Desde aquí alcanzo a escuchar a las palomas que revolotean en su patio. Como cada domingo aguardo su señal. Tuve que correr hacia la puerta y salir de inmediato, abandonando sobre el piano, los merengues que, el capricho de Obdulia embarazada, me hizo comprar. Y aún trasminado por el tufo a orines y mierda, mientras subía al auto, retrocedí hasta el momento en que crucé frente a esa casa y lo descubrí en calzoncillos y camiseta sin mangas —flaco, pequeño, calvo, pálido—, haciéndome señas desde su diminuto jardín de caricatura, en el que a duras penas sobrevivían un rosal sin hojas y un trío de raquíticos helechos en macetones de barro. Suelo dejarme llevar por lo imprevisto. La situación, además,