¡Acércate querido, ven!
Los brazos de la vieja –lánguidos, pellejudos– se extienden hacia mí como tentáculos. Han pasado muchos años, más de treinta, y aunque desde un principio me pareció una pérdida de tiempo corresponder a su patético diálogo de nostalgias, en vez de colgar el teléfono con cualquier pretexto permanecí con la bocina en la oreja, escuchando con paciencia el discurso cursi, aburrido, de la madre de Armando. No quise parecer grosero, traté de zafarme, argumenté falta de tiempo, exceso de trabajo, pero ella insistió. Los ruegos y “porfavores” se intensificaron hasta que, en un arranque de hartazgo y lástima, acepté la invitación.
¡Qué bárbaro! ¡Estás igualito! Los años no pasan por ti…
Sin quitarme la vista de encima, me estruja, acaricia mis mejillas, palmea mis hombros, toma una de mis manos entre las suyas. Trato de sonreír, de parecer alegre, pero me cuesta trabajo corresponder con naturalidad a las desbordadas muestras de cariño de esta mujer huesuda, olorosa a maderas orientales y pachulí de jabón Maja, los dientes amarillentos por la nicotina, el pelo escaso teñido de rojo, quien me ha invitado a comer enchiladas suizas en su casa.
Las mismas, ¿recuerdas, cariño?, recalcó por el teléfono, que tanto te gustaban de niño.
Una gruesa capa de maquillaje, que no logra disimular las ojeras y las patas de gallo en el rostro de mi anfitriona, enmarca el verdor apagado de los ojos, reflejo del desconsuelo –estoy seguro– con que su dueña ha sobrellevado la ausencia del hijo durante más de dos décadas.
Vamos, siéntate, dice, y me señala una silla de madera oscura con asiento de terciopelo rojo. Enseguida traigo la comida. ¿Quieres una cervecita?
Asiento con fastidio. Ella se levanta. Noto que renguea. Desaparece detrás de la puerta abatible con claraboya. Recorro la estancia con la mirada y redescubro el eclecticismo de la decoración setentera: arbotantes de cristal opaco, portarretratos de plata, muebles coloniales, cortinas espesas decoradas con encajes. ¡Encuentro tan raro volver a poner pie en esta casa donde pasé tantas horas ¿dichosas? de mi infancia! A mi derecha, una mesita atiborrada de fotografías que parecen retar el paso de los años: Armando niño posando junto a Pluto y a Mickey en las calles coloridas de Disney World. Armando paseando con su madre por Bush Gardens. Armando adolescente y su mamá comiendo hamburguesas en el Hard Rock Café de Miami. Armando acariciando un delfín en Sea World. Armando, vestido con un traje blanco de solapas anchas y una corbata tejida, el día de la graduación de la primaria. Armando y yo en traje de baño, abrazados, a punto de echarnos un clavado en la piscina. Carajo, cómo ha pasado el tiempo. Probablemente sentado en esta misma silla almorcé con mi amigo y su madre infinidad de veces. Solía regalar bocados a Pongo y a Perdita, los pequineses de la familia que no paraban de mordisquearme las piernas por debajo del mantel. Todo aquí era deslumbrante: la psicodélica cocina integral, el horno de microondas que parecía haber sido extraído del comedor de Los Supersónicos, la piscina recubierta de diminutos mosaicos venecianos, aquella videocasetera Sony donde vi tantas veces La guerra de las galaxias. Pero lo que me dejaba sin habla era el cuarto de juegos, alfombrado, luminoso, con clima artificial, lleno de juguetes importados: walkie-talkies, pistolas de agua, autopistas de carreras Scalextric, coches de control remoto, la colección completa de los personajes de Star Wars y, lo mejor de todo, un Atari 2600 conectado permanentemente a un televisor a colores donde jugábamos Pong y Combat durante horas. ¡Cómo envidiaba al cabroncito de Armando! Cada vez que su padre aparecía con un nuevo tesoro, era yo el primero en saberlo. Alguna vez pensé que se compadecería y me regalaría algo, pero nunca lo hizo. Treinta y tantos años después, a juzgar por lo jodida que está la casa, el tiempo se ha encargado de poner las cosas en su sitio.
Y de amores, ¿qué tal te va?, pregunta de pronto mi anfitriona mientras coloca en la mesa un par de cervezas y un botanero de cristal cortado rebosante de aceitunas.
Trato de disimular, pero mi nerviosismo de seguro me delata. Me tiembla el párpado derecho. ¿Sabrá ella algo de los pormenores de mi separación? ¿Estará enterada de que mi mujer me puso el cuerno con su entrenador del gimnasio? ¿Es posible? Detalles de mi vida personal no se los doy a nadie, menos a una metiche a la que no veo desde la adolescencia. Si lo que pretende es ahondar en el tema para averiguar, no le voy a dar el gusto.
Todo bien, todo bien. La respuesta –escueta, cortante– brota al cabo de mi boca.
¿Tienes hijos?
Dos.
¡Ah! ¿La parejita?
No, dos niñas: Fernanda, de cinco; Jimena, de tres.
¿No tienes una foto de ellas en el celular?
Imposible negarme, su sonrisa idiota me lo impide. ¿Por qué no puedo mandarla al carajo? ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué siempre he de ser tan débil? ¿Tendrá razón mi exmujer cuando me califica de timorato? ¿Por eso me dejó para irse a revolcar con el otro hijo de puta? ¿Por tibio? Sí, aquí las traigo, respondo. Le entrego el celular. Ella se coloca unos lentes bifocales y escudriña. Su semblante cambia. En segundos muta de la alegría a la tristeza.
Felicidades, querido, están preciosas, cuídalas mucho, los hijos son una bendición de Dios.
Los ojos se le humedecen. Un silencio viscoso se esparce en la estancia. Lo que faltaba, chingada madre, que ahora se suelte a llorar. Discúlpame, discúlpame, querido. Toma una servilleta y se seca teatralmente los ojos. No se preocupe, la entiendo. Mi voz suena hueca. Se lleva la botella de cerveza a la boca. Algo del líquido resbala por la comisura de sus labios, humedeciendo su blusa de seda. Enseguida suelta un ¡ah! fingido con el que, se supone, da cuenta de su sed satisfecha. Sonríe de nuevo. Otra vez intenta ser la mujer alegre que agasaja al viejo amigo de su hijo.
Pero, cuéntame, ¿cómo te va en el trabajo? He oído que eres un ejecutivo muy importante, que tienes años en esa empresa. ¿Es verdad?
Le digo escuetamente lo que hago, le cuento que gano bien, que no puedo quejarme. Recién me nombraron director jurídico en la compañía. Tengo a mi cargo todos los contratos importantes de los accionistas. Ningún acuerdo se cierra sin mi visto bueno. No le digo que trabajo trece horas al día en un gris corporativo para hacer más ricos a unos ricos y mantener con cierto decoro a mi familia. Bueno, eso de familia es un decir; las niñas, como es natural, se quedaron con Laura, las veo solamente los fines de semana. Tampoco le cuento que, con cierta frecuencia, debo aguantar las carajeadas del hijo mayor del dueño, ni que debo de encargarme de “legalizar” algunos negocios confidenciales de los cuales me está terminantemente prohibido hablar. Eso no tiene por qué saberlo ella.
Te felicito, eres un hombre muy trabajador, inteligente, desde niño noté que ibas a llegar lejos.
Hipócrita. Ahora resulta que siempre lo imaginó. Cree que no me acuerdo de lo mal que me hacía sentir cuando, sin qué ni para qué, entraba al cuarto de juegos y me pedía que pusiera todas las cosas en su lugar mientras Armando se levantaba para ir a dar cuenta de la cena que ella había preparado. Era, tal vez, una forma de vengarse, porque mi amigo, aunque aparentemente lo tenía todo, era un niño caprichoso, exigente, hijo único que rara vez recibía la visita del padre, un director de aduanas calvo, hosco y mal encarado, que lo había abandonado e intentaba acallar su conciencia con todos esos juguetes que, ahora lo sé, confiscaba a contrabandistas y viajeros.
Bueno, bueno, basta de tanto parloteo, mejor traigo tus queridas enchiladas.
La veo partir, atravesar la puerta abatible y, de súbito, mientras miro su nuca rojiza a través de la claraboya, me llega a la cabeza el recuerdo de la tarde en que mi madre, sus manos blancas ocupadas con una blusa a la que borda unas flores, me llama a su habitación para decirme, sin soltar la aguja ni apartar la mirada de la costura, que ya no soy un niño y que me prohíbe terminantemente volver a casa de Armando. ¡Pero si es mi mejor amigo!, protesto, a punto del llanto. Y ella, católica recalcitrante, incapaz de hablar mal de nadie, sin soltar la aguja ni dejar la labor, lo único que contesta ante mis preguntas es que no puede explicarme nada más y que por favor la obedezca, que con el tiempo habría de entenderla. Y vaya que la entendí.
Ahora mi anfitriona regresa con el platón de las enchiladas. El olor fuerte y picante de la salsa verde sobre el queso derretido me abre el apetito.
¿A poco no se ven deliciosas?, pregunta.
Me sirve una buena porción del guiso. Comemos aprisa, envueltos en una atmósfera que se vuelve cada vez más opresiva. Ella hace un esfuerzo por traer a la mesa anécdotas del pasado, de aquellos “años felices”, subraya, con una sonrisa fosilizada. Al momento de llevarme el último bocado a la boca, junto a un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, descubro colgada en la pared una pequeña fotografía de Armando en la playa abrazando a una rubia de pelo lacio y corto, nariz afiliada y labios delgados. Al fondo, una puesta de sol.
¿La conociste?, pregunta la vieja al percatarse de mi curiosidad. Es Ana Jessica, la novia de Armando. Iban a casarse.
¿Novia? ¿Armando? ¿Boda? ¡No me chingue! ganas no me faltan de decirle: ¿a poco la vejez le ha borrado la memoria? Pero de mi boca no sale una palabra, sigo comiendo, animándola con mi silencio a continuar con su historia.
Era una muchacha preciosa, por dentro y por fuera. Ya tenían todo listo para la boda, el vestido, la iglesia, el banquete, la luna de miel…, hasta que sucedió lo de Armando.
Lo de, “lo”, repito en mi cerebro. ¿Así es como nombra una madre la muerte del hijo para no sentir tanto dolor? ¿Sirve el artículo neutro para atenuar la pena? Porque para mí, lo de Armando se refiere a otra cosa: se trata del recuerdo de su voz grave e intimidante, ya nada infantil, dirigiéndose hacia mí: si quieres seguir viniendo a mi casa a jugar Atari tendrás que hacer lo que te pida, ¿de acuerdo? Lo-que-te-pida. Es fácil, verás como a ti también te acaba gustando, mientras seamos amigos es normal, no tiene nada de malo. Ven, arrodíllate. Y sus manos firmes guiando mi cara temblorosa hacia su bragueta.
¡No sabes cómo lo sufrimos las dos! ¡No te imaginas! De vez en cuando ella me viene a visitar; se casó tiempo después, tiene un hijo precioso al que quiero como si fuera mi nieto…
La escucho sin parpadear, sin saber qué responder. Y aunque Armando y yo habíamos dejado de vernos desde hacía muchísimo tiempo, recuerdo, con una mezcla de vergüenza, ansiedad y satisfacción, que no me entristeció la noticia. Crimen pasional, decían los periódicos. Dos cuchilladas certeras: una en el estómago, otra en el corazón. Nadie había visto ni oído nada. El karma, pensé. Todo sucedió a las afueras de una disco gay, porque, carajo, tuvieron que pasar infinidad de tardes de Atari en el cuarto de juegos para que, por fin, me decidiera a acatar lo que mi madre me había ordenado.
¡No sabes cómo lo sufrí, no sabes cómo lo sufrí!, repite una y otra vez. Lagrimea y se pone de pie.
¡Dame un abrazo! ¡Dame un abrazo!
Y yo, que nunca he aprendido a negarle nada a nadie, le tiendo los brazos, suave, dócilmente.
Texto publicado en el portal Neotraba el 21 de enero del 2026
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