No obstante “Los secretos vivos” fue creado en el ámbito estrictamente literario, esta obra en sí lo rebasa. Bien puede ser abordada desde diversos ángulos: lo psicológico, lo sociológico, lo antropológico, lo gastronómico, incluso desde una perspectiva de género. Y si nos fijamos en sus pequeños/grandes detalles entre líneas, la obra da para más.
Como Carlos Martín ha mencionado, su obra no es autobiográfica, posee una parte de verdad y otra de ficción. En este sentido, puedo atreverme a decir que el protagonista en sus cuentos siempre es un yucateco o mejor dicho, una persona de la ciudad de Mérida cuya trama se origina en la península de Yucatán, pero que no siempre se desenvuelve en el ámbito de lo yucateco, aunque la mayoría de las veces sí. Sin embargo, lo que mucho se ha criticado respecto al regionalismo de una obra literaria, Carlos Martín lo supera al mezclar la trama con temas universales como el sexo, la vergüenza, la culpa, entre muchos otros.
El Dr. Edgar Arredondo nos mostró “Los secretos vivos” desde la visión de las ciencias de la salud, ahora lo haré desde lo socio-cultural.
El objetivo de la vida, es vivir
y vivir significa estar despierto, alegre, ebrio
sereno, divinamente consciente.
Lo que parece desagradable,
doloroso, malvado. Puede convertirse en una fuente de belleza, alegría y fortaleza
si se enfrenta con una mente abierta.
Henry Miller
Carlos Martín divide su libro “Los secretos vivos”, en tres partes que denomina de la siguiente manera: “Lo que se ve no se juzga”, “Hasta que la muerte nos separe” y “Lo que no se cuenta no existe”.
La primera parte, está compuesta por cuatro cuentos. El título de esta parte, tomado de la expresión dicha por el cantante mexicano Juan Gabriel, quien tal vez quiso parodiar a Andy Warhol con la frase “No juzgues un libro por su portada”, que a su vez retoma del libro “El molino de Floss” del escritor George Eliot. En ellos los protagonistas son adolescentes y hombres jóvenes de clase media alta y alta de la ciudad de Mérida; la trama la podemos ubicar a finales del siglo pasado e inicio del presente.
En el primer cuento, podemos notar la desigualdad social con base al estatus económico (existe también por origen) que, aún hoy, se presenta en la ciudad de Mérida. Es la historia del hombre que, por invitación de la madre de quien en la adolescencia fuera su amigo rico, ya muerto, regresa a aquella casa. Así, empieza recordando todo lo que aquel poseía: walkie-talkies, pistolas de agua, coches de control remoto, etc. Deslumbrado no solo por la cantidad de juguetes que él nunca tuvo, sino también por el tipo de casa de su amigo; donde tenía un cuarto de juegos exclusivamente para él. Cuando las familias de las clases sociales menos acomodadas, difícilmente contaban con una habitación para cada uno de sus hijos. Lo común era que todos, padres e hijos compartieran el mismo espacio para dormir. Así el amigo rico tenía un cuarto de juegos lleno de juguetes, con lo último que llegaba a Mérida desde los EUA: un Atari 2600 conectado a una televisión de colores. Y, por si todas las posesiones anteriores no fueran suficientes para hacer sentir inferior a un púber, el tipo de vida que las familias “bien” de aquella época daban a sus hijos, llena de viajes a Disney World, Sea World, Bush Garden y comida que alguien de la clase socio-economicamente baja no podría acceder, terminaba casi nulificando o nulificando por completo su autoestima. Haciéndolo dudar de todo, hasta de sí mismo y sus propios gustos. Rechazando lo propio, añorando la posición del otro y convirtiéndolo en un ser inseguro; incapaz de decir no con el fin de agradar y ser aceptado en una clase social “superior” a la que no pertenecía. Desequilibrio económico y social que psicológicamente y de manera inconsciente, coloca a una persona por encima de la otra. Que implicitamente a uno le da más autoridad sobre el otro y que se puede traducir en chantaje y/o abuso. No solo psicológico, sino también físico, como sucedió con el protagonista de este cuento.
El segundo cuento: “Érase una vez una primera vez”
En este cuento, Carlos Martín plantea de manera clara y expedita dos situaciones que bien podemos enmarcar en el ámbito de las ciencias sociales: una socioeconómica y otra sociocultural. Ambas, manifiestas en la psicología de los personajes que se desenvuelven dentro de un mismo espacio-tiempo, entiéndase, la cultura de la ciudad de Mérida en los años 80s del siglo pasado.
En el aspecto económico nos muestra la notable desigualdad social (producto del desequilibrio existente en la distribución de ingresos), que se vive en la ciudad de Mérida. Lo anterior, podemos observarlo en el comportamiento de los jóvenes protagonistas: Antonio y Juan Carlos. El primero posee un coche y dinero para gastar con su amigo. Pertenece a la clase media alta, pero no es un “niño bien” de la clase alta. Lo anterior con base a lo dicho por el narrador: “Antonio era el …, único que tenía coche…”. En aquella época, en la clase alta meridana, la mayoría de los jóvenes poseían coche, por no decir todos. Y se confirma que era de esa clase, cuando se detallan las características del coche: “un vochito con rines de aluminio, guía deportiva de madera y autoestéreo con ecualizador”. Ese era el sueño de los jóvenes de la clase media de aquella época. A diferencia de la clase alta, quienes aspiraban a tener de Mustang para arriba, un Mercedes, VMW o un Jaguar; esa era su aspiración. Tener un vochito era motivo de risa y vergüenza para los jóvenes de la clase alta, más si era de medio uso.
Antonio compra gasolina para pasear, cervezas y mota. No obstante, todo lo anterior, además le paga a una mujer para que su amigo perdiera su virginidad.
La ciudad de Mérida desde siempre se ha caracterizado por ser clasista (por ingreso económico y por origen). La división por clases sociales de acuerdo al ingreso económico, se hace evidente en los bienes materiales acumulados (casas en el extranjero, en la playa, ranchos, yates, avionetas, coches y ropa principalmente) y en la forma de vida (viajes al extranjero, escuelas particulares, servidumbre, lugares de recreo a los que asisten etc.) que cada familia no sólo presenta, sino que también presume. Y respecto a esto último (presumir), es un comportamiento bastante común de las clases medias altas o de los llamados “nuevos ricos”. Un buen ejemplo nos lo menciona el narrador:
“– Conseguí dinero – alardeó, mostrando los billetes que traía en su cartera-“.
En tanto Juan Carlos se encuentra en una posición económica inferior, podemos ubicarlo en la clase media baja; difícilmente baja. Ya que la distribución geográfica en clases de la ciudad, hace muy difícil que dichas clases (alta con la baja) compartan los mismos ambientes (escuelas, parques, lugares de diversión), más que como patrones y subordinados. Llegando a ser casi imposible que surja una amistad entre ellos. Así, en el notable desequilibrio económico, aparece también la desigual relación que, no sólo llega a aceptarse por ambos lados, sino a verse como algo normal.
“Yo soy rico porque mis padres son ricos; porque trabajan mucho, porque son inteligentes por lo tanto buenos. Mejores y por encima de todas las demás clases sociales. Por eso tenemos mayores derechos que todos los demás. Nosotros somos los dueños de fábricas y negocios; detentamos el poder y en consecuencia, mandamos. Por lo tanto, los otros tienen la obligación de obedecer”. Eso es lo que la generalidad ha introyectado, lo “normal” y es asumido, no sólo por las clases altas, sino también por las otras. Es la misma mentalidad que existió en la época de la exclavitud cuando por nacimiento se era esclavo o dueño de los medios de producción.
La desigual relación que nos presenta Carlos Martin en este cuento la asocia a otros factores como: ser menor de edad, inseguro, desear pertenecer a un grupo, estar bajo los efectos del alcohol y la mota. Todo lo anterior hace que, quien detenta el poder sea capaz de cualquier cosa, hasta de violación. Que puede llegar a aceptarse e incluso a normalizarse.
El segundo aspecto de este cuento, el sociocultural, nos ubica en la trascendencia y el significado histórico del concepto de virginidad. Punto polémico, enfocado la mayoría de las veces hacia el lado femenino, pero que, independientemente del género, siempre ha tenido una construcción histórica que define de manera diferente lo que sexualmente es socialmente aceptado o no. Determina deseos, necesidades, fantasías y sobre todo, una identidad de género. Situación en la que el Estado y la iglesia han cumplido el papel más importante para delinear la forma en la que piensa y actúa el individuo.
Así en la ciudad de Mérida hasta mediados del siglo pasado, la virginidad en la mujer era considerada símbolo de pureza y una exigencia necesaria para llegar al matrimonio. Caso contrario para el género masculino, el cual, mientras más experiencia tuviera en el aspecto sexual con las mujeres, era mejor valorado. Por lo tanto, el varón después de los quince años de edad, el padre o en la ausencia de éste, el tío o padrino tenía la obligación del debut sexual del hijo o del ahijado, llevándolo con una mujer de la vida galante (sexoservidora), la cual dicho mentor escogía. Esta costumbre, que fue una responsabilidad del tutor, conforme fueron pasando los años, en términos generales fue perdiendo su importancia. No así el constructo social de “el ser hombre”, el cual era necesario y casi indispensable el dejar de ser virgen después de la edad antes mencionada.
Es en este sentido, en el cuento vemos a finales del siglo XX, asumir a Antonio el papel de tutor de Juan Carlos. Lo cual muestra, cómo una parte de la tradición familiar, se perdió. Y al mismo tiempo nos presenta cómo la situación económica y social de ambos, influye en su comportamiento, ocupando cada uno su rol de dominante y subordinado.
El tercer cuento: Sunrise.
Esta es la historia de un yucateco de la clase alta, divorciado, que va a Nueva York para encontrarse con una mujer que conoció en el Caribe mexicano. Un cuento muy bien ambientado y cuyo protagonista es caracterizado desde el título: Sunrise. Que puede entenderse como símbolo de admiración y anhelo (de ser como los anglosajones); alguien que considera “superior” a los que se expresan en el idioma inglés y que, al mismo tiempo de manera consciente o no, rechaza sus propias raíces por considerarlas inferiores. Por lo que hablan Spanglish o tratan de usar palabras en inglés lo más que puedan.
“Nos íbamos al rooftop bar …”, “Es Thanks-God-is-Friday.”, “… iniciamos una cyber relationship…”, “… shots de tequila.”.
Al seguir leyendo, vemos lo que piensa el protagonista al encontrar la estatua de Cristóbal Colón en el Central Park: “…con las manos extendidas como agradecido de haber llegado a América …. si no se hubiera empeñado en realizar su viaje, seguiríamos con taparrabos…. sin habernos integrado a la civilización. “.
No pudo caracterizar mejor el sentimiento generalizado de la llamada clase “alta” yucateca. Para quienes los indígenas representan lo atrasado, lo malo, lo incivilizado. Desconocen que Cristóbal Colón nunca pisó lo que hoy es el territorio de los Estados Unidos de América. Desconocen la expresión de los hombres de Cortés al ver por primera vez la ciudad de Tenochtitlan, sus grandes edificios, amplias calzadas, ciudades que flotaban sobre el lago, los acueductos, en general su hermosa arquitectura. Bernal Díaz del Castillo dijo que era algo “solo imaginado en el libro Amadís de Gaula”. Hernán Cortés en sus Cartas de Relación mencionó que el mercado de Tlatelolco era dos veces más grande que la plaza de Salamanca. Fue una incredulidad absoluta al ver las obras de ingeniería, la maravilla estética y la organización social que se tenía. Y todo lo anterior sin hablar del conocimiento astronómico, matemático y médico que se alcanzó en aquella época, cuando en Europa, los palacios no contaban con un sistema hidráulico, ni siquiera tenían baños para sus necesidades, las hacían en bacinicas y las tiraban en los jardines.
El protagonista de Sunrise, puede ser un empresario yucateco, hombre rico acostumbrado a viajar a los Estados Unidos como es normal en la mayoría de la clase alta de Mérida: “He visitado Nueva York varias veces en verano”. Todo sigue en el mismo tenor de presunción. Entrada al museo de Guggenheim, uno de los más exquisitos, para luego irse a tomar unos martinis (alrededor de 15 dlls. cada uno) a una de las azoteas de Manhattan.
El protagonista señala una generalidad que, en aquella época, era característica de las muchachas egresadas de las escuelas particulares de la “alta sociedad”: Ser “…moralina”. Aquí el autor se refiere a la persona que está llena de prejuicios morales, principalmente de tipo religioso. Después de estudiar seis años de primaria, tres de secundaria y tres de preparatoria en una escuela católica, con rezos al iniciar las clases (cuando menos), con monjas como maestras o directora del plantel. En algunas de esas escuelas, exclusivas para el sexo femenino, ellas, sin haberse sentado durante doce años en un salón de clases junto a un varón, su forma de pensar y comportamiento ante ellos, era algo muy particular.
Considerando lo anterior, la religión ocupó un aspecto determinante en la vida de dichas mujeres. En términos generales, la forma más común de sobrevivir, crecer y reproducirse en una sociedad antagónica, clasista y racista era: “la doble moral”. Ejemplificada en “… la habían visto con otro en un restaurante en una actitud comprometedora. Se echó a llorar y confesó todo.”
El machismo típico de la sociedad yucateca, heredado de siglos atrás, se retrata en las siguientes líneas. “… No me dí cuenta de que al despedirla dejaba ir un bello trofeo y perdía también comodidad.” El protagonista se refiere a su divorcio. Primero, él la despidió. Cómo si ella no hubiera hecho su parte para que eso sucediera. Segundo, el dato más importante es hablar de su ex-esposa como un objeto. Pero no un objeto cualquiera, sino como el premio que “merecían sus esfuerzos”.
Tercero, al decir “perdía también comodidad”. Muy probablemente se refiere al hecho de que los varones (no solo de la “clase alta” meridana) están acostumbrados a ser atendidos por el sexo femenino (principalmente por la madre) mejor que reyes. Al hombre se le sirve, se le atiende y obedece, sin cuestionarle nada. Esa es una tradición muy arraigada. La sociedad yucateca, fuertemente dividida en clases sociales y con un racismo de 484 años desde la fundación de la ciudad de Mérida en 1542, es difícil de erradicar. Con el primer trazo de las calles, se sectarizó a la población e inició el racismo. El centro de la ciudad se creó exclusivamente para residencias españolas. Los indios vivían afuera, en los barrios. Luego, en la llamada Guerra de Castas, se exacerbó el racismo y se estigmatizó al indígena como rebelde, terco, poco confiable, flojo; un ser inferior. Ya a finales de los siglos XIX e inicios del XX, en la época del “Oro verde”, se institucionaliza el racismo con la llamada “Casta Divina”. Toda la riqueza acumulada por los grandes hacendados se obtuvo bajo un sistema de semiesclavitud donde los indígenas mayas, inmigrantes chinos, coreanos, negros y yaquis, eran los peones. El color de piel, el lenguaje y el dinero se vuelven características que determinan la clase social de pertenencia. El nivel jerárquico más alto era el español con su lenguaje y fenotipo europeo; abajo estaban todos los demás.
Con el paso de los años, después de la Segunda Guerra Mundial y ya de manifiesto en la segunda parte del siglo XX, se produce una discreta y silenciosa invasión cultural anglosajona. La cual no elimina el racismo existente, sino que se suma a él. Se instaura, aparece lo que los sociólogos llaman racismo sistémico o de “guante blanco”; el cual ya no es una agresión directa, sino una exclusión o preferencia basada en el fenotipo (rasgos físicos), origen familiar, el apellido. Así, se introyecta y maneja de manera inconsciente (en algunos casos consciente), que todo lo que sea estadounidense o inglés es lo bueno. Y en ese sentido, el deseo de “ser como”, “pertenecer a”, “formar parte de” y el gusto y la admiración hacia la piel blanca, pelo amarillo, ojos claros, forma de vida y desde luego, el lenguaje inglés. En consecuencia, la visión heredada desde la llegada de los españoles en relación con lo propio, se reafirma como negativa. Actitud que fue bien representada en la canción del mexicano Gabino Palomares y hecha famosa por la argentina Amparo Ochoa: “Maldición de Malinche”.
La buena caracterización del protagonista racista, machista y clasista con ese aire de superioridad sobre los demás continúa:
“… que me importa lo que piense el amarillo.” “Decidido a ligarme a una extranjera para recibir el año 2000.” “ … soy yo quien llama al oriental ..”. “ … y estoy de vacaciones en Manhattan … en un sitio célebre en pleno corazón del Central Park.”
Sin embargo, la trama original de no haber encontrado a la mujer por la que viajó hasta Nueva York, Carlos Martín le añade ahora el subterfugio más importante, el “secreto vivo” (inconsciente aún para el mismo protagonista), el rasgo que corona la trama del cuento: la bisexualidad del protagonista. Así, entre suspiros y añoranzas por su ex esposa, termina magistralmente el cuento con el coqueteo del protagonista y el joven de la mesa de al lado.
El último cuento, llamado “Reconstrucción” se ubica más entre los parámetros de lo psicológico o de género.
El trama, es acerca de un caso (hombre), que en términos técnicos, epidemiológicos se le conoce como HSH. Esto es, heterosexual con una práctica distinta. La expresión coloquial para referirse a ellos es una persona que aún está “en el closet”. Hombres que llevan una doble vida, mantienen una familia aparentemente “normal”, con esposa e hijos, pero que a escondidas satisfacen sus deseos sexuales con otros hombres.
El protagonista de este cuento, a diferencia del anterior, que era heteroflexible, esto es que se reconoce mayoritariamente heterosexual, pero que se permitía encuentros sexuales con otros hombres de manera esporádica; en este caso, el protagonista se reconoce conscientemente (desde muy joven) con una atracción definida hacia personas de su mismo sexo, pero que por cuestiones sociales y culturales lo oculta.
Hasta antes de la segunda mitad del siglo XX, las familias yucatecas mantenían vivas las tradiciones. La escala de valores morales estaba fuertemente determinada por la religión católica. Ya en la segunda parte de dicho siglo, el mejoramiento de los medios de comunicación, principalmente terrestre y aéreo, así como las conexiones de radio, televisión, cine y al final del siglo el internet, fueron suavizando y transformando las costumbres. El cambio fue notable cuando las condiciones económicas del país ya no permitían que, el salario del padre fuera suficiente para mantener las condiciones mínimas de vida de la familia nuclear. Entonces, para la sobrevivencia de la familia, la mujer se ve forzada a salir a trabajar; siendo en ese momento cuando la estructura familiar empieza a transformarse. El padre deja de ser el único que aporta a la economía familiar, en consecuencia, su poder va disminuyendo; llegando a ser en algunos casos, la madre quién se convierte en el sostén más fuerte de la familia. La mujer, al ya no estar todo el tiempo en la casa y cuidar de los hijos como antes, produce que la educación tradicional se vaya relajando. Así, como estrategia de sobrevivencia, en la mayoría de las familias se recurre a los abuelos para el cuidado de los hijos, sin embargo, la educación no vuelve a ser la misma de antes.
La ciudad de Mérida, de ser un lugar con patrones y normas de conducta tradicionales, empieza a cambiar. Las luchas por los derechos de las mujeres y grupos minoritarios aparecen en las calles. Las mujeres dejan de asistir tanto a las iglesias, de utilizar mantillas, empiezan a usar pantalones en las calles sin ser criticadas, a salir a pasear solas o con sus amigas, en los noviazgos ya no se usan chaperones, entre otras cosas. Los divorcios empiezan a darse con mayor frecuencia y número sin ser mal vistos, hasta volverse algo casi normal. Pero la homosexualidad, principalmente entre el género masculino, aún no es aceptada. La transformación de esta visión, se da a un ritmo mucho más lento que en las otras costumbres y visiones de vida. Este proceso de transformación no fue de la noche a la mañana. Fue gradual y aumentando conforme los años dejaban atrás el siglo XX y avanzaban en el siglo XXI.
En este contexto de transformación, se desarrolla el cuento “Reconstrucción”. El protagonista, un hombre atormentado por la doble vida homosexual que lleva junto a su esposa e hijos. Que, al mismo tiempo que disfruta de su preferencia sexual, desea no tenerla y vivir de forma honesta y sin mentirle a nadie.
“¡Qué no diera por aceptar la vida con mi esposa y renunciar a los ligues fortuitos durante mis viajes de trabajo!”
Nos relata su historia desde pequeño, hijo de padres divorciados, de una familia meridana de clase media o alta. Siente que a ninguno de sus tutores le importa, exceptuando a un empleado de la oficina de su padre: Daniel. Hombre del cual la madre lo sobreprotege, por temor a que sea sexualmente abusado por él.
Su definición sexual no fue el problema, ya que la reconoce desde la adolescencia, cuando “me atraían más las piernas velludas y musculosas de los muchachos que por las tetas de las mujeres”.
El problema fue asumir su homosexualidad en una cultura tradicionalista, machista, donde el señalamiento social que existía ocasiona una baja autoestima, un sentimiento de culpa y vergüenza. Situación que trata de resolver en ese momento, tomando la decisión de entrar al seminario. Con la consecuente reacción de su padre tradicionalista y machista:
“No. De ninguna manera. ¿Cura, Daniel? ¡No me chingues! ¡Allí vas a terminar de emputecerte!
Decisión que, independientemente de la opinión del padre, se lleva a cabo. Aunque no fue lo esperado por el protagonista, le sirve para terminar de autodefinirse. No sin librarse de los pensamientos que le atormentaban, o mejor dicho, la tabla de valores establecida por la iglesia católica, entre lo bueno y lo malo, lo permitido y lo que no; aumentó su baja autoestima, inseguridades, angustias por no saber ¿quién y qué era?, ¿en qué se estaba transformando? Un enfermo, un ser anormal.
“… Al cabo me echó de bruces sobre el inodoro y acabó por penetrarme de golpe.”
“Aquello, debo decirlo, marcó mis inclinaciones. Aún no sabía quién era, ni en qué me estaba transformando cuando, de buenas a primeras, tuve mi primera experiencia.”
Con las experiencias anteriores, dejó el seminario, para después encontrar a la mujer que, en su momento, calificó como una señal divina, “una oportunidad de volverse una persona normal”: Alejandra. Mujer con la que se casó, pero que con el paso del tiempo descubrió que “No amo a mi mujer. Me casé sin estar convencido. Frente a la mirada inquisidora del
sacerdote lo único que pasaba por mi cabeza era si iba a poder cumplirle o no en la cama.”
Así, la “salvación” inicial que pensó tener al llegar Alejandra a su vida, el volverse una persona “normal” y quedar “curado” del homosexualismo, solo fue una ilusión pasajera. Ya que, no obstante, tuvo vida marital y varios hijos, utilizando como estrategia el ver pornografía por internet e imaginando “torsos recios y penes erectos” para estar con su esposa, con el paso de los años, confirma su rechazo a las mujeres y la inevitable atracción por las personas de su mismo sexo.
Atracción sexual que reconoce imposible evitar. Que padece cotidianamente, en especial en la época del internet, cuando la pornografía está al alcance de cualquiera, cuando los medios de comunicación hacen que las noticias corran por todo el planeta de manera casi instantánea.
El autor del cuento presenta la disyuntiva que el protagonista del cuento enfrenta al satisfacer sus deseos sexuales a escondidas, cada vez que sale de viaje; al entrar solo a un bar gay, al reconocer el riesgo que corre al “irse a acostar con un desconocido”. Presenta de manera cruda, el darse cuenta de lo que implica que un hombre maduro seduzca a un jovencito, o tal vez menor de edad. Al miedo de ser asesinado por alguno de sus amantes, o lo que tal vez sea peor: ser descubierto por su esposa e hijos.
Esta parte humana del homosexualismo, presentada como lo hace Carlos Martín Briceño, es otro de los aciertos que se le reconocen en su obra literaria. Y para terminar, quiero mencionar palabras de uno de los Faros de la Literatura en nuestro país.
“La literatura es una expresión de la realidad,
además de ser eso que se ha dicho muchas veces: una forma de conocimiento”.
Octavio Paz
Texto publicado en el portal de Lectámbulos el 9 de junio del 2026
Enlace: https://lectambulos.com/mas-de-los-secretos-vivos-de-carlos-martin-briceno/