Para Raúl Ferrera Balanquet

El pueblo, y sólo el pueblo, es la fuerza motriz que hace la historia mundial

Mao Tse-Tung

La guitarra de Pat Metheny y el rítmico movimiento del Honda eran un alivio para su agotamiento. Estirado en el asiento del copiloto, Federico escuchaba los juegos de cuerdas entrecerrando los ojos. Era su tercer día en China y no lograba reponerse del jet lag. Diecinueve horas de vuelo en clase turista, en un Boeing 757 atestado de chinos e indios fue demasiado. A mitad de la travesía, el olfato se le había impregnado de sudores ajenos. Ni siquiera el enigma del más reciente libro de Henning Mankell, y su insaciable sed de vodka, habían podido aminorar su incomodidad. Y en el colmo, apenas haber puesto pie en este continente, lo llevaron a la Feria de Guangzhou.

¿A quién podía parecer atractivo venir desde tan lejos a recorrer una interminable serie de naves industriales que exhibe la basura comercial del planeta, atiborradas de gente?

No, no era la clase de viaje que imaginó. Cuando le avisaron que iría a la China, inocente, se figuró visitando vestigios de templos y ciudades prohibidas, recorriendo con tranquilidad la gran muralla, navegando a bordo de una barcaza por el río Huangpu. No sabía que su destino sería la ciudad de Guangzhou, la urbe comercial más importante de China y una de las más contaminadas.

Aspiró hondo. Ayer, mientras avanzaba por los pasillos de la “exposición de productos, tecnologías y artículos más grande del mundo”, había caído en la cuenta de que la tierra estaba a punto de colapsar. La especie humana no tenía remedio: falsos abanicos españoles, figurillas imitación Jadró, vajillas de burda porcelana, don quijotes de argamasa, falsificaciones de piedras de río, huipiles mal bordados, réplicas de cristalería de Murano, desvaídos rebozos de Santa María y hasta vírgenes de Guadalupe. Todo era posible en Guangzhou. La feria era un Aleph borgiano oriental. Bastaba con abrir la boca para levantar un pedido. En cuestión de horas, a un precio irrisorio, la mercancía estaría disponible donde el comprador exigiera. No por nada el evento aparecía en la internet como “la expo que más dinero mueve en el planeta”.

—¿Cansado?

La irónica pregunta de Saúl interrumpió sus reflexiones. Se incorporó con fastidio y respondió con estudiada amabilidad.

—No hemos parado desde que salimos de México.

Sin quitar la vista de la carretera, el volante firmemente sostenido entre las manos, Saúl movió la cabeza de un lado a otro.

—Debiste haber aceptado los Tafiles que te ofrecí en el avión. Estarías tan fresco como yo.

—Para la próxima.

—Eso quiere decir que piensas regresar.

—Es un decir, Saúl.

—Ya sé. Si no fuera por las circunstancias, no hubieras venido. Fuera de protocolo, ¿qué opinas ahora?

El cuestionamiento machacón, insistente, le cayó a Federico como uppercut. Era la tercera ocasión durante el viaje que el tipo preguntaba lo mismo. Parecía admirar este país y quería que todos lo hicieran. Tenía motivos: intermediario de fábricas chinas, había hecho una fortuna vendiendo baratijas en México.

Federico se dispuso a mentir una vez más. Había que ser amable, no iba a decir la verdad a quien lo financiaba al cien por ciento en esta excursión de negocios. Hubiera sido una grosería confesarle a este judío sesentón, de calva brillante y ojos de ardilla, que salvo la estancia en el elegantísimo Chateau Star River, donde disfrutó de la piscina templada cubierta por un techo de espejos, los baños calientes en tina de cedro rojo y los relajantes masajes con la ancestral técnica tiu na, Guangzhou, con todo y su celebérrima feria, lo deprimió de manera enfermiza.

¿Qué clase de vida llevarían sus habitantes hacinados en aquellos interminables y grises edificios de departamentos, cuya altura impedía el paso a los rayos del sol? Los montones de ropa colgada en los balcones, más allá de lo pintoresco, revelaban el reducido espacio cotidiano del que disponían las familias cantonesas.

Miró por la ventana. La autopista de cuatro carriles, profusamente iluminada y surcada de puentes era, tenía que admitirlo, una muestra del éxito de las reformas económicas aplicadas en los últimos años en esta nación.

—Qué te puedo decir, Saúl. Me asombra lo que los chinos han hecho, pero no comparto tu entusiasmo. Tengo algunas reservas.

—¿Reservas? ¡No me jodas! Esto se llama progreso. ¡Ya quisiéramos en México la mitad del ímpetu de esta raza! Ningún otro país crece a doble dígito. ¿Sabes lo que eso significa?

Claro, lo sabía: uno de cada tres árboles talados en el planeta se destina a satisfacer la demanda china, la mitad del acero del mundo viene a parar a esta parte de la tierra, y su actividad industrial es, en buena medida, culpable del calentamiento global. No tenía caso seguir discutiendo. Paradójicamente, la vehemencia de Saúl le recordaba que también él, influenciado por sus lecturas adolescentes, alguna vez defendió a capa y espada las “bondades” del comunismo chino. Cerró los ojos disponiéndose a dormir. Nunca le iba a ganar la partida. Bostezó largamente. Necesitaba reponerse.

Llegaron al nuevo hotel cerca de la medianoche. Mientras Saúl se ocupaba del registro, Federico se fijó que en el restaurante había un bufete de comida mexicana. No se quedó con las ganas de fisgonear. Manitas de cerdo en vinagre, tostadas frías de pollo, machaca, un desabrido pozole jalisciense, tacos estilo tex-mex y guacamole aguado con totopos. The best of the aztec food.

Qué pendejada, pensó. ¿Cómo puede creer esta gente lo que anuncia la pizarra electrónica?

Se sirvió un poco de guacamole con tostadas y pidió una Coronita.

De lejos, Saúl lo miró asombrado.

—No mames —dijo al acercarse—. Aguántate, enseguida vamos a un verdadero restaurante en el que puedas escoger tu comida viva.

—¿Viva?

—Sí, cabrón, igual que en esos puertos escondidos de México en los que los gringos eligen las langostas directamente de la cubeta. Aquí, ya lo verás, incluso exhiben lagartos para hacerlos a las brasas.

—Como digas —se apuró a terminar la cerveza.

Cualquier animal que expone su cara al sol puede ser comido, sentencia un refrán cantonés. Esa noche Federico comprendió a carta cabal su significado. El restaurante, parecido a un casino de Las Vegas, era ruidoso y enorme. La fachada, profusamente decorada con luces de neón, pretendía ser una pagoda. Había mil comensales, por lo menos. Un burdo dragón de unicel y un trío de ondinas de ojos rasgados recibían a los clientes. Al atravesar la puerta, sintió caer a un desbarrancadero.

Había piletas saturadas de cocodrilos pequeños, tortugas de mirada esquiva y serpientes enroscadas que apenas se movían; piscinas abarrotadas de cangrejos policromos, gambas gigantescas, alicaídas jaibas, cucarachas de mar y toda clase de mariscos; peceras descomunales donde convivían tímidos cazones, veloces anguilas y langostas de larguísimas antenas; jaulas que resguardaban una variopinta mezcla de plumíferos. Incluso descubrió ratas de campo y cerdos pululando por los pasillos. Pero lo que más llamó su atención fueron los koalas. Su semblante era difícil de ignorar.

—¿No te lo dije? ¡Esto es fabuloso!

El comentario de Saúl terminó de sacarlo de quicio. Sonrió forzado. Le parecía increíble que, siendo judío, su interlocutor festinara esta orgía de sangre. Una cosa, pensó, es que te lleven a la mesa un buen trozo de filete y otra, diferente, convertirte en sádico por simple apetito. Se sintió arrojado hacia las navidades de su niñez, cuando su abuela traía a casa el pavo vivo de la cena de Nochebuena, que los niños debían de alimentar durante un par de meses antes de servirlo a la mesa. Más de una vez su hermana se encerró a llorar en el baño luego de ver cómo le retorcían el pescuezo a ese animal con el que habían jugado en el patio y al que, incluso, solían poner nombre.

Mientras Saúl seleccionaba la comida, Federico fue hacia la mesa. El ruido era estridente. En unas televisiones gigantes de pantalla ultra plana que pendían del techo, daban un programa musical de concursos. Cada vez que el animador de pelo engominado se carcajeaba, la audiencia, en el foro y en el restaurante, lo imitaba. No podía creerlo. La imbecilidad era universal.

Al día siguiente, luego del desayuno, se dirigieron por fin a su destino: las instalaciones de industrias D. Ding. Por tercer año consecutivo la empresa produciría las toneladas de artículos de plástico que la Cervecería del Pacífico suele distribuir gratuitamente entre sus clientes. Vasos, tazas, termos que en México cuestan entre treinta y cuarenta pesos cada uno, Saúl se los hacía llegar, desde este lado del mundo, por menos de un dólar. Ahora, en su posición de abogado de la cervecera, Federico se encontraba justo en el sitio donde se elaboraban esos objetos, una fábrica vieja pero bien montada, con delicados jardines zen al frente, cuyos ejecutivos —en contubernio con Saúl— tenían la consigna de que él partiera con la certeza de que en sus líneas de producción se respetaban los derechos humanos.

Los accionistas de Cervecería del Pacífico podían contribuir con tranquilidad a alcoholizar sistemáticamente a una nación, pero por ningún motivo debían permitir que sus artículos de propaganda fueran elaborados por niños, inmigrantes ilegales o mujeres embarazadas, ni que los trabajadores —por muy chinos que fueran— laborasen en condiciones infrahumanas. Cervecería del Pacífico era, cómo no, una organización “socialmente responsable”.

Saludó con cortesía al par de hombres que le dio la bienvenida. Eran viejos, olían a comida frita y vestían trajes mal cortados. Le pareció que ninguno de ellos tenía pinta de empresario exitoso. Sus corbatas, cuyo diseño setentero le recordó las que usaba su padre cuando él era niño, habían sido compradas en alguna barata. Mientras les tendía la mano, Saúl se acercó al traductor —un hombrecillo de Hong Kong, de enormes lentes y pelo parado como extraído del manga japonés— y le dijo en voz baja algo que Federico no alcanzó a oír, pero que pudo adivinar, a juzgar por sus semblantes.

El recorrido inició en la sala de exhibición. Ahí, protegidos por unas vitrinas impecables, estaban los mejores artículos de plástico-melamina que había producido la compañía D. Ding durante sus 36 años de existencia. Platos, cucharones, vasos, maceteros y cantimploras descansaban en los escaparates como si fueran piezas de museo. Las luces indirectas resaltaban la brillantez artificial de sus colores.

En algún momento el traductor comenzó a hablar en nombre de los dueños. Dijo que los señores Ding apreciaban sobremanera el interés que Cervecería del Pacífico había dispensado a sus productos en los últimos años. Industrias D. Ding, agregó, no es una empresa improvisada; pionera en el mundo de la producción en serie de artículos de melamina para el hogar, la avala, además de su antigüedad, el símbolo de calidad que el gobierno de la República China otorga a exportadoras exitosas.

Saúl se acercó a Federico y le dijo en voz baja que los símbolos de calidad amarillos se los pasaba por los huevos. Hacía calor, el aire acondicionado apenas refrescaba y le urgía una cerveza. Lo que tenemos que hacer, susurró, es inspeccionar el área de producción y largarnos lo antes posible.

Al cabo de unos minutos subieron a un viejo elevador de carga que los transportó al piso que albergaba las líneas de producción. Las paredes de los pasillos despedían un fuerte olor a pintura fresca. Saúl, con ayuda del traductor, conversaba animadamente con los chinos; sonreía y les palmeaba la espalda.

A diferencia de las áreas que habían visitado antes, el lugar de trabajo rudo estaba descuidado. No había suficiente iluminación, olía a humedad y el ruido era alto. El proceso, que imaginó ultramoderno y mecanizado, resultaba arcaico. Una veintena de máquinas repartidas en el piso debían ser manipuladas por igual número de obreros. No tenían líneas transportadoras, tampoco empacadoras automáticas. En tanto avanzaban, los ejecutivos chinos iban explicando los pormenores del proceso. El traductor comentaba en inglés lo que decían. El polvo de la melamina que flotaba en el ambiente picaba la nariz. Federico reprimió un estornudo. No obstante el atraso tecnológico, había unos enormes transformadores de energía y supuso que montar una fábrica como ésta debía de costar mucho dinero.

Cada vez que se acercaban a algún operador, éste se esforzaba por trabajar con ahínco, pero hundía el rostro en la tarea para evitar establecer contacto visual con los visitantes. Eran hombres y mujeres sin edad, rescoldos de una raza milenaria, menudos, de piel descolorida y ojos semi cerrados, con pocas arrugas en el rostro y con el mismo reclamo silencioso en el semblante que el de aquellos koalas destinados a terminar en el estómago de turistas occidentales. Gracias a estos mamíferos de mansa entraña brotaban lenta, aunque ininterrumpidamente, los millares de objetos de plástico que se distribuían en el vasto mercado de la Cervecería del Pacífico.

Fue entonces cuando, con el pretexto de observar de cerca la manera en que una obrera colocaba, una a una, las calcomanías en los vasos, Saúl lo jaló del brazo y preguntó:

—¿Has visto lo suficiente?

Federico guardó silencio. ¿Debía asentir pasivamente o dar su opinión sincera?

—¿Listo para otorgar tu visto bueno?

La insistencia del otro lo obligó a decidir.

—Saúl, algo no encaja. Hay obreros, maquinaria, transformadores de energía, montacargas. ¿Cómo le haces para cobrarnos menos de un dólar por artículo? ¿Cuánto le pagan a esta gente? ¿Y lo que tú te embolsas?

Saúl se le quedó mirando con fijeza. La expresión de su rostro reflejaba incredulidad y desprecio.

—No me vengas con chingaderas. Llevo tres años entregando a tu empresa pedidos a un precio que nunca soñaron. Míralos —apuntó con el índice a una mujer de trenzas que apilaba vasos en cajas de cartón—. ¿Te parecen esclavos? ¿Sabes lo que comían antes de que se abriera el mercado de su país al extranjero? Cucarachas, gatos, ratas, lagartijas. Ni te lo imaginas, porque a ti nunca te ha faltado nada. Por lo menos ahora pueden comprar arroz y huevos para sus hijos. Si te empecinas en buscarle tres pies al gato, les vas a partir la madre. Y de paso a los presupuestos de tu empresa.

No supo qué contestar. Sus palabras eran ciertas; sin embargo, se resistía a caer en ese juego. Eran resabios de una educación moral recibida de un padre notario que presumía haber hecho fortuna sin prestarse jamás a ningún chanchullo.

Dejándolo en ese silencio dubitativo, Saúl le dio la espalda para unirse de nuevo al grupo. En ese momento la mujer de trenzas levantó la cabeza y lo observó con sus ojos de koala. Sólo fue un instante, pero Federico tuvo tiempo suficiente para vislumbrar la opacidad de esa mirada y la dentadura carcomida. Permaneció un buen rato sin moverse. El ruido de las máquinas parecía haber subido de intensidad. Iba a firmar, claro que lo haría.

Carlos Martín Briceño

Publicado en: http://relatossincontrato.com