El cuento debe tener un arranque extraordinario que seduzca al lector desde el principio. Especialmente en este género es válida la afirmación de que la buena literatura se funda en la lucha permanente del escritor contra el lector para no ser abandonado por éste.

Creo que todos los cuentistas, cuando se lo proponen, son capaces de escribir una buena novela, pero no todos los novelistas tienen la habilidad de construir un buen libro de cuentos.

Ni el lector ni el protagonista deben salir ilesos al término de la historia. El primero debe sentir un resplandor en el cerebro que le impida olvidar el argumento. El segundo debe finalizar psicológicamente transformado en otro.

Un cuento sin tensión, no es cuento. Podría ser un hermoso pasaje literario, un buen ejemplo de ese potingue que han dado en llamar prosa poética, pero jamás merecerá figurar en el género.

El cuento tiene que vivirse a través de los cinco sentidos. Se debe de escuchar, paladear, oler, tocar y mirar. Es tarea del escritor que esto suceda.

Los ambientes cerrados son escenarios idóneos para crear grandes cuentos. Cárceles, islas, casas de campo, pueblos alejados de la civilización, hoteles en medio de la nada, automóviles varados a media carretera y barcos a la deriva llevan a los personajes a situaciones límite.

Los cuentos surgen de instantes, de la morbosa mirada del escritor que descubre en las acciones de otros, una historia oculta digna de ser narrada.

Cuentos memorables pueden surgir de historias reales aderezadas con los vuelos de  la ficción.

El cuento, cuyas reglas básicas no han variado mucho con el tiempo, es un golpe de sol en los ojos, un paseo por las entrañas de la condición humana, y debe ofrecer a los lectores, como el Aleph de Borges, ángulos inadvertidos de la realidad.

Por último, un lugar común pero cierto: todo cuentista ha de ser un lector profuso, insaciable. La creatividad precisa ser alimentada.