Descarnada, turbadora, violenta pero, al mismo tiempo, cómica y seductora, la obra de Daniel Rosel se ha consolidado en los últimos años como una de las propuestas gráficas más originales y poderosas del Sureste.

No estamos ante lienzos puramente contemplativos, justo es decirlo. Hay en cada uno de estos cuadros, independientemente de su proposición estética cercana al neo expresionismo, una dramática historia que el público debe descifrar.

Niños acosados por la violencia, mujeres que intentan sobrevivir a la hecatombe de una ciudad en llamas, hombres jodidos por la miseria, muertos y más muertos, seres deformados psicológica y pictóricamente para provocar asombro y reflexión en el observador.

Incluso en las pinturas donde permea una aparente serenidad y donde el azul del Caribe juega un papel fundamental, los personajes cargan sobre sus espaldas el estigma de la marginalidad.

¿Qué  le depara al hombre ensebado, al titiritero o a la mujer de Tajamar en este México convulso donde las diferencias sociales parecen acentuarse cada vez más? ¿Tendrán cabida en esta nueva década los sueños de los estigmatizados o se verán, como siempre, irremediablemente truncados?

Le toca al espectador, a través de esta magnífica exposición que Daniel Rosel ha tenido a bien montar en el marco de los festejos del cuatrocientos setenta y ocho aniversario de la ciudad que lo vio nacer, encontrar las respuestas.