
Por los laberínticos caminos de las letras
Conocí a Álvaro Ancona hace más de ocho años, en un diplomado literario que se impartió en el desaparecido Instituto de Ciencias Sociales de Mérida, y adonde recalamos una decena de amantes tardíos de las letras. La nómina de maestros, cómo olvidarlo, era de lujo: Sara Poot Herrera, Elena Poniatowska, Emmanuel Carballo, Beatriz Espejo, Eduardo Antonio Parra, Edith Negrín,Jorge Laray otros que no me vienen a la cabeza, no por menos importantes, sino porque después de los cuarenta, la memoria comienza a volverse escurridiza. Entonces Álvaro ya era un autor conocido: había publicado algunos libros y obtenido el premio estatal de novela 1997 que organizaba el Instituto de Cultura de Yucatán. Recuerdo que me gustaba conversar con él durante los








