Cuento

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Made in China

Para Raúl Ferrera Balanquet El pueblo, y sólo el pueblo, es la fuerza motriz que hace la historia mundial Mao Tse-Tung La guitarra de Pat Metheny y el rítmico movimiento del Honda eran un alivio para su agotamiento. Estirado en el asiento del copiloto, Federico escuchaba los juegos de cuerdas entrecerrando los ojos. Era su tercer día en China y no lograba reponerse del jet lag. Diecinueve horas de vuelo en clase turista, en un Boeing 757 atestado de chinos e indios fue demasiado. A mitad de la travesía, el olfato se le había impregnado de sudores ajenos. Ni siquiera el enigma del más reciente libro de Henning Mankell, y su insaciable sed de vodka, habían podido aminorar su incomodidad.

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Dios los cría

No alcanzaba a comprender cómo es que Ivette era tan fresca. Le parecía mentira que esta noche pudiera beber y departir con los demás como si nada, cuando los niños se hallaban al cuidado de esa extraña que, desde el primer día, se mostró excesivamente cariñosa. —Están encantados, doña Luz es una bendición. No sé por qué cuestionas todo, envejeces antes de tiempo. Quizá su esposa tenía razón. Ya no le entusiasmaban como antes estas reuniones de seudointelectuales en las que se daba cita “todo el mundo”. Tampoco le seducía escuchar las peroratas de las “grandes figuras” que llegaban de la capital invitados por el organizador de estas tertulias. Ivette, en cambio, parecía necesitar cada vez más de esta parafernalia:

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Juan Villoro en Yucatán o los motivos del ornitorrinco

Avenida Colón 501. La casa de doña Estela Ruiz Milán, madre de Juan Villoro. Me sorprende descubrirla todavía de pie, en medio de los escombros que la circundan. El Gobierno ha decidido demoler varias de las antiguas residencias cercanas al Paseo de Montejo para construir un nuevo Centro de Convenciones. Está intacta: su fachada amarilla, el balcón de piedra y el pequeño porche que a Juan lo hicieron pensar en Nueva Orleáns. Pregunto a un albañil cuándo la tirarán. Tenemos orden de respetarla, dice, y sigue su camino sin reparar en mi asombro. Faltan el flamboyán encendido y la mata de mango calcinada, pero en su lugar, una altiva palma real, agitada por una repentina y fresca brisa, se yergue

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45 grados: crónica de mi primer viaje a Uxmal

Evoco, ahora que la ocasión es propicia, la primera vez que visité Uxmal. Tendría ¿seis?, ¿siete años? Para el caso es lo mismo, los recuerdos de la infancia, al llegar a la adultez, se difuminan y entremezclan en los matorrales de la memoria. Recuerdo el viaje familiar a Chetumal en el Chevelle dorado, la salida al amanecer y el griterío de los káues que habitaban las copas de los tupidos flamboyanes de la Avenida Aviación. Entonces no había autopistas en el sureste de México, y para llegar a nuestro destino, papá debía conducir por una angosta carretera de doble vía esquivando tráileres, zigzagueando ante los cráteres lunares de la carpeta asfáltica, aminorando la velocidad cada tanto por causa de los

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La utopía extraviada

                                                                                                                   Para Óscar Sauri  Me pregunto qué negocio es éste en que hasta el deseo es un consumo.  Silvio Rodríguez   —¿Le gusta? Yo estuve allí, en la Plaza de la Revolución, el día en que Korda tomó esa foto. La voz del viejo se dirige al hombre que, vaso en mano, contempla absorto el retrato iluminado por las veladoras sobre el esquinero de caoba convertido en altar. —Me la obsequiaron después, en una celebración del partido. Un año que logramos una zafra histórica —agrega el viejo. El hombre sonríe, se acomoda los lentes y se acerca para ver mejor. Observa la boina con la estrella, los ojos extraviados, la melena rebelde, esa camisa cerrada hasta el cuello, y le

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Una larga estación de felicidades

Nada más atravesar la puerta, Adolfo se topó con los ojos cafés, vivos y grandes, de una joven de tez oscura y sonrisa fácil que lo miró de arriba abajo y con tono complaciente soltó buenas tardes, siéntese, el doctor lo recibirá en unos minutos. En ese momento, como si esa voz abriera un dique que liberara un río dentro de su organismo, el corazón le comenzó a bombear con fuerza, haciendo que la sangre fluyera, rápida, por sus venas. Nunca fue de su gusto ir al médico, menos ahora que el fantasma de una enfermedad aparecía terco, amenazante, presto a carcomerle el organismo, listo para acabar con ese cuerpo que comenzaba a parecerle distante y que solía cuidar desde

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«Quizás, quizás»

Entonces tenía diecinueve, estudiaba Derecho igual que tú y recién me habían contratado en la misma dependencia de gobierno donde Elsa asistía al Delegado, un dinosaurio de la vieja guardia priista —gordo, sudoroso, velludo, siempre de guayabera—, al que apodaban el Mataperros, de quien se contaba que había asesinado, a punta de batazos, con todo y dóberman, al peor de sus detractores cuando éste hacía jogging en la reserva ecológica. Más tardé en invitarla a tomar una copa y Elsa en responder “un día de estos” —sin levantar la vista de su Olivetti ni dejar de escribir en su cuaderno de taquigrafía— que mi jefe en advertirme: no te metas con ella, yo sé lo que te digo. Sin mayores

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Apuntes y otras digresiones

Misiones

Gloria Jeans Coffe. 7.30 A.M. Suelo venir todos los días a escribir a este café moderno, elegante, silencioso, ubicado muy cerca de mi casa, donde sirven los mejores capuchinos de la ciudad y ponen buen jazz. Una hora y media de trabajo literario antes de ir al trabajo alimentario. Por lo regular cuando llego, sé a lo me voy a dedicar: un cuento que me brinca en la cabeza, un artículo para alguna revista, el capítulo de mi novela imposible. Pero hoy, marzo 16, a solo unos días de la llegada de la primavera, resulta imposible concentrarse: a menos de un metro de mi mesa, un grupo de señoras de la sucursal femenina de los Legionarios de Cristo, planea las

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Insomnios

Para Rosa Beltrán Otra vez, otra vez ese llanto en la madrugada; debería voltear, abrazarla, acercarme, cumplir el rito del marido amoroso, hacerle creer que comparto su pena, que me duele también el estado de su madre; sin ningún pudor el llanto sube de tono, no va a parar hasta que me levante y la abrace en la oscuridad; y ahí están, además, esos ladridos del doberman del vecino; ya lo habría envenenado si no fuera porque Malena prefiere evitar líos. Ahora se levanta y va al baño; la escucho revolver las gavetas; sé lo que busca, toma lo mismo desde hace meses; no lo acepta, pero lo necesita; y cada vez en dosis mayores; en el reloj de pared,

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Causa perdida

Se lo merecían, solitos se lo buscaron, quién les manda a estar secuestrando camiones. Una bola de indios revoltosos, eso es lo que eran. Pero no todos  lo entienden así, ahora mismo mi mujer se desespera porque ya no podrá participar en la marcha. Parapetado detrás de las páginas del periódico, mientras bebo mi primer café del día y finjo leer, la miro caminar como felino enjaulado de un lado a otro de la casa. Habla por teléfono en voz baja, seguramente con Frida, ésa amiga suya que me tiene hasta la madre con su defensa de las causas perdidas. Lo que es no tener nada que hacer. Desde que se supo lo de Ayotzinapa cambiaron las tardes de café

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