Carlos Martín Briceño

 

Había pasado más de una hora desde que se fuera el último paciente de la tarde, pero al doctor James Tennyson le costaba trabajo abandonar su consultorio para dirigirse a casa. Le resultaba imposible dejar de darle vueltas al asunto. ¿Para qué había luchado tanto en un país que no era el suyo? ¿Para qué tanto sacrificio? ¿Para que ella acabara  con un maldito negro? Tenía ya cincuenta y nueve años y un marcapasos que a duras penas le ayudaba a conservarse activo; su Carolyne había muerto el año anterior con el estómago devorado por el cáncer, y ahora esto: Elizabeth, su única hija…

Abrió una botella de scotch y estuvo bebiendo en la penumbra de la estancia hasta sentir que el calor del Buchanan’s lo transportaba a ese limbo donde parecía encontrar paz consigo mismo. ¿Hasta dónde debía permitir que avanzara? ¿Acaso era su culpa? Debió advertirle a su hija, desde pequeña, del riesgo que corría al hacer amistad con ese tipo de gente, pues él mismo, después de tantos años de trabajar como médico en la ciudad de Belice, constató que era verdad lo que repetía su esposa: tienen el corazón tan oscuro como su piel y lleno de envidia hacia los blancos, sólo esperan el momento preciso para la revancha.

¿Cómo olvidar la decepción de su mujer cuando descubrió que la sirvienta, esa negra a la que tanto había ayudado con las enfermedades de su prole, se había largado llevándose joyas, dinero y los cubiertos de plata? Y qué decir de Raymond, el jardinero que Elizabeth, siendo niña, descubrió espiándola por la ventana del cuarto de baño… De no haber sido por los gritos de su hija, quién sabe qué cosa hubiera pasado.

No estaba convencido que esta absurda relación fuera seria, pero tampoco era prudente quedarse cruzado de brazos. Elizabeth era terca, caprichosa y solía hacer exactamente lo contrario a lo que se le indicaba. Pero a él no le iba a pasar lo que a su amigo Dennis Tighe, el irlandés que dirigía la fábrica de cerveza, que se volvió el hazmerreír del Pickwick Club cuando su hija resultó embarazada de un niger. ¡No señor! Al doctor Tennyson nunca iba a llamarlo granddaddy un negrito. ¡Si Carolyne viviera!, pensó mientras sorbía el último trago de whisky y buscaba en su escritorio las llaves de su Oldsmobile para retirarse.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, el doctor miró a su hija de arriba abajo:

—Te lo digo en serio, linda. No tengo nada en contra de Albert, pero no creo que sea conveniente que lo sigas viendo. La gente podría murmurar y bueno…, sabes a qué me refiero.

—Ay, papá, tú, como siempre, viendo moros con tranchetes. Sólo somos amigos. El día que yo decida andar con alguien, el primero en enterarse vas a ser tú, daddy (empleaba ese apelativo cursi cada vez que tenía la necesidad de hacerle sentir que seguía siendo su niña). Te lo juro. No hay nada entre él y yo. No hagas caso a las habladurías de tus amigos del club. Déjame disfrutar a gusto mis últimas vacaciones de primavera. El próximo año me iré a estudiar a Londres y desaparecerán los rumores.

El pálido doctor, ante aquella ternura, no tuvo otro remedio que sonreír y cerrar la boca.

Pero conforme pasaba el tiempo, la presencia de Albert en casa de los Tennyson se hizo cada vez más frecuente. Elizabeth parecía estar segura de que en algún momento, viéndola feliz, su padre iba a terminar aceptando al joven.

¡Cómo aborrecía el doctor encontrar por las tardes al muchacho platicando con Elizabeth en la terraza! Nunca pasó de decir nada más que buenas tardes; se seguía de largo frente a la pareja, desviando la vista.

¡Carajo! ¿Por qué tendría yo que renunciar a mis convicciones? Suficiente tolerancia demuestro al aguantarme las ganas de sacar al tipo a golpes, pensaba, reafirmando que hacía lo correcto. En su opinión, los negros sólo servían para tocar música, jugar al básquetbol o bailar reggae. Su cerebro no les daba para otra cosa. No entendía aún cómo es que su hija tenía estómago suficiente para compartir su tiempo con aquel orangután de cráneo afeitado y enorme boca.

—Por culpa de ellos este país no avanza— repetía constantemente el doctor delante de Elizabeth, dejando entrever que Albert no tenía ni la más remota probabilidad de ser aceptado como yerno.

 

 

Principiaba junio. Por las tardes caía sobre Belice un tupido aguacero que hinchaba la estructura de las construcciones de madera, pero hacía reverdecer los árboles. Y aunque la ciudad hediera a excremento debido al rebosar constante de los canales de desagüe, el doctor prefería esta época del año a cualquier otra: era menos agresivo el calor y la brisa soplaba de cuando en cuando trayendo hasta su casa, situada frente al malecón, el aroma limpio del Caribe. Por las noches, sentado en la terraza, gustaba de beber un par de whiskys mientras descubría, a lo lejos, las luces titilantes de los barcos perdidos en la bruma del océano.

Una de estas noches húmedas fue cuando decidió que era imperativo actuar. Estaba claro: Elizabeth no tenía madurez suficiente para entender ciertos aspectos de la vida. Por eso, cuando ella le dijo que iba a retrasar un año su partida a Inglaterra, comenzó a darle vueltas al plan en la cabeza. Tendría que ser algo rápido y limpio, una cifra más dentro de los muchos casos que quedaban sin resolver.

El doctor procuró, el día elegido, no citar a ningún paciente después de las seis; retiró a su secretaria temprano, acercó el Oldsmobile a la puerta del consultorio y preparó un destilado especial en una hermosa y pesada licorera de cristal cortado.

—Me dio mucho gusto recibir su llamada, señor —dijo Albert, nervioso, dirigiéndose al galeno—. Entiendo lo difícil que debe ser para usted esta situación; también mi familia está preocupada, pero le juro que quiero a su hija sinceramente, estoy a punto de comenzar una carrera y…

Sentado enfrente del muchacho, al otro lado del escritorio, el doctor escuchaba como un susurro la voz grave de su interlocutor. Volvió a llenar el vaso de Albert y midió su estatura contra la de él. No le iba a ser difícil. Se asombró de la naturalidad con la que estaba tomando las cosas. Ni siquiera sentía acelerarse el ritmo de su endeble corazón y se concentró en remover pacientemente, con los dedos, los cubos de hielo en su bebida.

Cuando el joven se quedó de repente en silencio, preguntó:

—¿Te sucede algo?

—Creo que es el whisky, se me está subiendo —contestó el muchacho, tartamudeando. Aunque enseguida tomó aire y, haciendo un esfuerzo, continuó con su charla. Y esta vez, el doctor Tennyson lo escuchó atentamente.

Le acometió una corriente de ira. ¿Cómo se atrevía este mequetrefe a hablarle a él de su Elizabeth con esa desvergüenza? ¿Quién se creía que era este imbécil para venir a opinar así de ella? ¿Habría aprovechado este negro sus ausencias para abusar de su hija en su propia casa? ¡Si la pobre de Carolyne hubiera sabido que su niña iba a andar con un tipo así!

Entonces vislumbró lo fácil que sería levantarse del escritorio, tomar la licorera con las dos manos y aplastarle al negro el cráneo con ella; en cuestión de segundos, con un solo golpe, Albert yacería derrumbado sobre la silla, con los ojos desorbitados, los brazos flácidos y la cabeza hacia un lado; en cuanto a subir el cuerpo inerte al automóvil, bastaría con pasar un brazo por la espalda del cadáver y transportarlo al asiento trasero, tal como solía hacer con su amigo Dennis cuando a éste le ganaban las copas en el Pickwick Club…   Luego habría de conducir a las afueras de la ciudad en busca del sitio adecuado donde abandonar el cuerpo… Fue cuando comenzó a sentir que el corazón aumentaba su ritmo.

Debía serenarse. Pensó en su hija y en el gran porvenir que le esperaba al verse libre de aquel lastre. Recordó a su esposa y lo mucho que la amaba. Vamos, cobarde, sólo es un negro, murmuró para sí, tratando de recobrar la calma. Y justo cuando tomaba fuerzas para levantarse y coger la licorera entre sus manos, se dio cuenta, con desesperación, con horror, que jamás iba a poder hacerlo, no tenía madera de asesino. Le faltaba valor para transmutar su odio en sangre.

Antes de acercarse a los labios el vaso con el resto de su tercer whisky, el doctor Tennyson creyó ver en la expresión del rostro oscuro del muchacho, una sonrisa de victoria.