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Colmado | Por Carlos Martín Briceño

Lo primero que hace al entrar al cuarto es desnudarse. Su ropa interior, húmeda, hiede. Mira su cuerpo ante el espejo de la cómoda y cae en la cuenta de que se está haciendo viejo. De poco le han servido las clases de judo que toma desde hace algunos años. Se asoma al balcón y pierde la mirada en el misterio del océano nocturno. Al fondo, alcanza a distinguir las luces titilantes de algunos barcos. A estas horas, el malecón está en penumbras, vacío de transeúntes. Solo una mulata altiva de largas piernas y tacones de aguja camina con parsimonia. No parece tener prisa por llegar a su destino. En esta zona, lo previno el taxista, además de la inseguridad, son frecuentes los cortes de energía. El hombre da media vuelta y se echa boca arriba en la cama. En el techo, un laberinto de telarañas remarca las esquinas. Pinche hotel, piensa, ¿por qué no confirmé mi reservación en el Plaza? “No te confíes, ese país se quedó atrapado en el tiempo.” Tenía razón su mujer. Y le sucedió precisamente a él: su habitación cancelada justo cuando necesita darse un buen baño, beber un par de güisquis, saborear un buen rib eye y reponerse de las horas que pasó incómodo en la clase turista del avión que lo trajo hasta esta isla.

Se estira en la cama. Le duele la cabeza. Está harto. Su celular recién le avisó lo tarde que es. Bosteza.

“Tiene suerte, alcanzó nuestro último cuarto. Ya ve la hora. La ciudad está repleta. ¿Viene al congreso?”

¿Suerte? ¿En serio? ¿No se le pudo haber ocurrido otra cosa a la recepcionista para recibirlo? Ni siquiera le contestó. Pidió las llaves para cortar de tajo cualquier intento de comunicación.

Las raquíticas luces del cuarto son deprimentes. Y este hotel de segunda con lobby “modernista”, espejos en las paredes y plantas artificiales nada tiene que ver con el Crown Plaza al que debió de haber llegado. Lo peor es el tufo a humedad que despide la alfombra. ¿Cómo se les ocurre una alfombra en un clima tropical? Mira de nuevo la pantalla de su celular: diez minutos y serán las doce. ¡Qué poco le queda para dormir! Y este dolor de cabeza que no lo abandona. ¿Migraña? ¿Estrés? Desde que lo liquidaron en la empresa hace un par de años, sin que importaran sus cinco lustros de antigüedad, ha vivido en tensión, arreglándoselas como puede, escribiendo artículos en revistas de segunda, trabajando como conferenciante “especializado” en el papel social de la iniciativa privada. Y solo ahora empieza a recibir “reconocimiento a su esfuerzo”, como dice su mujer. Mañana, en el primer Congreso de Empresas Caribeñas Socialmente Responsables, será uno de los expositores principales. La cita es a las ocho. Imposible perder más tiempo.

A punto de meterse al baño cree escuchar los afanes amorosos de sus vecinos. Aguza el oído. Quejidos y gritos se mezclan con el golpeteo de la cama contra la pared. Cierra los ojos e imagina todo como en una película pornográfica: el hombre acostado boca arriba, la mujer encima, el cuerpo que sube y baja, los pechos bamboleantes, los pezones endurecidos, las manos masculinas aferradas al talle. Siente despertar el deseo en sus ingles. Hace tiempo que no se excitaba tanto. Se acerca a la puerta que divide las habitaciones para escuchar mejor y se masturba.

Cuando termina tiene hambre. La bolsa de papas fritas que le ofrecieron en el avión es lo único que ha comido en las últimas diez horas. Tras ducharse, bajará al restaurante. Mientras se enjabona, la sensación de vacío en su estómago aumenta.

El comedor está cerrado. Bajo la luz amarillenta de una lámpara, un mulato trapea los pisos. El aroma floral del desinfectante se combina con el hedor del pescado que emana de la cocina, saturándole el olfato.

—Ya cerramos —se acerca a avisarle el jefe de meseros. Ni siquiera le permite poner pie en el salón.

Por su cabeza cruza la idea de exigir que lo atiendan, pero le arde el estómago y sabe que discutir solo le hará perder más tiempo.

—¿Dónde puedo comer algo?

—Hay una pizzería a tres cuadras de aquí.

Murmura un “gracias” forzado y se retira.

La pizzería también está cerrada. Es casi la una de la madrugada y en este barrio de calles estrechas y casas marchitas lo único que permanece abierto es un abarrote ruidoso de perico ripiao:

Ella parece policía: malona,

glotona, morbosa, perrona,

jartona, una comelona insaciable.

Con lo que le daba,

si se lo quitaba, gritaba.

Dame, dame, dámelo.

Toma, toma, tómalo.

Dame, dame, dámelo.

Tómalo, dámelo.

Colmado Marilú, anuncia el neón que vibra y centellea al frente del negocio. En la acera, en mangas de camisa, un grupo de muchachos bebe cerveza y juega dominó. Colmado, piensa el hombre. ¿Por qué los dominicanos llamarán así a las tiendas de abarrotes?

El olor a fritanga que le llega desde el interior lo guía. Saliva. Pasea la mirada por la habitación: botellas de Malta Morena, cervezas de varios tamaños, cocos en abundancia, baratijas, jugos, gorras de béisbol, ron, ron y más ron. Colmado. Colmado de pendejadas. Se acerca a husmear en la mesa que hace las veces de barra del lugar y centra su atención en los platillos exhibidos en bandejas de acero inoxidable: arroz amarillo decorado con flores de pimiento morrón, una docena de piezas de pollo frito con plátano verde, rodajas de yuca y camote blanco; brochetas tricolores de res, tomate y pimiento verde, y una ensalada rusa cuya visión lo remonta a tardes de fiestas infantiles.

Junto a la caja registradora, entre salamis que cuelgan del techo, leguminosas, empanadas, queso frito y carne asada, los berreos del cantante y el rumor beisbolero de la televisión encendida, una mulata regordeta de pelo alaciado y anchísimas caderas, lo observa con curiosidad. Su interés la delata: el visitante significa dólares.

—¿Viene a comer? ¿Quiere una cerveza?

Asiente. El hombre regresa sobre sus pasos y se dirige a una de las mesas. Simultáneamente la anfitriona aparece con vasos desechables y una botella de litro y medio de cerveza Presidente envuelta en papel de estraza.

—Tráigame un plato grande también, con todos esos guisos —demanda.

La otra —toda meneos, toda sonrisas— se retira contoneándose al ritmo de bachata que impone Anthony Santos:

Voy pa’llá, voy a buscar

la mujer que me domina.

La buscaré, la traeré,

aunque el mundo me lo impida.

Bendita sean todas las mujeres,

india, blanca y morena,

que con su voz y su color

hacen que yo me mueraaa.

La cerveza, que resulta ser una pilsner ligera, cae fría, aliviándolo. Es gratificante sentir cómo el líquido comienza a refrescarlo. Minutos después, previsora, tenaz, la mujer se presenta con otra Presidente y un plato rebosante de viandas.

El hombre se entrega a comer, pero en algún momento siente la fuerza de una mirada en la nuca. Voltea. Un tipo calvo y flaco que arrastra un carrito de supermercado lleno de envases de plástico usados lo observa. Lo mira con unos ojos rojizos, carnosos, surcados de minúsculas venas coloradas que contrastan violentamente con el color amoratado de su piel.

Incómodo, el otro toma unas piezas de pollo y las coloca en una servilleta de papel. Luego coge un vaso desechable, lo llena de cerveza hasta el tope y ofrece ambas cosas al observador. Cuando éste, sin disimular su avidez, se acerca a la mesa para tomarlas y empieza a devorarlas de pie, un penetrante olor a sudor agrio invade el olfato del hombre.

Mientras tanto, la mulata observa la escena desde el mostrador. Su expresión se torna seria. Parece no dar crédito a lo que ve. Entonces, deja su sitio junto a la caja registradora, palmotea y lanza un ¡Hey, hey, hey! seguido de un ¡Te advertí que no quería ver tu fea cara de culo haitiano por aquí! tan recio que el negro abandona con rapidez el colmado pero se lleva consigo las grasientas piezas de pollo.

Un instante después, el hombre saca su cartera, deja un billete de veinte dólares debajo del salero y sale sin despedirse. Ha comido demasiado. Lo único que desea es volver a su habitación. Necesita dormir unas cuantas horas antes de que amanezca. La puntualidad es crucial para causar buena impresión.

No son más que tres cuadras, pero el camino le parece mucho más largo. Levanta la mirada y alcanza a distinguir las luces de su hotel. El calor ha amainado. Por momentos, la brisa trae consigo desde el malecón un fuerte olor a sal. Con todo, suda más que antes, quizá por el esfuerzo que supone caminar con el estómago lleno. De vez en cuando regurgita y el líquido agridulce de la digestión baña su esófago. Mientras avanza por estas aceras descuidadas, infestadas de hierbajos, parece escuchar la voz de su esposa advirtiéndole: “¿Por qué allí? Ese país se quedó atrapado en el tiempo”.

¿Y él? ¿Y ella? ¿No habían sucumbido también al tedio de la vida como esta ciudad de negros al paso de los años?

De súbito, un rumor de pasos precipitados lo obliga a desterrar sus reflexiones. Voltea. Nadie. ¿Lo habrá imaginado? El temor alerta sus sentidos, casi puede escuchar la forma en que su corazón bombea una fuerte carga de adrenalina a sus venas. Entonces un hedor ácido lo envuelve todo y recibe el golpe en la cabeza, un golpe seco cuya reverberación se expande con rapidez, aturdiéndolo, sacudiendo cada milímetro de su cuerpo. Tiene que recargarse en una pared para no caer. Es extraño, pero no siente dolor, se le han entumecido las piernas. Y el ataque, lejos de amedrentarlo, lo ha llenado de furia, de coraje. ¿Cómo es posible? Necesita sacarse de encima esta rabia naciente y el hedor nauseabundo del haitiano que, minutos antes, lo mirara suplicante en el colmado y que ahora levanta el madero con el que acaba de pegarle para volver a hacerlo.

Quedará en el intento porque, lo que es él, arremete violentamente con su cabeza contra el vientre desprotegido del negro, quien se va de espaldas, estrellando su liso cráneo contra el asfalto, que se tiñe de rojo.

Todo ha ocurrido en segundos. Con su atacante tendido en la calle, el hombre se agacha para recuperarse; comienza a temblar, siente náuseas y le arde la cabeza: arquea el cuerpo y anticipa el espasmo del vómito, aunque lo único que brota de su estómago es un escaso líquido, viscoso, que inunda su boca con las agruras de la cena.

(Relato incluido en el libro de cuentos Los secretos vivos (Lectorum 2025) que ya circula en librerías).

 

Texto publicado en la revista digital Literal Magazine el 26 de febrero del 2026

Enlace: COLMADO – Literal Magazine

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