Cuento

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La llamada del abismo

Para José Baqueiro, quien me contó esta historia Nel mezo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura chè la diritta via era amarrita Dante Sólo había transcurrido un mes desde que lo contrataron cuando recibió la noticia: – La cosa anda mal, no puedo darme el lujo de pagar un administrador. Mañana es tu último día. Espero que entiendas. ¿Entender qué?, pensó, mientras observaba las orejas llenas de pelos de  su interlocutor, ese cerdo libanés que se aparecía en su cantina únicamente los domingos por la noche para ver cómo iba el negocio. Tamborileó con los dedos la superficie lisa de la barra de madera y estuvo a punto de hundirle al tipo en la frente

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La elección de Lucía

Ahora que los Legionarios de Cristo han pronunciado un mea culpa público por causa de la triple vida de su siniestro líder y fundador, me gustaría toparme con mi escuálida amiga Lucía Gómez, quien los defendía con tanta vehemencia. Fuimos juntos a la secundaria del colegio Americano, escuela privada famosa por su alto nivel de exigencia, pero menos excluyente en cuanto a la condición social de sus alumnos. Esto último disgustaba mucho a Lucía, quien soñaba con cambiarse a una institución de monjas pretenciosas que, en aquel tiempo, se daba el lujo de seleccionar escrupulosamente a sus alumnas. Mi amiga, por supuesto, había sido rechazada. Bajo el criterio de las seguidoras de Santa Teresa de Jesús, el apellido Gómez carecía

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Salón Bach

Guty Cárdenas, in memoriam ¿En qué momento el cantaor y los Peláez se agregaron a la fiesta del yucateco?  Roberto Miranda no lo sabe con exactitud. De lo que sí está  seguro es que habían bebido demasiado cuando, al entrar a servir la botella de Martell, los descubrió formando parte de una extraña escena en aquel reservado donde la bohemia solía prolongarse hasta la madrugada: dos hombres, recogidas las mangas, se enfrentaban a las vencidas; esos que ahora comparten el suelo rojo del Salón Bach, en Madero 32. Miranda se agacha, levanta y sostiene la cabeza del herido y, con la mano libre, trata de aflojarle la corbata. Durante el alboroto alcanza  a ver cómo  Rosita, Arturo Larios y el

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Los fines de semana

De esa noche recuerdo, sobre todo, la sonrisa del arlequín. Cada cierto tiempo doña Evelyn renovaba el decorado de la casa de campo y en esa ocasión, por tratarse de la época de carnaval, decidió que al cuarto de visitas le vendría bien aquella figura de cerámica cuyas pupilas resplandecían en la oscuridad. Me gustaba pasar los fines de semana con Emilio porque su madre, aparte de permitirnos beber durante todo el día mientras nadábamos en la alberca, acostumbraba tomar baños de sol portando bikinis de colores fosforescentes que hicieran juego con su piel bronceada y sus collares de madera. Nos sentábamos en las tumbonas de teka, a la sombra de los cocoteros enanos, para platicar de cine mientras la

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Abismos

Nadie podrá decirle que no estuvo al pendiente de la salud de su madre. Ahora mismo prepara los ingredientes para la papilla del almuerzo: carne limpia de puerco sazonada con hojas de orégano, verduras cocidas al vapor, un diente de ajo, pimienta y aceite de oliva; bien licuado, como le ordenó el geriatra. “No vaya a ser, Julia, que a la hora de la comida se le atore a su mamacita el bocado en la garganta y le venga uno de esos terribles ataques de tos que pueden causar la muerte”. A su lado, el teléfono con forma de labios permanece en silencio. Lo mira de reojo. ¿Hace cuánto tiempo que no sentía en el estómago el hormigueo de la

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Domingo

Por el ardor que sintió en las mejillas supuso que tendría un poco de fiebre. Distinguió en la penumbra los hombros llovidos de lunares de su mujer y se llenó de tristeza: lucía tan hermosa en la placidez del sueño que tuvo la seguridad de que cualquier hombre sería capaz de amarla. Con cuidado, se puso de pie y fue hasta el baño con la esperanza de encontrar, detrás del espejo, el frasco de las aspirinas importadas. Estaba de suerte, así que ingirió dos píldoras de un solo golpe. Luego se entretuvo buscando una revista de la canasta de mimbre y se sentó en el inodoro. La voz aguda de Rebeca vino desde el cuarto: Qué pasa, por qué te

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Helena o la Anunciación

Antes de Helena odiabas el piano. Había que estar en punto de las siete de la tarde, cada último viernes de mes, con el pelo arreglado, el vestido vaporoso y las zapatillas bien lustradas, en las tertulias musicales. El piano era una tradición en la familia. Tu abuela llegó a ejecutar con éxito en un teatro de la capital a Brahams cuando éste aún no era conocido en la provincia. De ello daba cuenta el programa de mano, un pedazo rectangular de papel brilloso, elegantemente impreso, que adornaba una de las paredes de la sala de música. El primer recuerdo que tienes de Helena es el de una mujer etérea, sentada con laxitud en la silleta de mimbre del recibidor.

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Todas las tardes

A las dos de la tarde, cuando el calor obliga a todo el pueblo a refugiarse en la siesta y hasta los perros de la calle buscan el cobijo de los corredores del palacio municipal, Catalina Salum aprovecha para cerrar durante una hora las puertas de El cuerno de la abundancia y solazarse con su juego preferido. Acaba de tomar un baño y, sin embargo, el sudor le escurre por el cuerpo confundiéndose con el agua fresca que aún moja su piel. Huele a sándalo y a esencia de flor de naranja, las únicas fragancias que al llegar a la adolescencia le fueron permitidas y a las cuales poco a poco se habituó. Ni lo sueñes, hija, son demasiado caras como

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Donde camina la nostalgia

Siempre me pareció que esa era la cuadra más larga del barrio. Uno pasaba primero el bar de la esquina, luego el local de baile, enseguida unas viejas casonas color pastel de techos altos, hasta toparse con la figura de la anciana.  Había que aminorar el paso, pues su equipaje acaparaba casi todo el espacio reservado para andar.  Todas las tardes, al regresar del colegio, nos la encontrábamos.  Vieja, flaca, con la mirada perdida, lanzando a los transeúntes aquella sonrisa de dientes cariosos. Solíamos caminar de prisa al pasar junto a ella y hasta mi hermano, que se preciaba de no temerle a nada, inclinaba la cabeza. Lo cierto es que, bajo el sol de la una de la tarde,

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El ornitólogo

          Era una sombra refulgente sobre la arena humedecida; el hombre detuvo sus pasos y se agachó para observar de cerca: se fijó en el brillo del plumaje, en los pequeños espolones de las patas y, sobre todo, en el afilado pico que lo remitió al de los cuervos dentirrostros. Las manchas de sangre le hicieron pensar que la criatura estaba muerta.  A punto de retirarse, el ave alzó la  cabeza, entreabrió las canicas de sus ojos y soltó un largo chillido de súplica, casi humano. Minutos antes, mientras bebía sentado frente al océano, el hombre, quien se congratulaba de haber venido a esta isla casi virgen donde abundaban fantásticas especies, había visto cómo el pájaro, que navegaba muy bajo

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