Cuento

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De vuelta

De nuevo voy hacia ellas; ya las puedo sentir: altas, arrogantes, se van alineando lentamente, como si se besaran; nada de encaramar bloques como ahora: crecieron piedra a piedra para ofrecer sus cornisas al sol; venciendo mi rígida educación, coloco las manos en forma de visera para acechar a gusto en la ventana de barrotes azules: la sala convida a deleitarse en sus mecedoras de cedro en forma de concha; empujo el postigo, cede el pasador —como siempre, no le han puesto llave…—; sentado, cierro los ojos para disfrutar mejor del vaivén mientras escucho que a lo lejos me gritan muchacho te vas a romper la cabeza con tanto zarandearte; entonces camino en silencio, hechizado por los caprichosos mosaicos españoles

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Al final de la vigilia

Dispuesta a iniciar el ritual que creías desterrado de tu vida, hundes ávida la mano entre las piernas. Furiosa, te detienes: tus dedos no logran suplir la labor habitual del ausente. Saltas de la cama, miras a través del vitral: en la torre más alta del castillo, como cada madrugada, aún se percibe luz. Nadie lo ha interrumpido durante la fase final de su obra. Así ha sido durante los dos últimos meses. Pero sientes que ya es demasiado y, resuelta, vas a exigirle siquiera un breve encuentro. Recorres los pasillos a oscuras, sin reparar en las ratas que te observan cuando te sitúas junto a la puerta. Introduces con desesperación la llave. Yerras. Pruebas con otra, giras hacia la

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Noche estelar

Te encuentras justo enfrente: bella y oscura. Hasta hace un momento, camuflado entre los parroquianos, gozaba de la danza de tus caderas. Pero tuviste que escoger pareja para tu último acto. Había escuchado de él y ardía de curiosidad por presenciarlo. Ahora, desnudo, cubierto sólo por las luces y las porras de los trasnochados, por más que intento, no consigo levantarlo.

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Hacer el bien

Por Carlos Martín Briceño Para Adrián Curiel Rivera   Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis, porque de tales sacrificios se agrada Dios. Hebreos 13:16          Será cosa de la edad, se le ha metido en la cabeza que si no hacemos algo por nuestros semejantes, si no sacrificamos nuestras comodidades, vamos a terminar ardiendo en el infierno. Al niño lo recogimos el mero 24. Se suponía que iba a estar con nosotros hasta el Año Nuevo. Era una mañana neblinosa, húmeda, de esas en que preferirías no dejar la cama, sobre todo si la noche anterior te has bebido casi una botella de Buchanan’s. Se llamaba Ronald, pero en el orfanato, de tan moreno,

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Zona libre

«En casa esperaron las noticias del viaje (Agustín Labrada)» Una mujer de vestido rojo levanta el pulgar pidiendo aventón. Era peligroso detenerse en aquella desolada carretera; él lo sabía, pero prefiere arriesgarse antes que continuar el viaje cabeceando. Las cervezas del almuerzo, sumadas al calor de la tarde, comienzan a provocarle un sueño graso como el puchero de tres carnes que recién ha comido en la fonda con techo de paja que le recomendaron. Y ni siquiera pensar en un descanso. No puede llegar tarde a la cita. El presidente municipal de Río Hondo fue muy claro: tres en punto, amigo, si llega después, olvídese del negocio. Sin analizarlo mucho, detiene el auto en una cuneta y espera con el

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Autoservicio

La Cherokee está detenida a un costado de la vieja carretera que lleva al puerto. Es una vía poco transitada, perfecta para las intenciones que llevan. Ya de salida, a instancias del muchacho, el hombre se animó a comprar una botella de tequila barato y unos vasos desechables. El sabor terroso de la bebida ha invadido sus papilas y comienza a marearlo. Fervoroso por el alcohol, el muchacho no ha parado de hablar desde que subió a la camioneta. Llegó hace unos días de la capital con la intención de seguirse a Playa del Carmen. Allá, dice, lo espera un empleo que le hará ganar muchos billetes verdes como animador en un All Inclusive de cinco estrellas. Bebe con avidez,

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Cabriolas

Para Beatriz Espejo Le parecen repugnantes y sucios; dice que está cansada de limpiar las heces que dejan caer desde los abanicos de techo y de oírlos durante la madrugada. Es realmente tonta mi mujer; debería estar contenta: gracias a ellos no me he ido de la casa.          Ayer, durante la cena, Ofelia hizo un berrinche mayúsculo. Un pequeño excremento blanquecino en el borde de su taza de café con leche desató su histeria. Aporreó las manos sobre el cristal que recubre la mesa:          —¡Estoy hasta la madre de esos bichos asquerosos! No hice caso. Me esforcé por no sonreír y me limité a engullir, sin levantar la vista del plato, un bocado del delicioso omelette

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Convenios

Para Raúl Rodríguez Cetina, i.m.                                                                                                                                           Stephen ha dejado una nota en el lobby del hotel avisando que vendrá a las siete. Laura me mira y, por la manera que aprieta los labios y levanta las cejas, intuyo lo que no se atreve a decirme. Entramos al ascensor en silencio. Una camarera negra

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De vuelta a La Negrita

Espigo entre mis recuerdos uno muy vívido, en tonos blanco y negro, en una época desvaída en que los años transcurrían con una lentitud incorpórea.  Trata de un sábado al mediodía, en una cantina atestada de gente  donde el barullo de los parroquianos se confunde con el chocar de las botellas sobre mesas de metal,  los arpegios de guitarra y las voces de un trío que canta melodías yucatecas. Reconozco las estrofas de Quisiera de Guty Cárdenas. El propietario del bar, un hombre robusto y de pómulos hundidos, y al que todo mundo conoce por el sobrenombre de el “Chino” Escalante, atiende desde la barra a la clientela. A pesar del calor meridano, viste guayabera blanca de mangas largas; supervisa

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El cielo perdido

Para Mónica Lavín  Iracema permaneció de pie unos segundos junto a la escalerilla del aeroplano, masajeándose las sienes, ajustándose los lentes oscuros en el calor de la tarde, sin aceptar la ayuda de su marido para descender. “Sabía que iba a afectarme”. Se pasó la mano por la frente, quejándose de un intenso dolor de cabeza que atribuyó al cacofónico zumbido del motor y al reflejo del sol desde el océano.          Ya en el bungalow, Romero fue a la ventana, aspiró el aire puro de la isla y, recostándose en el alféizar, se felicitó por su elección. Desde ahí, el exuberante jardín sembrado de buganvillas, el sendero de las orquídeas recortadas; mas allá la playa pringada de cocoteros, y

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