
De paso, o esa extraña fascinación por los vestíbulos
Hay algo en lo que Tayde Bautista y yo estamos de acuerdo: los lobbys de algunos hoteles son fascinantes, ejercen una atracción extraña a la que resulta imposible sustraerse. Hablo, no solo de los fastuosos recibidores de esos hoteles de cinco estrellas con sus relucientes pianos de cola y lánguidos músicos de corbata, sino también de los de aquellos pequeños y antiguos establecimientos que intentan sobrevivir al nuevo siglo, con cierta dignidad, en los centros históricos de provincia. De estos últimos, recuerdo especialmente el lobby del Colón, un hotelito frente al cual solía pasar, todos los días, de la mano de mi madre, camino a la escuela primaria. Principiaban los setenta y Mérida, por fortuna, aún no figuraba en el








