
El mundo de lo apagado, o la sordidez de lo impróvido
Hace diez años, cuando aún no se vislumbraba el nacimiento de las primeras escuelas de letras en el sureste del país, comenzó Carmen Simón a gestar las intenciones que la han llevado a convertirse en una sólida escritora, dueña de un estilo propio y a la que no le preocupa demasiado desnudar sus sentimientos para transformarlos en literatura. Lo sé, me consta, porque junto con ella, formé parte del taller que Agustín Monsreal impartía en la ciudad de Mérida, mes a mes, y del cual surgiría una prolífica generación de narradores peninsulares. La aventura de mostrar el primer texto, la emoción de la primera publicación, las largas disertaciones en torno a un autor. Fue un tiempo en donde todo lo


