Te perseguirán
los recuerdos divinos del ayer,
te atormentará
tu conciencia infeliz.Frank Domínguez, “Me recordarás”
Querida Gretel:
El día que supe que Estados Unidos reanudaba relaciones diplomáticas con Cuba, me acordé de ti. Me remonté a aquel verano del ochenta y siete, al momento en que te divisé en la cola de los helados Coppelia.
A estas alturas, prefiero ser sincero: lo que verdaderamente llamó mi atención fue ese par de obuses, duros y puntiagudos, desafiando el firmamento, que se transparentaba detrás de tu blusa azul de tirantes, grisácea de tanto uso. Entonces yo tenía veinte, estaba en la universidad, leía con avidez a los escritores del boom latinoamericano, escuchaba Nueva Trova y creía firmemente que, con el paso del tiempo, tu isla anunciaría un mundo donde valdría la pena vivir. Fue por eso, y porque corría el rumor de que, hermosas y liberales, las habaneras jamás le ponían un pero al turista mexicano, por lo que junté el poco dinero que ganaba en aquel despacho contable y planeé el viaje.
Lo reservé en una agencia de mala muerte, regenteada por un libanés que, además de prometerme visita al Tropicana y excursión a Varadero, me garantizó el mejor hotel de La Habana por el precio más bajo. Por supuesto que fue una gran mentira. El muy cabrón me mandó al Deauville, el ruinoso hotel ubicado en Centro Habana, en la calle Galiano, frente al malecón.
Luego de dejar mi equipaje en el cuarto salí a la calle a buscar algo de comer. Iban a dar las diez de la noche y a esas horas, salvo por uno que otro puesto de bocaditos de queso checoslovaco, todo estaba cerrado. Faltaba mucho para que llegaran los tiempos de los paladares. El término ni siquiera se había puesto de moda entre tus compatriotas. Acabé por comprar algo parecido a una pizza en un local cercano al malecón, donde un par de mulatas de culos tentadores, al percatarse de que era turista, me invitaron a compartir una botella de ron frente al océano. Encima del murete de concreto, disfrutando la noche habanera y el rugido del mar, bebí a pico de botella. Después de un rato, cuando las anfitrionas notaron que no traía mucho dinero y que no sería redituable el acostón, terminaron por mandarme a volar.
Al día siguiente, semialetargado, me despertó el timbre insistente del teléfono y luego la voz imperiosa de una señorita avisándome en cubano que el autobús a Varadero estaba a punto de salir. Me puse lo primero que encontré para no perder la oportunidad de conocer la famosa playa donde Al Capone solía pasar largas temporadas.
No voy a negarte que fue un día grato: desde el paisaje boscoso de la carretera, pasando por el azul turquesa del mar, hasta la comida criolla y la cerveza oscura que me sirvieron. Todo de primera. Pero no me sentía a gusto. No era para hacer turismo de jubilados que había viajado desde tan lejos. Aunque sonara contradictorio, fui para vivir la utopía revolucionaria y gozar cubanas. ¿Qué carajos estaba haciendo en Varadero, un balneario tan americanizado como Cancún, repleto de soviéticos, italianos y españoles que se daban la gran vida aprovechando lo barato del sitio, y en donde estaba prohibida la entrada a tus paisanos? Por la noche, de regreso en aquel moderno autobús de fabricación soviética, sin importar lo que había pagado en la agencia de viajes, decidí no participar en ninguna más de estas excursiones. Al carajo el Tropicana y la Marina Hemingway. Eran para viejos y parejas lunamieleras. En los dos días que restaban, iba a tratar de conseguir una mujer que me enseñara la verdadera Cuba: la socialista y liberal que había idealizado a través de las pegajosas canciones de Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y el rebelde Vicente Feliú.
Luego de llenarme el estómago con el abundante desayuno bufete que servían a los huéspedes en el Deauville, salí a deambular. Varios isleños se me acercaban ofreciéndome el cambio de diez pesos cubanos por dólar. Al último le pregunté dónde quedaba La Rampa. Hacia allí me dirigí buscando Coppelia, la heladería que la película Fresa y chocolate haría de fama mundial años más tarde.
Allí, me dijo uno de los meseros del Deauville, se reúnen las muchachas más lindas de esta ciudad. De seguro encuentras una con quien singar.
Fue entonces cuando te vi. Ocupabas el último lugar de una larga cola de cubanos que esperaban pacientemente su turno para entrar al edificio principal de la nevería, ese edificio de hormigón armado erigido en el centro del parque, a la sombra de las añejas higueras de Bengala.
Menudeaban en aquel lugar hembras de todos colores y sabores: rubias naturales ojiverdes, de labios carnosos, pecho pequeño y nalga frondosa; mulatas de culos perfectos cuyas curvas parecían haberse impuesto a la historia para que sus dueñas pudieran llegar hasta aquí a exhibir con orgullo sus nalgas de hierro; africanas retintas, bembonas, de cadera amplia, cintura breve, pierna musculosa y cabellera hirsuta, que reían luciendo sus dientes blanquísimos. Así y todo, me pareció que brillabas con luz propia. Te vi de frente. Además de los pechos, me fijé en tus ojos verde olivo, enmarcados por unas cejas espesas, morunas, y en tu boca de labios rojos, gruesos. Me puse exactamente detrás de ti.
Luego de presentarme, te pedí ayuda para que me sirvieras de guía. No quería que me identificaras con el tipo de turista que venía nada más por sexo, así que me esmeré en ser amable. Entonces, luego de platicar un rato, cuando consideraste cubiertas las formas, aceptaste mi propuesta. Roto el hielo, fuimos a aquella tienda de discos cercana a la Plaza de la Revolución, donde compré tres elepés que aún conservo y me llenan de nostalgia cada vez que los tomo: Causas y azares de Silvio Rodríguez, Querido Pablo de Milanés y uno de Amaury Pérez. Al cabo de un rato caminamos hasta una librería donde me surtí de ediciones cubanas, a precio de ganga, de algunas obras de Carpentier y de tres pósters alusivos a la Revolución —Camilo, Martí y el Che— que por muchos años colgarían de las paredes de mi cuarto en México.
¿Te acuerdas de que, luego de tomar un par de cervezas y compartir un plato de puerco frito en una cafetería “solo para turistas”, donde tuve que exigir que te dejaran entrar, a punto de caer la noche me animaste a entrar al teatro Carlos Marx? Daban un concierto de Sara González, de quien nunca había oído hablar, pero sabiendo lo mucho que me gustaban Silvio y Pablo, aseguraste que iba a disfrutarlo. Buenos, buenos días América, ¿como estás? Muy buenas. Aquel estribillo de la canción final nos puso a bailar junto con el resto del público.
Esa noche, todavía excitados por la música, cometimos un crimen contra el régimen que pudo haberme costado la expulsión y a ti, la cárcel. Eran cerca de las doce, estábamos de vuelta, conversando en el lobby del viejo edificio de departamentos de la avenida 23 de El Vedado, donde vivías con tu familia. Aprovechando la soledad del lugar nos escondimos detrás del descanso de las escaleras y comenzamos a besarnos. Al ver que no oponías resistencia, te alcé la blusa y me dediqué a libar de tus senos. Luego te hincaste y fuiste bajando, lentamente, rozando con tus labios mi torso, mi ombligo, hasta quedar justo frente a mi bragueta. Lo que siguió, pese al tiempo transcurrido, lo tengo grabado con nitidez en mi cerebro. ¿Me creerías si te digo que cada vez que lo recuerdo vuelvo a excitarme? Libre de pudores, tomaste mi miembro con la mano y acercaste tu boca al glande, respiraste sobre él, con tal fuerza, que pude sentir el calor de tu aliento anunciando el recorrido que realizarías con tu lengua experta.
Me emocioné tanto que, al finalizar, para limpiarme los residuos, de un tablero de avisos colocado justo encima de nosotros arranqué un comunicado —ahora sé importante— que contenía información del Comité de Defensa de la Revolución. Nada dijiste, pero tu rostro palideció y lo achaqué al esfuerzo. Me diste un beso rápido y dijiste que debía irme de ahí lo más pronto posible. No fue sino hasta el día siguiente, al recibirme en tu casa, cuando me contaste que el presidente del comité vecinal había hecho un escándalo al descubrir los acuerdos del II Congreso del PCC en el suelo, manchados de semen. Si alguien se hubiera enterado de nuestra acción, de seguro nos hubieran acusado de traición a la patria.
Ese día, el último de mi estancia en La Habana, conviví con ustedes. El arroz con tostones y las papas fritas que tu madre cocinó, tu interpretación de Chopin en un inesperado piano y la conversación inteligente de tus padres me confirmaron que la vida había mejorado en la isla del cocodrilo verde, que solo eran propaganda yanqui los horrores que se le achacaban al régimen. Allí estaba tu familia, comentando un tanto de las carencias, pero con una dignidad imposible de encontrar en mi país. Lo que yo ignoraba —más tarde me lo confesarías— era el esfuerzo que tus padres estaban haciendo para que entre tú y yo se estableciera una relación seria. Casándote con un mexicano, pensaban, podrías escapar sin sobresaltos del comunismo haciendo una conveniente escala en la península, viajar a Miami cada vez que se te diera la gana y, finalmente, ayudarlos.
Cinco años después, volvimos a vernos. Esta vez en México. La boda de mi hermano fue el pretexto. Aunque ya vivías en Miami junto con tu familia, nuestra relación persistía por correspondencia. Durante todo ese tiempo intercambiamos medio centenar de cartas. Algunas de ellas, todavía con los timbres postales con la imagen de los héroes del Moncada o la bandera del estado de Florida, las guardo en mi despacho, en el último cajón de mi escritorio, bajo llave. En todas ellas refrendas tu deseo de venir a vivir a México conmigo. A pesar de que siempre recelé de la intensidad de ese amor tan lejano, me gustaba aferrarme a él y pensar que, más allá de este país donde yo me preparaba para terminar una carrera que me permitiera hacer dinero, alguien me amaba al grado de estar dispuesta a dejar su lugar de residencia para hacerme compañía.
Así que, ya con un mejor sueldo, decidí mandarte tus boletos de avión para rencontrarnos, terminar en México lo que empezamos en Cuba y, de paso, presentarte a mi familia. Corría 1991, el muro de Berlín había caído y comenzaban a sentirse en Cuba los efectos que desembocarían en el nefasto período especial.
Nada más verte caminar hacia mí en el pasillo del aeropuerto, la verdad se alzó en mi entrepierna. Quería tocarte, olerte, sentirte. Aunque, a decir verdad, ese compromiso de fingir que nos amábamos cuando apenas nos habíamos visto unas cuantas horas en la vida, me parecía francamente ridículo ¿Por qué una hembra como tú, plena, hermosa, joven, después de tanto tiempo iba a seguir interesada en alguien como yo, mediocre entonces?
Recuerdo que durante la semana que estuviste en mi ciudad, llevada por tus recién adquiridas creencias religiosas, no dormiste conmigo ni un solo día. Elegiste quedarte en el cuarto de mis hermanas, ganándote enseguida el respeto de mis padres que, tontamente, pensaban horrores de las habaneras. “No es una cubana cualquiera, tiene principios”, decían, con una burda mezcla de asombro y satisfacción.
En cambio yo, harto de tu nueva pose, no desperdiciaba momento para meterte mano y cachondear. ¿Para esto la traje?, recuerdo que llegué a preguntarme cuando te veía toda modosita, intentando conquistar el cariño de mi madre, que no cesaba de alabar tus virtudes. Pero enseguida, de manera inteligente, cuando te percatabas de la seriedad de mi molestia, te acercabas a pedirme que te llevara de paseo lejos de la ciudad: a las ruinas arqueológicas, a la playa, al campo…, nunca a un hotel. Entonces, alejados de miradas indiscretas, te dejabas hacer y me permitías entrar por tu puerta trasera, apretando mi hombría con toda la intensidad de tus caderas —pequeñas comparadas con los estándares caribeños, pero lo suficientemente firmes como para abducirme la verga y provocar mi rendición.
Tres años más tarde te visité en Miami. Insistías en que nos casáramos. Ya era próspero y continuaba alimentando la fantasía de este amorío porque no tenía nada que perder. Llegué a tu casa, una vivienda modesta, de material prefabricado. Nada que ver con la noble decadencia de tu hogar en El Vedado. En la sala, una enorme televisión lo presidía todo. Don Francisco y sus clones parloteaban cuan largo era el día. Y mientras tu madre era la mujer más feliz abrazando sus bolsas del supermercado, exaltada por la cantidad de víveres en el refrigerador, tu padre, deprimido, fumaba incesantemente tabacos oscuros por las calles de La Pequeña Habana, añorando la patria perdida.
De ese viaje recuerdo en especial una cena, una invitación formal por parte de tus padrinos. Era una pareja mayor, próspera y alegre, sin hijos, que vivía en una zona ubicada en las afueras de Miami, muy lejos de tu casa; tanto que, para llegar hasta allí, recordarás, debí alquilar un automóvil. Su casa era luminosa, grande, con chimenea y un techo de dos aguas cubierto de tejas. Estaba rodeada de extensas áreas verdes y podía oírse con facilidad el canto continuo de los grillos. Al fondo, una pequeña piscina con forma de ocho y un tinglado de madera para el asador de carnes. Al abrir la puerta, fuimos recibidos con música del Piporro y unos caballitos de tequila. Tus padrinos habían preparado un menú dizque mexicano. Además de obligarnos a mirar una película casi completa de Pedro Infante durante el transcurso de la cena, tuvimos que comernos unos tacos enormes con harta crema agria, queso amarillo y frijoles negros, muy al estilo de Taco Bell. En verdad aprecié todos estos gestos. Lo único que ellos pretendían, estoy seguro, era congraciarse con el futuro marido de su ahijada. Pero me fui de allí, no puedo negártelo, bastante confundido. ¿Por qué, siendo tan boyantes, no entendían que la mexicanidad iba más allá del cliché? ¿Pasaría con tus parientes lo mismo que conmigo cuando extrañaba todo aquello que habíamos vivido en La Habana?
Siguiéndote el juego de la abstinencia, fui a parar a la habitación de tu tío abuelo, el tío Manotas, un hombre senil de sueño intermitente que en las madrugadas me asustaba con sus sobresaltos y al que había que cuidar para que no se escapara a las calles nocturnas enfundado en su perenne uniforme gris. Pero lo peor fue cuando me llevaste al templo presbiteriano donde pretendías que nos casáramos, un estrafalario edificio en forma de ballena que aludía al episodio bíblico vivido por Jonás en las fauces del Leviatán. Y todo esto con muy poco sexo, regateado y clandestino. Y de encima el sonsonete de tu mamá: ¡Yo ya quiero que se casen y tengan críos!
Por darte gusto, porque no tuve valor para terminar contigo allá, fijamos una fecha. Y no se me olvida tu cara de felicidad cuando te despediste de mí en el aeropuerto.
Varias semanas después, ya desde México, te hice una última llamada, así lo creí prudente. “Perdóname, perdóname, no puedo casarme”. Tu llanto es una de las cosas que más me avergüenzan. Por lo que fuera que haya sido.
Seguí con mi vida. Tuve esposas, hijos, hice una modesta fortuna que me permite vivir con holgura. Así fue hasta que conocí el amargo estaño de la traición. Mi segunda mujer me dejó, se largó con un canadiense jubilado podrido en dinero. Entonces te busqué, seguí tu rastro en el directorio telefónico de la Ciudad del Sol. Aún no se popularizaba el Facebook y marqué a todos los Pardo que creí factibles hasta dar contigo.
—Jamás vuelvas a hablarme, por favor. Te lo pido de verdad. No sabes el trabajo que me costó olvidarte.
La frase —dura, cortante, definitiva— reverberó en mi cabeza. Me quedé hecho un pendejo, bocina en mano, escuchando el agudo zumbido de la línea vacía. No me diste tiempo de explicarte nada. Tampoco me brindaste la oportunidad de exponerte por qué, luego de treinta años, volvía a buscarte. Tus palabras, breves y escuetas, fueron contundentes.
Tenías razón, Gretel, ha transcurrido demasiado tiempo. Resucitar sentimientos puede resultar funesto. El pasado debe quedar en el pasado. Igual que esta carta que nunca te enviaré. Mejor reunirla con las tuyas en el último cajón de mi escritorio.
Texto publicado en el portal de la revista Carátula el 1 de febrero del 2026
Enlace: https://www.caratula.net/verde-olivo/