-En La muerte del ruiseñor narraste el fallecimiento de tu padre antes de que él muriera en la realidad, ¿era necesario?

-Para esa novela, sí. Mi papá estaba muy enfermo mientras yo la escribía. Durante un año había estado mal; los médicos decían que no iba a recuperarse. Sentí entonces que para que la novela creciera era importante plantear un paralelismo entre él y la muerte de “Guty” Cárdenas, de quien supe por mi papá, precisamente. Así que un día fui a verlo y le expliqué: “Papá, te pido permiso para poder matarte en la novela”.

-¿Qué te dijo?

-Adelante, hijo. Nunca lo tomó a mal. Al contrario, cuando se restableció, porque finalmente pudo recuperarse y vivir un año más, él mismo empezó a promoverla con sus amigos. Mi papá era un hombre muy simpático, muy bohemio y ahora, cuando he releído la novela, termino viéndola como un homenaje a su persona.

-Duro ¿eh?

-Lo que pasa es que mi papá nos acercó a mi hermano y a mí al mundo de la música yucateca desde chavitos. Gracias a él conocí a “Guty” Cárdenas. A mi hermano Enrique y a mí nos volvió unos jóvenes viejos porque esa música era de sus tiempos. Pero así nos educó. De hecho, mi hermano se hizo musicólogo.

Narrador por vocación, Carlos Martín Briceño (1966) es uno de los escritores más exitosos del sureste en los últimos veinte años. En 2012 obtuvo el Premio Internacional de Cuentos “Max Aub”, en España, por Montezuma´s Revenge. Además de otros galardones nacionales, su producción ha sido constante desde que a los 36 años comenzó a publicar. Caída libre, Los mártires del freeway y otras historias, Al final de la vigilia, De la vasta piel, Toda felicidad nos cuesta muertos, Viaje al centro de las letras, en ensayo, y la novela La muerte del ruiseñor, entre otros títulos y antologías, constituyen el cuerpo de su obra.

-Sin embargo, parece que Montezuma´s Revenge se convirtió en un punto de inflexión en tu trayectoria.

-Claro. Mucha gente se fijó en mi trabajo a raíz del premio que recibió ese cuento. Es una historia que parte de la realidad. A mí me da mucha dificultad trabajar cosas totalmente ficcionales. Yo admiro a los escritores que crean todo desde su imaginación. Normalmente, yo parto de la realidad. Este cuento es así. Fue una relación que tuve con una extranjera.

Yo acababa de cumplir 31 años, estaba recién divorciado y empecé a andar con ella… Una relación tormentosa; esta mujer se aprovechaba de mí y yo de ella. Luego quedé con mucho rencor. Entonces escribí el cuento para decirle en la literatura todas las cosas que no pude decirle en la vida. Ese cuento cierra con una sorpresa, pues ahí aparece una española que también conocí. Ni siquiera cambié sus nombres, porque siento que un cuento tiene mayor credibilidad y se vuelve más seductor para los lectores en la medida en que tiene sus bases en la realidad. Esas historias enganchan más a la gente.

“Mis personajes siempre están insatisfechos”

Como en una canción de la banda irlandesa U2, los personajes más significativos de Carlos Martín Briceño parecen no encontrar lo que desde hace tanto tiempo están buscando, sobre todo en la soledad de sus relaciones y en la angustia por ser quienes no querían ser. Así comienzan a vivir y también, a partir de ese arranque, un rasgo común los hermana: para ellos no hay salvación, no hay un atisbo de asidero, no hay siquiera una tentativa de aproximación a tierra firme. Solo una promesa de vacío. Hagan lo que hagan.

El camino que recorren no tiene destino final. Está lleno de sospechas, de arenas movedizas. Todo se reduce a un simulacro hasta que comprenden que el verdadero viaje, el periplo a realizar, sucede hacia adentro, hacia el subconsciente. ¿Qué yace ahí? Algo aterrador: distintas presentaciones de la crueldad, la sombra del egoísmo y la luz mortecina de la indiferencia ante el prójimo.

“Sí. Mis personajes siempre están insatisfechos, son solitarios, negativos, egoístas, pero no se rinden porque de cualquier manera aman la vida. Mis temas son la vejez, la infidelidad, la ambivalencia sexual… Vaya, todas aquellas cosas que pasan por la cabeza de la gente y que nadie se atreve a decir”, explica Martín Briceño.

He aquí un párrafo de muestra:
“Mientras bebo una cerveza y observo de lejos a mi hijo y a Gloria bañándose en el mar, imagino que en algún lugar de esta isla, formando parte de los cimientos de un nuevo hotel ecológico, reposan los restos de Charles, y que más allá, cruzando el océano, en una tumba cercana a Holy Trinity Church, se desmoronan lentamente los huesos de Paige. Pero ya nada de esto es importante”.

Se trata de un final con cara de principio.

Los textos de Martín Briceño dan la impresión de que habrán de continuar. Se agotan las páginas, pero en simultáneo se nutre la imaginación lectora.
El colombiano Alberto Salcedo Ramos dijo que el oficio escritural consiste en trabajar mucho para que no se note lo mucho que el autor trabaja. Martín Briceño pertenece a esa escuela, cuyo objetivo se cifra en dejar que la idea del escritor fluya sin filtros y pase directamente de la hoja a la sensibilidad de un receptor, “para atraparlo, para que no suelte el texto”.

-Todo un reto.

-Es que el escritor tiene que ser valiente, sin pensar en aquello que va a traer consigo el cuento. A veces llegan personas a mis talleres con dudas sobre lo que han escrito, tienen temor en cuanto a si su texto afectará o no a quienes les rodean; no saben si deben o no publicarlo. Entonces yo les digo que mejor no escriban. Es ridículo quien dice que escribe para sí mismo.

-¿Cuento o novela, dónde te sientes más cómodo?

-Yo prefiero el cuento. Ese es el género literario que más me gusta a pesar de que es más complicado. Yo me siento mejor porque conozco sus técnicas; además, como bien decía Juan José Arreola, el cuento te libera más rápido, porque a mí escribir me tensa mucho, lo disfruto sí, pero también me estresa, pues pienso constantemente en ese texto. Lo escribo y reescribo, luego cambio de narrador: voy de la primera a la tercera persona y regreso a ver cómo ha madurado. Yo tardo un mes más o menos en hacer un cuento. No lo hago fácilmente. Admiro a quienes pueden lograrlo en tres horas. Para mí, el cuento necesita su tiempo… Aunque es más exigente, lo prefiero. Claro, eso no significa que más adelante no pueda yo volver a la novela.

-¿Si con un cuento te tomas ese tiempo, cuánto te llevó La muerte del ruiseñor?

-Cinco años, aunque hice varios cuentos mientras la escribía… La idea surgió a partir de una invitación que me hizo el escritor Marcial Fernández, a su vez editor de Ficticia. Él estaba organizando una antología sobre relatos que sucedían en la Ciudad de México. Yo nunca he vivido en la capital, pero recordé la historia del músico “Guty” Cárdenas que ocurrió allá. Así que escribí seis cuartillas sobre el tema; me pareció interesante su vida. Primero el cuento me salió por encargo. Después se convirtió en novela. Y la verdad es que el texto fue creciendo cuando decidí involucrarme como narrador-personaje contando las dificultades que tenía para escribirla. Es ahí donde entra la historia de mi papá, que ya comentamos.

-A estas alturas ¿cómo defines tu estilo?

-Soy un realista. No me identifico con los escritores de literatura fantástica. Yo voy con textos duros, cuyo objetivo -como te dije- es que el lector no los suelte. Para mí, la literatura es una lucha constante entre el escritor y el lector. Esa es mi meta. Muchas veces mis cuentos han sido calificados como cinematográficos, porque son visuales y se dirigen a los cinco sentidos. Tiene lógica pues he sido un cinéfilo. Antes yo iba al cine dos veces por semana y por eso creo que el lenguaje cinematográfico permea mis textos.

“Quiero ser como él, quiero ser escritor”

Junto con el cine, Carlos Martín Briceño ha tenido la influencia de autores que, incluso, se remontan a su infancia. Mark Twain, Julio Verne, Emilio Salgari y el impacto de Oliver Twist, de Charles Dickens, cuando muy niño. En la adolescencia, leyó todo Agatha Christie (“tengo la colección completa”) y, posteriormente, a Hemingway y Chéjov, así como a los escritores del “boom” latinoamericano.

“Leí a todos: Rulfo, Cortázar, García Márquez, pero El túnel de Ernesto Sabato fue importante para mí. Siempre he preferido las novelas cortas… No obstante, cuando a los catorce años leí La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, me dije: quiero ser como él, quiero ser escritor”.

-Y desde entonces no sueltas tu propósito.

-Es que para mí fue una epifanía. La literatura de Mario Vargas Llosa, en especial ese libro, prácticamente me levantó de la hamaca. Luego vinieron otros: Raymond Carver, Paul Auster, Joyce Carol Oates y Coetzee, que me parte la cabeza. Me parece fabuloso, hay que seguirlo.

-¿A quiénes más les debes, literariamente hablando?

-Les debo mucho a dos escritores mexicanos que fueron mis maestros: Rafael Ramírez Heredia (q.e.p.d.) y Agustín Monsreal. Les debo no tanto en las técnicas, que desde luego me enseñaron, sino en lo humano, en el estímulo que supieron darme. Agustín fue quien por primera vez me dijo que no dejara de escribir, pues veía en mí una actitud diferente hacia la escritura y por mi formación lectora. Sus palabras me sirvieron de impulso.
Rafael me dijo que tratara siempre de compararme con los escritores nacionales y después, una vez que alcanzara un dominio mayor, que me comparara con los internacionales. “No te conformes con ser el escritor de tu región”, me dijo. Un consejo así te vuelve más ambicioso en el plano literario. He intentado seguir sus planteamientos, por eso nunca menciono abiertamente un lugar en mis textos. Se puede decir que yo cuento mi aldea de una manera universal. Por mi parte, he entendido que la literatura no es una carrera de cien metros; es un maratón y el maratón te obliga a mantenerte. De repente, publicas algo y no pasa nada; de repente, pega, pero eso no es todo: debemos ganar el maratón…

-Y levantarnos de la hamaca ¿o no, Carlos?…

-Claro, claro. Esa es la idea.


Texto publicado en el portal Estamos Aquí en su edición del 2 de agosto del 2020