
Bestiaria vida o la vida en las alfombras
Por Carlos Martín Briceño Tuve, alguna vez, durante mi adolescencia, la impresión de que me convertía en un monstruo. Observaba mi rostro ante el espejo y la imagen devuelta me erizaba la piel: granos supurantes, pómulos hundidos, el pelo hirsuto, los dientes chuecos. Era, en verdad, repugnante. Con esta facha, pensé, estoy destinado a quedarme solo. Lo curioso es que, a pesar de mi angustia, nadie en mi familia parecía notar aquella transformación. A mi alrededor la vida continuó como si nada. Y mientras, resignado, asimilaba mi irremediable destino onanista, mis familiares continuaron embebidos en sus ocupaciones. Llegué a odiarlos. Lo anterior se los cuento, porque, cuando terminé de leer el libro de Cecilia Eudave, “Bestiaria vida”, volví a esa







