
Dios los cría
No alcanzaba a comprender cómo es que Ivette era tan fresca. Le parecía mentira que esta noche pudiera beber y departir con los demás como si nada, cuando los niños se hallaban al cuidado de esa extraña que, desde el primer día, se mostró excesivamente cariñosa. —Están encantados, doña Luz es una bendición. No sé por qué cuestionas todo, envejeces antes de tiempo. Quizá su esposa tenía razón. Ya no le entusiasmaban como antes estas reuniones de seudointelectuales en las que se daba cita “todo el mundo”. Tampoco le seducía escuchar las peroratas de las “grandes figuras” que llegaban de la capital invitados por el organizador de estas tertulias. Ivette, en cambio, parecía necesitar cada vez más de esta parafernalia:








