
El ornitólogo
Era una sombra refulgente sobre la arena humedecida; el hombre detuvo sus pasos y se agachó para observar de cerca: se fijó en el brillo del plumaje, en los pequeños espolones de las patas y, sobre todo, en el afilado pico que lo remitió al de los cuervos dentirrostros. Las manchas de sangre le hicieron pensar que la criatura estaba muerta. A punto de retirarse, el ave alzó la cabeza, entreabrió las canicas de sus ojos y soltó un largo chillido de súplica, casi humano. Minutos antes, mientras bebía sentado frente al océano, el hombre, quien se congratulaba de haber venido a esta isla casi virgen donde abundaban fantásticas especies, había visto cómo el pájaro, que navegaba muy bajo
