
Última estación
De pronto, el tren se detiene. Todavía somnoliento miro por la ventanilla: tanta desolación parece advertirme que vengo en balde. En mi reloj, las dos de la tarde. He dormido casi cuatro horas. Durante el viaje sólo me han acompañado el maquinista y el que recoge boletos. Escogió mala hora, me dicen cuando estoy por bajar. Con este calor no va a encontrar a nadie. No hago caso, pero apenas pongo pie en el andén, el sol comienza a derretirme. A mis espaldas, el ferrocarril parte de nuevo. Camino calle abajo tratando de robar a las casas un poco de sombra. En el quicio de una puerta un anciano de ojos lechosos ofrece en venta tepache








