Cuento

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El ornitólogo

          Era una sombra refulgente sobre la arena humedecida; el hombre detuvo sus pasos y se agachó para observar de cerca: se fijó en el brillo del plumaje, en los pequeños espolones de las patas y, sobre todo, en el afilado pico que lo remitió al de los cuervos dentirrostros. Las manchas de sangre le hicieron pensar que la criatura estaba muerta.  A punto de retirarse, el ave alzó la  cabeza, entreabrió las canicas de sus ojos y soltó un largo chillido de súplica, casi humano. Minutos antes, mientras bebía sentado frente al océano, el hombre, quien se congratulaba de haber venido a esta isla casi virgen donde abundaban fantásticas especies, había visto cómo el pájaro, que navegaba muy bajo

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Cuento

Saldos

Lo valía, claro que lo valía. Bastaba ver el departamento, abandonado, con la  computadora siempre encendida. Cuatro meses habían transcurrido desde la tarde del rompimiento y, salvo por algún telefonema para acordar trámites legales, no volvieron a encontrarse. Tenía que recuperarla. Tomó valor y con el pretexto de aclarar detalles pendientes de la separación, la invitó a almorzar al restaurante italiano que tanto les gustaba. No había regresado a ese lugar después de la ruptura, pues le provocaba ansiedad pensar que el dueño, un viejo veneciano que solía sentarse a platicar con sus clientes habituales, pudiera cuestionar los motivos del divorcio. Encendió un cigarro, dio una honda chupada que le llenó los pulmones con el sabor familiar de los Benson

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