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Monterroso caminaba con un vaso de horchata en la mano por los corredores del exCuartel de Dragones de la ciudad de Mérida; fue la única vez que lo vi. Mientras la gente se arremolinaba cerca de las mesas pobladas de tacos de cochinita, Augusto había decidido dar un paseo por los antiguos pasillos de aquel edificio construido en el siglo XVII. Parecía estar buscando tema para un nuevo relato.

Había oído decir que Monterroso era un tipo taciturno. Tuve la oportunidad de constatarlo al leer su novela Los buscadores de oro (1993), cada capítulo escrito con pulcritud y detalle, pero sobre todo con mucho humor, como todo lo que solía narrar el autor de “El dinosaurio”, el cuento breve más conocido de la literatura hispana del siglo XX.

Él me pareció pequeño, igual que los pasos que daba –cortos, lentos, silentes– en tanto escrutaba el entorno con aguzada curiosidad. Era una calurosa tarde de septiembre, corría 1995 y el maestro había venido como ponente principal a un encuentro de narradores organizado por el Centro Yucateco de Escritores. Inconfeso escritor, aunque lector asiduo, por entonces solía acudir a cualquier evento donde se presentara algún autor reconocido. De última hora me enteré de que Monterroso iba a estar en la ciudad y me dirigí de inmediato al evento. Coincidía con García Márquez cuando sentenciaba que los libros de Monterroso “había que leerlos manos arriba pues su peligrosidad se funda en la sabiduría solapada y la belleza mortífera de la falta de seriedad”.

Me acerqué a saludarlo y luego de haber cruzado unas cuantas frases de cortesía para romper el hielo, apareció ante nosotros Bárbara Jacobs, su mujer, quien lo abrazó con sus largos y finos brazos.

–Augusto, la gente pregunta por ti –dijo, sin hacer caso de mi presencia.

Él se dejó llevar y yo me quedé con las ganas de charlar, aunque sea por unos instantes, con uno de los cuentistas más irónicos del siglo xx.

Hondureño de nacimiento (1921) pero nacionalizado guatemalteco, Monterroso vivió la mayor parte de su vida en Ciudad de México, donde falleció a principios de 2003. Su formación fue autodidacta. Participó en la llamada Generación del 40, artistas que buscaban un cambio sociopolítico para su nación. Se unió a la lucha que derrotó al dictador Ubico y posteriormente tuvo que salir al exilio acogido por la generosidad de nuestro país. Fue autor de varios cuentarios que le valieron el aplauso unánime de la crítica. Recibió, entre otros premios, el Xavier Villaurrutia (México, 1975), el fil de Literatura en Lenguas Romances (México, 1996) y el Príncipe de Asturias de las Letras (España, 2000).

Quizás su obra completa no sobrepase quinientas cuartillas, pero es precisamente la brevedad, la paradoja, la variedad de temas y el fino humor, apoyados en una enorme capacidad de observación, donde se funda la trascendencia de su estilo.

“Dominé la escritura breve tachando. La concisión es algo elegante; no se trata de suprimir palabras, sino dejar las indispensables para que la cosa, además de tener sentido, suene bien.” (Revista Crónica, abril 1990.)

Como a muchos de los artistas de su tiempo, el tema político fue inherente a su obra. Cuando un periodista le preguntó si al vivir en el exilio se mantenía al margen de la realidad social al escribir, contestó enfadado: “A los dieciocho descubrí la vida fuera, los billares, las cantinas. La reflexión y el trabajo con los jóvenes me llevó a tener conciencia clara de la situación política. Tener esa conciencia no significa que la esté pronunciando constantemente en mis textos.”

Aunque nunca dejó de participar en la vida cultural de México, cultivaba una forma discreta de andar por el mundo. Irónicamente, en los últimos años de su vida, su literatura se relacionó con la situación política de México al tomarse su obra como tema de bromas a propósito de la ignorancia de la pareja presidencial de aquellos años. Así, en una entrevista ficticia, Martha Sahagún decía: “A Vicente y a mí nos encanta Monterroso, todavía no acabamos de leer El dinosaurio.”

Al enterarme de su fallecimiento, imaginé que el maestro recibió la llamada del Destino en su lecho, con un aplomo y una ironía que debieron haber sorprendido a la misma muerte. “Al principio, cuando era joven –comentó Augusto en una entrevista –creía que uno tenía que inventar todo, que todo tenía que proceder de la imaginación. Me costó mucho comprender que era al contrario, que en la realidad es donde están las posibilidades de escribir.” Si, como Faulkner decía, “el fin del escritor es reducir la esencia de la vida a una frase”, la sinceridad literaria de Monterroso sería otro de sus legados para los narradores de ahora: la vida diaria, bajo su aparente simplicidad, revela una inagotable capacidad de fabulación.

 

Texto publicado en La Jornada Semanal, suplemento cultural del periódico de mismo nombre, el 30 de enero de 2022