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Lector ecléctico como muchos profesionistas de su generación, mi suegro dejó al morir una biblioteca donde cabían desde las banalidades de Harold Robbins e Irving Wallace, pasando por una valiosa colección de Obras Maestras de la Literatura Universal editada en Barcelona en 1968, hasta terminar con los trabajos completos de Isaac Asimov, su escritor favorito. Entre aquel centenar de volúmenes, llamó mi atención uno de cocina, Las senadoras suelen guisar, editado en 1964 por el Senado de la República Mexicana que, de lanzarse hoy en día, resultaría sin duda polémico.

Carmen Toscano de Romero, esposa del presidente del Senado en esos años, advierte: “Como eco de la actividad de los esposos, senadores del sexenio 1958-1964, las senadoras se reunían con frecuencia para charlar, y entonces solían guisar…, de allí surgió la idea de este libro”.

Doña Carmen afirma en la introducción que “aprovechando que solían juntarse para cocinarles algo a los sufridos esposos que se la pasaban aprobando leyes en agotadoras sesiones, valía la pena organizar un compendio de recetas que diera cuenta de sus sacrificios”.

El prólogo, escrito nada más y nada menos que por el gran Salvador Novo, además de ser una magistral lección de historia sobre la gastronomía prehispánica, confirma sarcásticamente la sumisión de las senadoras: “¿Dónde mejor que en el Senado pueden los hilos firmes de los representantes del pueblo urdir la tela de la Patria? ¿Dar, aprobar, expedir, reglas y leyes de general aplicación y beneficio? Tarea seis años absorbente, que dejaba a las senadoras huérfanas de sus atareados maridos, en espera de su apetito, y con la esperanza de satisfacerlo; para lo cual, guisaban”.

Cuento lo anterior porque al mismo tiempo que descubrí este compendio, encontré entre las novedades de las librerías de mi ciudad, una antología –Insólitas. Narradoras de lo fantástico en Latinoamérica y España– que reúne a casi una treintena de autoras de doce países hispanohablantes, de diferentes generaciones, con la representación de sus mejores relatos.

Editado el año pasado por Páginas de Espuma, emblemática casa española especializada en cuento y ensayo, este compendio, apuntan las antólogas Teresa López-Pellisa y Ricard Ruiz Garzón en el prólogo (el uso inclusivo del plural femenino es de ellas mismas), nació con el objetivo de reivindicar el trabajo de las mujeres que se dedican a escribir narrativa no realista en España y Latinoamérica.

Bajo esta premisa reunieron 28 historias, de incuestionable calidad literaria, de autoras vivas que cultivan el género fantástico con asiduidad y tienen al menos un libro de cuentos publicado o relatos escogidos en antologías relevantes.

La literatura de ciencia ficción de Colombia, México, Argentina, Ecuador, Chile, Bolivia, Costa Rica, Cuba, El Salvador, Perú, Uruguay y España está dignamente representada en este libro. No exagero al afirmar que cuesta trabajo elegir los mejores relatos, pues para beneplácito del lector –cosa insólita en una antología– no hay cuento malo.

¿Qué pero podríamos ponerle a “La casa de Adela”, la terrorífica historia de Mariana Enriquez sobre una mansión embrujada? ¿Cómo quitarnos de la cabeza la escalofriante distopía relacionada con las redes sociales que plantea Laura Gallego en “WeKids”? ¿Y qué decir de Cristina Fernández Cubas que con “Mi hermana Elba” brinda un relato cruel que transcurre en un internado religioso para señoritas?

Ana María Shua, Solange Rodríguez Pappe y Pilar Pedraza, por su parte, acuden a la ironía para manifestar su gusto por lo extraño. La primera con “Vida de perros”, una parodia acerca de un lobisón argentino que acude al psicoanalista; la segunda con “Pequeñas mujercitas”, cuento de hembras liliputienses que buscan su lugar en el mundo y la última con “Balneario”, donde Pilar da voz a los cadáveres de una sala de disección.

“Nada que declarar” de Anabel Enríquez, alegoría espacial sobre la inmigración, deja al lector boquiabierto. Lo mismo sucede con “Loca” de Elia Barceló, quien cuela en su fábula una crítica en contra de la violencia machista, sazonada con saltos en el tiempo.

Cecilia Eudave, con su particular forma de abordar la irrealidad, nos convence en “Sin reclamo” que el mundo, de un momento a otro, depara sorpresas. Algo parecido plantea Raquel Castro en “¿A qué tienes miedo?”, entrañable historia sobre muerte y amistad con un desenlace inesperado.

No podía faltar Amparo Dávila, quien aporta aquí “El huésped”, el más emblemático de sus relatos.

Pero volviendo al inicio, así como me parece insólito que en su momento las senadoras apoyaran con naturalidad su papel de “eco” en las acciones de los maridos, celebro que 56 años después se editen antologías como ésta donde se reconoce el trabajo de mujeres que por alguna razón han permanecido silenciadas. Insólitas es pues un libro único que, además de saldar una deuda necesaria, invita a seguirle la pista a las autoras que más nos hayan atraído.

Texto publicado en el periódico La Jornada de Zacatecas el 30 de noviembre de 2020