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El cuento será, si se quiere, un subgénero, del cual apenas tratan los críticos; pero no todos los grandes novelistas son capaces de formar con maestría un cuento.

Emilia Pardo Bazán

 

Un cuento, ya se sabe, es una narración breve cuya trama es protagonizada por un grupo reducido de personajes, una intriga poco desarrollada con un clímax y desenlace rápidos. Una nouvelle es un relato de menor extensión que una novela y con menos desarrollo en la trama y los personajes, aunque sin la economía de recursos literarios propia del cuento. No obstante, la frontera entre ambos no está bien definida. Sobre todo porque algunos editores, acostumbrados a desdeñar al cuento por su “falta de demanda entre el público lector”, en muchas ocasiones prefieren calificar como novelas a algunos relatos largos.

Crónica de una muerte anunciada, por ejemplo, un libro de apenas cien páginas, impreso originalmente en letra grande, y de la que el mismo García Márquez aseguró que era su mejor obra porque “logró hacer con ella exactamente lo que quería y porque tuvo control absoluto de los personajes”, siempre he considerado que es un cuento largo que las editoriales Bruguera (España), Diana (México), La Oveja Negra (Colombia) y Sudamericana (Argentina) decidieron lanzar en 1981 como novela para no perder la oportunidad de ofrecer a sus clientes una novedad más del autor –y del género– en boga. Su extraordinario y seductor inicio que atrapa al lector sin permitirle soltar la historia hasta que la finaliza, lo confirma:

“El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.”

Crónica de una muerte anunciada no es el único caso donde una editorial decide renombrar el género literario de un texto en aras de aumentar sus ventas. Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, esa breve y fascinante historia del amor imposible entre Mariana y Carlitos que ha inspirado un cómic, una canción, una película y hasta una obra de teatro, y gracias a  la cual -me atrevo a decir-, las nuevas generaciones  leen al capitalino con tanta enjundia, apareció por primera vez como cuento en el suplemento cultural Sábado, del periódico Unomásuno, el siete de junio de 1980, cuando dicho suplemento estaba bajo la dirección de Fernando Benítez. En la portada del mismo puede leerse lo siguiente:

Mínimo homenaje a José Emilio Pacheco. Quisimos honrarlo y él honra a Sábado con su primer cuento escrito en los últimos años, Las batallas en el desierto. En las ilustraciones, Rojo juega con ventanas, trompos y rehiletes.

Un año más tarde, Ediciones Era, sin tomar en cuenta el punto de vista original del poeta, lo publicaría sorpresivamente como novela, en letra grande, en una edición de menos de setenta páginas.

Otro caso que vale la pena analizar dentro de la literatura mexicana es el de El Apando, obra de menos de cincuenta páginas, escrita por José Revueltas mientras purgaba su castigo como preso político del gobierno de Díaz Ordaz en Lecumberri, la cárcel porfirista conocida como el Palacio negro y que hoy está transformada en el Archivo General de la Nación. Este texto, que Revueltas concibió sin utilizar ni un solo punto y aparte, cumple a rajatabla con todas las reglas canónicas del cuento moderno: pocos personajes, ambiente cerrado  (¿puede haber algo más claustrofóbico que la cárcel?), tensión constante, economía de medios, un evento catastrófico en el cual se funda el conflicto, desenlace inesperado y, cómo no, un arranque extraordinario que seduce al lector desde el inicio:

“Estaban presos ahí los monos, nada menos que ellos, mona y mono; bien, mono y mono, los dos, en su jaula, todavía sin desesperación, sin desesperase del todo, con sus pasos de extremo a extremo, detenidos pero en movimiento, atrapados por la escala zoológica como si alguien, los demás, la humanidad, impiadosamente ya no quisiera ocuparse de su asunto, de ese asunto de ser monos, del que por otra parte, ellos tampoco querían enterarse, presos en cualquier sentido que se los mirara, enjaulados dentro del cajón de altas rejas de dos pisos, dentro del traje azul de paño y la escarapela brillante encima de la cabeza…”

¿Fue Ediciones Era quien decidió dar a conocer al mundo El apando como novela o habrá sido el mismo José Revueltas quien lo sugirió?

Como haya sido, la leyenda de la contraportada de las recientes ediciones en la misma casa editorial parece confirmar que no es descabellada la idea de que la más trascendental novela de Revueltas se trata en realidad de un cuento largo:

“El apando reafirma a un escritor capaz de dar el máximo de intensidad en el mínimo de extensión y de imprimir en nuestra memoria un núcleo de personajes desgarradamente vivos”.

Ahora bien, no es esta una situación que suceda solamente con la literatura en español. El famosísimo Desayuno en Tiffanys, de Truman Capote, cuento largo publicado originalmente por Random House en 1958 en un librito de sesenta hojas, con el paso del tiempo terminó por convertirse en novela. Anagrama, una de las editoriales que posee los derechos de Capote en español, la ofrece ahora a sus lectores en ¡ciento cuarenta y ocho páginas!

¿Acaso la editorial teme que el mundo diverso y complejo que Capote recreó en su relato pierda seguidores si no se anuncia como novela? Si Desayuno en Tiffany’s no fuera lo breve que es, probablemente el lector no pudiera establecer una identificación perdurable con la seductora Holly Golightly.

El extranjero, El túnel, La muerte en Venecia, El viejo y el mar, El coronel no tiene quien le escriba, La metamorfosis…, sólo por mencionar algunos más, son, bajo mi punto de vista, cuentos largos que se han promocionado como novelas por decisión de sus editores.

Lo anterior, inevitablemente, me lleva a retomar la eterna discusión que se refiere a la trascendencia entre la novela y el cuento.

¿Cuál de los dos géneros es más importante?

¿Debe el cuentista decantarse finalmente por la novela con la intención de llegar a más públicos?

¿Vale la pena alargar un texto para cumplir el capricho de los libreros?

¿Es verdad, como dijo Gracián, que “lo bueno si breve, dos veces bueno” o es nada más un pretexto para autores holgazanes faltos de capacidad para extender sus obsesiones literarias?

Escribir cuentos, solía comentar Rafael Ramírez Heredia, “equivale a manejar con destreza una diligencia tirada por varios caballos”. Si uno no quiere terminar con todos sus huesos en la tierra y pretende llegar sano y salvo a su destino, tiene que aprender a llevar las riendas con maestría y seguridad, jalarlas con fuerza cuando sea necesario, soltarlas de a poco en carrera libre. En cambio, en la novela uno puede hacer y deshacer a su antojo. Incluso es posible, siempre y cuando se avance por el mismo rumbo y no se pierda de vista la meta, dejar a los caballos correr a su libre albedrío.

Vargas Llosa, que ha hecho de la novela su principal campo de acción, apunta que no obstante esa libertad aparente, cuando uno escribe una novela, “tiene el deber de crear perfectamente la ilusión de la realidad y mantener vivas las ganas de seguir adelante”. Javier Marías, por su parte, en su discurso de aceptación del premio Rómulo Gallegos por su espléndido libro Mañana en la batalla piensa en mí, afirmó que “una novela no sólo cuenta, sino que nos permite asistir a una historia o a unos acontecimientos o a un pensamiento, y al asistir comprendemos”.

El cuento, debido a su brevedad y contundencia, siempre me ha parecido que es la manera más gozosa de acercar a la gente a la literatura. Y aun cuando las editoriales lo desdeñen disfrazándolo a veces de novela, estoy seguro de que gracias a su vigor y fuerza seguirá seduciendo a los lectores por el resto de los siglos.

 

Texto publicado en la revista Carátula el 6 de diciembre del 2021