
Tardes de Atari | Por Carlos Martín Briceño
¡Acércate querido, ven! Los brazos de la vieja –lánguidos, pellejudos– se extienden hacia mí como tentáculos. Han pasado muchos años, más de treinta, y aunque desde un principio me pareció una pérdida de tiempo corresponder a su patético diálogo de nostalgias, en vez de colgar el teléfono con cualquier pretexto permanecí con la bocina en la oreja, escuchando con paciencia el discurso cursi, aburrido, de la madre de Armando. No quise parecer grosero, traté de zafarme, argumenté falta de tiempo, exceso de trabajo, pero ella insistió. Los ruegos y “porfavores” se intensificaron hasta que, en un arranque de hartazgo y lástima, acepté la invitación.








