento

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Quince minutos

El primero en entrar fue Mauricio. Yo me quedé afuera, en la semioscuridad del pasillo de aquel hospital, arrepentido por no haber tenido el valor para decirle a mi hermano menor algunas palabras que lo reconfortaran. Nunca fuimos muy unidos, teníamos serias discrepancias en cuanto a nuestras formas de entender la vida. A él, que abandonó la carrera de arquitectura para dedicarse de lleno a la pintura, le parecía que yo era un tipo mediocre por haber estudiado derecho, una profesión gris, decía, cuyo único fin era el de «hacer dinero». Detestaba mi «burgués» estilo de vida, pero, irónicamente, trabajaba mucho menos que yo, seguía soltero y gozaba del apoyo económico incondicional de mis padres. A mí siempre me pareció

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Quince minutos

El primero en entrar fue Mauricio. Yo me quedé afuera, en la semioscuridad del pasillo de aquel hospital, arrepentido por no haber tenido el valor para decirle a mi hermano menor algunas palabras que lo reconfortaran. Nunca fuimos muy unidos, teníamos serias discrepancias en cuanto a nuestras formas de entender la vida. A él, que abandonó la carrera de arquitectura para dedicarse de lleno a la pintura, le parecía que yo era un tipo mediocre por haber estudiado derecho, una profesión gris, decía, cuyo único fin era el de “hacer dinero”. Detestaba mi “burgués” estilo de vida, pero, irónicamente, trabajaba mucho menos que yo, seguía soltero y gozaba del apoyo económico incondicional de mis padres. A mí siempre me pareció

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La acreditada Casa Martín

Fragmento de la novela La muerte del Ruiseñor (México, 2017) Crecí escuchando a mi padre hablar con orgullo del pasado glorioso de la Casa Martín. Cada vez que pasábamos en su automóvil frente a la vieja casona ubicada en el número 466 de la calle 62, papá bajaba la velocidad del Chevelle dorado, apuntaba con el índice los enormes ventanales de la casona y decía:  allí vivió mi abuelo Rudesindo, el primero en traer los fonógrafos a Mérida, el primero en distribuir los discos Columbia en la península. Enseguida se ponía a cantar un estribillo (del cual nunca había entendido a ciencia cierta la letra) que finalizaba con la frase “la acreditada Casa Martín”. Su rostro, en esos momentos, adquiría

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La sed según la ley

Fue como si la incertidumbre por pandemia hubiera dado una tregua. El moderno supermercado donde me esquilman cada quince días el salario, estaba repleto. Largas y tensas colas se formaron en las líneas de caja. La gente, olvidada la machacona orden de guardar sana distancia, recorría como en hormiguero el pasillo de vinos y licores, escogiendo bebidas sin dejar de mirar nerviosamente la hora en sus relojes y teléfonos celulares: faltaban menos de cincuenta minutos para que dieran las diez de la noche, vencimiento del plazo fatal. Cierto que la mayoría había llegado con cubre bocas, pero su frenesí los obligaba a estar más cerca unos de otros de lo que dictaba el sentido común. Incluso algunos se decidieron simultáneamente

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Round de sombra

Soy un charlatán de éxito —continuó—. He                                                                                                        conseguido hacer circular mi mercancía. Pero                                                                                                                      ¿sabe usted qué es? Es carton-pierre. Henry James, La lección del maestro No era la misma, el tono de su voz la delataba —lento, pausado—, haciendo sentir que, a pesar de la tranquilidad impuesta a sus palabras, podía hurgar bajo mi apariencia para dar con el verdadero estado de ánimo. —Sea honesto, Joaquín. ¿No le intimida encontrarse con ella? Un silencio incómodo se estableció entre nosotros. Pude escuchar en la bocina el ritmo de su respiración. Debí haber salido con la verdad: las momias nunca me han asustado y menos una como su madre, prócer de Guanajuato. Pero no iba a poner en riesgo la

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Revancha

Carlos Martín Briceño   Había pasado más de una hora desde que se fuera el último paciente de la tarde, pero al doctor James Tennyson le costaba trabajo abandonar su consultorio para dirigirse a casa. Le resultaba imposible dejar de darle vueltas al asunto. ¿Para qué había luchado tanto en un país que no era el suyo? ¿Para qué tanto sacrificio? ¿Para que ella acabara  con un maldito negro? Tenía ya cincuenta y nueve años y un marcapasos que a duras penas le ayudaba a conservarse activo; su Carolyne había muerto el año anterior con el estómago devorado por el cáncer, y ahora esto: Elizabeth, su única hija… Abrió una botella de scotch y estuvo bebiendo en la penumbra de

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Corazonada*

2 de octubre de 1927   —Vamos a ver, Augusto, ¿adónde crees que vas a ir en ese estado? ¿Ya viste cómo está el tiempo? ¡Tan siquiera espera que amaine! Desde el vano de la puerta de la habitación, los brazos en jarras, doña María trataba de convencer a su hijo de no salir de casa. Guty, que había comenzado a vestirse y a preparar su maleta, la miró entre azorado y divertido. Le costaba trabajo entender que a estas alturas, a sus casi veintidós años, cuando comenzaba a cosechar en la capital sus primeros éxitos como artista, ella lo siguiera tratando como a un niño. Cierto, tenía una gripa del carajo, una infección que hasta hace unas cuantas horas lo

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