
Caballeriza, un cuento de Carlos Martín Briceño
Me excita el olor a mierda fresca de caballo. Pasó hace casi cincuenta años en una caballeriza de Progreso. He vivido medianamente feliz, como si lo ocurrido fuera parte de un nebuloso sueño, pero nunca he dejado de estar allí. De cuando en cuando llegan a mis oídos las risas de los adultos que conviven en la terraza de abajo. Seguro han abierto las primeras cervezas. Imagino los platos llenos de ceviche de caracol y pescado. Y ahora han puesto otra vez el disco de esa mujer que canta en francés. Como siempre, nos iremos cuando caiga la noche o antes de que papá comience a dormitar. Lo que ocurra primero.








