
Colmado | Por Carlos Martín Briceño
Lo primero que hace al entrar al cuarto es desnudarse. Su ropa interior, húmeda, hiede. Mira su cuerpo ante el espejo de la cómoda y cae en la cuenta de que se está haciendo viejo. De poco le han servido las clases de judo que toma desde hace algunos años. Se asoma al balcón y pierde la mirada en el misterio del océano nocturno. Al fondo, alcanza a distinguir las luces titilantes de algunos barcos. A estas horas, el malecón está en penumbras, vacío de transeúntes. Solo una mulata altiva de largas piernas y tacones de aguja camina con parsimonia. No parece tener prisa por llegar a su destino. En esta zona, lo previno el taxista, además de la inseguridad,






