Desde aquí alcanzo a escuchar a las palomas que revolotean en su patio. Como cada domingo aguardo su señal.

Tuve que correr hacia la puerta y salir de inmediato, abandonando sobre el piano, los merengues que, el capricho de Obdulia embarazada, me hizo comprar. Y aún trasminado por el tufo a orines y mierda, mientras subía al auto, retrocedí hasta el momento en que crucé frente a esa casa y lo descubrí en calzoncillos y camiseta sin mangas —flaco, pequeño, calvo, pálido—,  haciéndome señas desde su diminuto jardín de caricatura, en el que a duras penas sobrevivían un rosal sin hojas y un trío de raquíticos helechos en macetones de barro.

Suelo dejarme llevar por lo imprevisto. La situación, además, ofrecía posibilidades: un anciano fantasmal, un chalet casi en ruinas, la orfandad del domingo. Qué podía perder. Atraído por el riesgo traspuse la verja, olvidando los antojos de mi esposa.

La mirada inquieta del viejo llamó mi atención. Algo había de extraño en ese parpadeo impaciente bajo las exiguas cejas grises. Con una confianza desmedida, el hombre me tomó del brazo y, al tiempo que hablaba algo acerca de una hermana enferma, guió mis pasos hacia el interior. En ese momento reconocí el olor artificial de los diabéticos.

La casa, tal como había imaginado, era amplia. La humedad avanzaba en los techos sostenidos por gruesas vigas de madera. Un tufo rancio llegaba de manera intermitente hasta mí. Al fondo, tras un largo corredor, se apreciaba un patio con veleta. Sin soltarme, esquivando un trío de pesados sillones Luis XV colocados alrededor de una mesa con jarrón chino, llegamos a la sala. El Stainway deteriorado, lleno de pálidas fotografías, floreros de cristal cortado y miniaturas de porcelana, ocupaba casi toda la estancia.

—Espere usted aquí —señaló una mecedora el viejo y desapareció tras unas puertas abatibles de cristal esmerilado.

Puse la bolsa de merengues sobre el piano, muy cerca de una diminuta dama victoriana con falderos y sombrilla a la que estuve a punto de tumbar. El polvo me obligó a toser con insistencia. Me senté y vino hasta mi pensamiento Obdulia: a estas alturas debía de estar furiosa por la tardanza; estas últimas semanas, a causa de su estado, se había vuelto insoportablemente irritable. Mientras me balanceaba, erré la vista por los ajados y sucios tapices de las paredes; alcancé a distinguir paisajes bucólicos: escenas de caza, días de campo, familias de campesinos  ocupadas en la vendimia. La araña cenicienta, pendiente encima de mi cabeza, era de herrería artesanal, pródiga en florituras. Algunos retratos amarillentos, colgados como al desgaire, evidenciaban tiempos de bonanza. Bastaba dedicarle unos minutos a esos semblantes adustos para descubrir en sus miradas, la expresión inquietante que heredarían a su descendiente. Mi oído distinguió entre los sonidos del patio, el gorjeo apremiante de las palomas, el chirriar acompasado de un hamaquero, la intermitencia de una gotera cercana. Tan entretenido estaba, que me sobresalté cuando la voz del viejo resonó en la estancia.

—Oiga, ¿puede venir?

Me puse de pie y, al acercarme, observé que al hombre se le había desabrochado la bragueta de los calzoncillos. Su miembro, flácido y rugoso, asomaba balanceante. La imagen me produjo morbo y repulsa. Sus piernas delgadas, lampiñas, con rojizas picaduras de mosquitos, complementaban el cuadro. Hubiera podido excusarme y salir de ahí en ese momento. No lo hice en parte por desconcierto y porque el viejo se aferró con firmeza a uno de mis brazos. No tuve otra opción que dejarme conducir hasta un cuarto cerrado que olía a orines matizados con aromas a talco de bebé y agua de colonia.

Apenas mis ojos se acostumbraban a la penumbra cuando una voz rasposa, de mujer, preguntó:

—¿Lo trajiste?

Me alarmé. Pasó por mi mente la posibilidad de estar en peligro. Alargué una mano y mis dedos se toparon con los hilos de una hamaca. El viejo, que advirtió enseguida estas aprensiones, me sujetó con más fuerza. Parecía mentira que de alguien tan endeble pudiera provenir tanto nervio.

—Es mi hermana mayor —dijo, tranquilizante—. ¿Serías tan amable de ayudarnos?

En ese momento la ambigüedad del ofrecimiento me sedujo. A qué clase de ayuda se refería, ni siquiera pasó por mi cabeza preguntarlo. Cedí al impulso y asentí. Obdulia podía esperar.

—Hace días que no da del cuerpo —confió tras una pausa.

Antes de que pudiera reaccionar, como si yo fuera un niño, el hombre me guió hacia el centro de la habitación. Me soltó y se dirigió en voz alta a su hermana.

—Esther, ¿escuchas? Está delante de ti.

Fueron sólo unos segundos, pero mi imaginación trabajó a toda su capacidad. Aquella voz imperiosa, el sexo oscilante del vejestorio, sus manos rugosas, todo parecía surrealista. Justo cuando iba a preguntar qué debía de hacer, unos dedos huesudos y fríos atenazaron mis caderas.

—¿Listos? —dijo el viejo.

La voz carrasposa, que evidenciaba una espesa aglutinación de flemas en la garganta de su dueña, respondió.

—Listos.

Fue entonces cuando el hombre emitió sonidos que no entendí, pero conforme subieron de volumen se esclarecieron. Eran onomatopeyas. Emulaban los pitazos de un tren y el rodar de vagones. Y como si llevaran implícito algún conjuro, me convertí en la locomotora de un ferrocarril de carne que se dirigía hasta una puerta, por cuyo dintel se filtraba una titubeante iluminación.

La luz amarillenta de una bombilla me reveló que estábamos en un baño diminuto. Traté de no acercarme a las paredes: los mosaicos estaban recubiertos por una capa de moho y grasa. Me fijé en la anciana —cadavérica—; el mapamundi de su rostro, el extravío en la mirada, ese nido revuelto de canas y la boca babeante, evidenciaban una demencia senil avanzada.

—Ayúdeme a sentarla en el inodoro, se resiste a defecar en el pañal.

Una oleada de orines saturados de fármacos llegó a mi olfato. Debí respirar por la boca para evitar la náusea que amenazaba con transformarse en vómito. A mi derecha, en una palangana llena de agua turbia, nadaba una tortuga. De cuando en cuando, el quelonio asomaba su fea cabeza de glande para observar nuestras maniobras.

—La tenemos desde la infancia —se apresuró a decir el hombre.

Fingí sonreír.

A la vieja había que sostenerla con fuerza, como un fardo, para que no se fuera de bruces contra el suelo. Al cabo sus ojos, antes semicerrados, se abrieron, y el semblante se le enrojeció más de una vez, al tiempo que emitía pujidos y ventosidades. Fue cuando sucedió algo que, dadas las circunstancias, me pareció accidental. El viejo rozó sus piernas contra las mías y sentí su erección. Quise apartarme, pero en aquel baño estrecho y maloliente, donde las cucarachas pululaban con libertad, un paso atrás significaba soltar a la vieja, dejarla a merced de su propio peso.

Traté de convencerme que el frote que sentía sólo era casual. El hedor que minaba el lugar cortó mis reflexiones. Cada vez era más difícil evitar la náusea, el sudor empapaba mi camisa y me sentía incapaz de continuar.

—Aguante —exclamó el viejo como si adivinara mis pensamientos.

Bajé entonces la vista y me encontré de nuevo con aquella lisa cabeza que emergía del agua, al tiempo que una mano, ¿la del hombre?, ¿la de la hermana?, se abría paso en mi bragueta hacia mi endurecimiento. Una sonora descarga de excrementos me hizo recordar a Obdulia y la razón de estar ahí. Como pude, acomodé a la anciana en el bacín y, sin decir nada, olvidando los merengues sobre el piano, me precipité a la salida.