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Secretos que caen por su propio peso [Sobre Los secretos vivos, de Carlos Martín Briceño] | Mario Lope

Carlos Martin Briceño le tiene tomada la medida al cuento. Su técnica minimalista -nada de excesos gramaticales ni retacería de párrafos- otorga al texto un ritmo y pulso que no dan tregua al lector, manteniéndolo impaciente por pasar las páginas una tras otra.

Es el caso de su nuevo libro de cuentos Los secretos vivos (2025), bajo el sello de Lectorum, cuyo título sugestivo no sólo engancha, sino que cumple con el propósito y contenido de los doce relatos que compendian este tomo.

Cabe decir que estos cuentos son de lectura fácil y quizá pueda confundir al lector exigente. O al crítico. Como sea, en un ecosistema literario, en cuyo centro predomina el lector, Carlos Martín Briceño entiende esta dinámica y se ajusta para sentar a los lectores de ayer y hoy en una misma mesa. Nada más difícil que eso: cohabitar su escritura con varias generaciones. El truco está en la simplicidad y pulcritud del relato, al tiempo que empuja al lector hacia un abismo profundo que subyace en el texto. Y la clave de todo esto se manifiesta en una coincidencia humana: su naturaleza.

Si hay algo que une a la raza humana -sin proponérselo- es su capacidad para escapar de los formatos moralistas y romper esa camisa de fuerza que se le ha impuesto por ciertos dogmas socioculturales que nutren el microcosmos familiar. Martín Briceño tiene ojo clínico para detectar esos comportamientos que se mantienen en segundo plano y se exteriorizan con menudas señas corporales: miradas, pulsos respiratorios, roces, vacilaciones, insinuaciones, silencios incómodos, tonos de voz.

El joven lector agradecerá la brevedad de los cuentos. Avezado a lo instantáneo, no podrá juzgar la escritura de Carlos Martín de fugaz ni desechable. La hondura con la que cala nuestras conductas cotidianas revela ese espejo narcisista y hedonista que identifica a hombres y mujeres de todas las épocas, aun con historias que se cuentan desde lo más recóndito del ser. Es ahí donde coincidimos: en nuestros secretos vivos.

El libro está compuesto por tres etapas: la primera se intitula “Lo que se ve no se juzga”, donde el autor pone en la mesa cuatro relatos: “Tardes de Atari”, “Érase una vez una primera vez”, “Sunrise” y “Reconstrucción”. Cuatro electrocardiogramas de la masculinidad y sus sendas clandestinas, tanto en la adolescencia como en la etapa adulta. Estos relatos describen el débil (o falso) status quo del mexicano viril y pone bajo la lupa sus ritos de paso y rituales de rebelión. Hombres descubriendo y aceptando su homosexualidad de espaldas al tradicionalismo radical que no deja extinguir el patriarcado en manos de -como habitualmente se les etiqueta- unos cuantos afeminados.

Si hay un común denominador es que ningún hombre de cuestionable masculinidad es afeminado. Por el contrario, hay un marco de rol de “hombre” en cada situación (reunión de videojuegos inocentes, irse de putas con bravucones, etc.) que hace pensar al lector en los “cuartos oscuros” -o secretos- que moran en la masculinidad.

La segunda etapa la compone “Hasta que la muerte nos separe”, cinco relatos conformados por “Lipoescultura”, “Hotel”, “Todo irá bien”, “Verde olivo” y “Apuntes sobre una traición”. En esta sección atestiguamos la vida en pareja con sus sostenidos y bemoles. La infidelidad llevada al límite con el histrionismo de la estabilidad emocional como fachada. Matrimonios que sobrellevan cargas y caprichos insoportables del otro que, en la búsqueda de la felicidad anhelada, son capaces de fingir caricias y orgasmos como moneda de cambio.

La tercera y última parte (la más corta) se titula “Lo que no se cuenta no existe”. En esta sección encontramos tres cuentos cortos, “El país de las aventuras”, “Colmado” y “Pequeñas esperanzas”.

De una forma muy sutil, algunos de los cuentos de Carlos Martín Briceño ponen en jaque a la llamada hombría. Esa utopía clásica de que los hombres deben ser fuertes, inquebrantables, insensibles, ajenos al dolor, se ve ridiculizada al retratar a sujetos cobardes y pusilánimes, que no pueden escapar de su falta de arrojo y aceptación frente al imaginario social que ha mutado su comportamiento de juez por el de hater. Es imposible negar que la sociedad cada vez odia mucho más de lo que, habitualmente, está acostumbrada a juzgar.

Toda la obra de Carlos Martín Briceño posee una fuerte carga de sexo y sensualidad. Líneas que no dejan nada a la imaginación. Desde sus cuentos anteriores hasta los que nos ocupa, el autor y sus creaturas pululan secreciones y deseos difíciles de soslayar. “Adoras la forma en la que te aprisiona el sexo cuando hacen el amor y la libertad que tiene para susurrarte obscenidades al oído en el instante del clímax”, describe en “Lipoescultura”.

Desde su libro anterior, El reino de la desesperanza (2024), el autor navega en las aguas turbias del hardcore sex cuando su cuento “Caballeriza” abre el tomo con la frase: “Me excita el olor a mierda fresca de caballo”. O en “Mala elección”, leemos: “Le subí el vestido, acaricié sus piernas, lamí su estómago e intenté ‘bajar a beber del pozo’, pero el tufo a marisco me desalentó”.

Por su parte, el ecosistema social de los personajes de Los secretos vivos es de clase media, media-alta. Hombres y mujeres exitosos económicamente que portan trajes Hugo Boss, acostumbrados a las viandas y viajes de placer a Nueva York, Miami, París, generalmente todos ellos oriundos de la Península de Yucatán, matrimonios que muestran el músculo de una sociedad cada vez más clasista y racista, que se contiene a regañadientes con la corrección política.

Digamos que los últimos dos libros de Carlos Martín Briceño retrata -en cierta medida- a las altas y “aspiracionistas” esferas sociales de la Mérida gentrificada, ciudad que ha sido blanco de una “invasión” del resto del país ante la oferta de seguridad y paz de las que goza (o gozaba) el yucateco.

Por último, en sus cuentos, el autor nos lleva de la mano a contemplar, a través de la alteridad, el lienzo de los llamados pecados capitales. Un derrotero de lujuria, envidia, ira, soberbia y avaricia colman las páginas de Los secretos vivos. Y es que el autor prescinde de eufemismos y evita el exceso de adjetivos para retratar la doble moral pues la nombra tal cual, sin ropaje ni abalorios, dejando un rastro de conductas que caen por su propio peso. Ni el lector escapará de sus propios secretos vivos.

 

Texto publicado el 17 de abril del 2026. en el suplemento cultural La Gualdra de la Jornada de Zacatecas

Enlace: https://ljz.mx/17/04/2026/secretos-que-caen-por-su-propio-peso-sobre-los-secretos-vivos-de-carlos-martin-briceno/

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