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La amabilidad de los extraños | Por Carlos Martín Briceño
—No me voy a quedar. El anciano pronunció sin titubeos la frase, se aferró al asiento, parpadeó con insistencia y, a través del parabrisas del Audi A7, fijó la mirada en las sombras lejanas que supuso árboles. —¿Qué dices, papá? —desconcertado, el conductor se dirigió al viejo al tiempo que disminuía el volumen del estéreo donde Nat King Cole interpretaba melancólicamente “Les feuilles mortes”.