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Me acerqué a Tres cruces, la novela más reciente de Alejandro Paniagua Anguiano, con cierta desconfianza: hay demasiadas narcohistorias sobre la mesa de novedades de las librerías mexicanas.

Sin embargo, conociendo la trayectoria del autor y su pasión por la poesía, imaginé que este trabajo debería de tener, por lo menos, elementos literarios suficientes para sobresalir de entre otros de su misma especie.

Mis suposiciones no estaban erradas. Tres cruces, no obstante ser una historia violenta donde el narcotráfico juega un papel protagónico, gracias a sus imágenes poéticas y a su depurado lenguaje, se erige ante los ojos de sus lectores como una metáfora contemporánea capaz de embellecer las peores brutalidades.

“No quiero reproducir ni exaltar la catástrofe humana, pretendo convertirla en una obra estética. Quiero que nuestros horrores provoquen un goce literario”, dice el autor en una entrevista. Y ciertamente lo consigue, pues desde que uno inicia la lectura y se enfrenta con las voces de la niña Lúa, su abuela Estela y el sicario Ponzoña, se percata de que su terrible sinceridad está revestida de símbolos, de sueños, de parábolas, es decir, de literatura.

Narrada en sesenta y tres capítulos breves (algunos de apenas media cuartilla), esta novela cuenta la historia de una niña huérfana que, en algún poblado de la República Mexicana, crece bajo el cuidado de su abuela alcohólica. Sus vidas, ya de por sí difíciles, toman un camino aún peor cuando la abuela recibe la visita de unos hombres armados, quienes le hacen una jugosa oferta para alquilarle una bodega que le pertenece, ubicada exactamente al lado de su casa.

“De nada va a servir decirles que no”, contesta resignada la mujer, cuando cae en la cuenta de que no tiene más remedio que rentar su propiedad.

“Pues no, señora, aquí no manda usted, no siquiera mando yo. Mandan tipos que se encabronan y desconocen a cualquiera. Pero en lo del dinero, en eso sí que son muy puntuales, no se apure”, se apresta a responder el Ponzoña, cabecilla de la banda, para terminar de cerrar el trato con la vieja.

Inspirada en hechos reales, según cuenta el autor, esta historia le fue “obsequiada” por una mujer que, durante un taller literario, entre espasmos y temblores, le confesó que en su infancia solía jugar en una fosa clandestina, conviviendo con los muertos.

Así, la fábula de la niña Lúa, su abuela Estela y el sicario Ponzoña, personajes enlazados entre sí por la desgracia, además de constituir un relato descarnado de un país signado por la violencia, sirve de marco perfecto para describir los recovecos de una sociedad que no termina de liberarse del fantasma del patriarcado y la enfermiza idealización de la familia.

A diferencia de otras novelas del mismo género que se regodean en la descripción larga y sucinta de los hechos, el autor, con una inteligente economía del lenguaje, ha preferido dibujar pasajes cortos que a la larga funcionan mejor, merced a su contundencia:

“Cuando Estela entra a la abarrotería, el tendero le exige que salga del lugar. La saca entre ofensas y gritos. El tendero veja a la mujer a pesar de que él lleva en la bolsa del pantalón una memoria usb que contiene videos en los que hombres enmascarados abusan de niños con síndrome de Down.”

La pericia narrativa de Paniagua, que ya había quedado constatada en su novela Los demonios de la sangre (Paraíso Perdido, 2017) alcanza un mayor nivel de madurez en este libro publicado pulcramente por Textofilia en su colección Lumía. Vale la pena mencionar que el acertado uso de la segunda persona en los capítulos dedicados a Lúa, le confieren mayor verosimilitud y agilidad al texto.

Tres cruces es, sin duda, una radiografía de la violencia cotidiana que nos obliga a repensar nuestro destino como nación y a preguntarnos por qué ninguno de nuestros tres últimos presidentes, no obstante provenir de partidos diferentes, ha sido capaz de contener el rápido avance del crimen organizado en México.

 

Texto publicado en La Jornada Semanal, suplemento del periódico La Jornada, el 9 de enero de 2022