Leí en mi adolescencia El libro vacío de Josefina Vicens. Mi madre me lo recomendó un verano en que me declaré harto de las exóticas conjuras de Salgari y de las rebuscadas intrigas de Agatha Christie.
La novela, que narraba los anhelos de un contable cuya única esperanza de realizarse era escribiendo una gran obra que no parecía estar a su alcance, me deslumbró. Aquello que leía, ¿eran los apuntes de un novelista desesperado, una novela hecha de esbozos depurados o un truco de la autora para seducir a sus lectores? Nunca hallé respuesta, pero gracias a la lectura de El libro vacío entendí que un verdadero escritor no necesita de grandes estímulos para crear algo valioso, porque es precisamente esa dolorosa esperanza, la que alimenta su voluntad creativa.
Menciono lo anterior porque desde que empecé a leer La ausencia (Planeta, 2025), la novela más reciente de Mónica Lavín, sentí que el fantasma de Josefina Vicens rondaba a mi alrededor. Lavinia Melín, la exitosa escritora que protagoniza esta historia, al igual que José García en El libro vacío, siente el deseo vehemente de escribir, pero no puede hacerlo: bloquea sus capacidades y llega a sentirse culpable.
“Se preguntaba si haberse despojado de obligaciones y disponer de más tiempo para la escritura, lo que ella había llamado vida de sillón, en realidad la adormecía. Sus ahorros le producían una renta mensual, sus libros anteriores un extra para ciertos caprichos. Se había acabado la adrenalina para la batalla de sobrevivir: televisión, radio, clases, lo que fuera…”.
Paradójicamente, cuando Lavinia finalmente obtiene todas las condiciones para escribir con tranquilidad, no encuentra la historia. Entonces, de manera providencial, se le aparece el fantasma de Truman Capote, quien “con una sonrisa ladeada en su cara de niño crecido”, le da la posibilidad de viajar en el tiempo.
—Escoge el tiempo y el lugar —dice.
Y Lavinia elige: 1955 y los Estados Unidos. Ansiaba conocer a Carson McCullers, Katherine Anne Porter y Eudora Welty, tres de sus escritoras favoritas. Soñaba con preguntarles acerca de sus procesos creativos. El trío, además, había coincidido en 1941 en la misma casa victoriana, convertida en residencia artística, donde Lavinia tuvo alguna vez la oportunidad de gozar de una beca.
A partir de ese momento, jugando con una serie de caprichosos viajes en el tiempo, Mónica Lavín entrelaza la ficción con la vida y obra de estas mujeres icónicas del sur de Norteamérica y convierte a La ausencia en un deleitoso ejercicio de escritura que incluye historia, autobiografía, referencias librescas, reflexiones sobre la creación literaria y hasta una investigación detectivesca sobre la desaparición repentina de Beth, una narradora imaginaria.
“Venía yo de Últimos días de mis padres (Planeta 2023), una obra tan testimonial, tan personal, tan cargada de sinceridad… que necesitaba este peso del artificio, porque la novela es artificio, un juego entre ficción y realidad…”, confiesa Mónica en una entrevista relacionada con La ausencia.
Y vaya que logra su propósito, porque es gracias a la lectura de esta artificiosa obra, tan diferente a sus trabajos anteriores, que nos enteramos de pasajes memorables de la vida de estas autoras sureñas y de las luchas que tuvieron que librar para poder conseguir sus objetivos: desde mudarse a la fría Nueva York para acceder a las grandes revistas hasta combatir con estoicismo las diversas enfermedades que las aquejaron, pasando por las complicadas relaciones amorosas que les trajeron más males que bienes.
Algo que sobresale en esta novela son las detalladas y casi poéticas descripciones de ese Nueva York de mediados del siglo pasado que Mónica, a través de los ojos de Lavinia Melín, su alter ego, regala a sus lectores. Bares, teatros, museos, cafés, estaciones de trenes, lobbies de hoteles —algunos de ellos ya desaparecidos— desfilan por las páginas de La ausencia, transportándonos a esa época gloriosa de la Gran Manzana cuando las neoyorquinas solían usar sombreros pastilleros con redecilla al frente y guantes hasta el codo en señal de elegancia.
El Oyster bar del Hotel Plaza, el café del Hotel Knickerbocker, The Cedar Tavern en Greenwich Village, el bar del Hotel Algonquin, el Museo de Historia Natural, incluso los famosos Almacenes Macy’s de Herald Square, aparecen dibujados con delicadeza por la autora durante los encuentros que Lavinia sostiene con las sureñas.
“El Plaza. Cómo iba a ser otro lugar que no fuera el Oyster bar del Plaza. La barra para más señas, como si fuera la de Un árbol, una roca, una nube, pero de más postín y sin sirenas de fábricas de hilados. Divisé a Carson con ese flequillo corto y la cara redonda, ojos muy aguzados, traviesos y enigmáticos. Un andar dificultoso, pues ya había ocurrido su segundo ictus que le paralizó medio cuerpo, pero ella barría su impedimento con su sonrisa franca, casi afrenta”.
“Cuando los escritores mueren, se convierten en libros, lo que, después de todo, no es una reencarnación tan mala”, dijo alguna vez Jorge Luis Borges, maestro del cuento contemporáneo y al que seguimos aludiendo cuando hablamos de buena literatura.
La ausencia, además de constituir una osada y entretenida metanovela en la que somos testigos de la forma en que su propia autora la va construyendo, es también, como quería Borges, un aliciente para la resurrección de estas narradoras que rompieron los esquemas de su época y alcanzaron un lugar destacado en aquel universo de las letras dominado casi en su totalidad por el género masculino.
Al escribir sobre ellas, Mónica Lavín adopta, por fuerza, una perspectiva distinta de la realidad que nos recuerda la ausencia de límites en la literatura. Y se adentra —parafraseando a Lavinia Melín—, “en el territorio de palabras que hace más respirable el mundo para vivir en él o para morir con él”. Un mundo, subrayo, en el que sus lectores adoramos sumergirnos.
Texto publicado en el suplemento Laberinto del periódico Milenio el 10 de abril del 2026
Enlace: https://amp.milenio.com/cultura/laberinto/ausencia-monica-lavin-esperanza-creacion-literaria