Por Carlos Martín Briceño

He seguido la trayectoria cuentística de Mónica Lavín desde que cayó en mis manos, hace más de veinte años, su libro La isla blanca. De aquel volumen de portada rosa publicado por Lectorum, recuerdo especialmente la historia que daba nombre al libro, un relato memorable de ambiente cerrado que exhalaba un erotismo sutil y perturbador. Ese fue el detonante para buscar otros libros de la autora y confirmar que me encontraba ante una cuentista pura, poderosa; de ésas que –como ella misma ha dicho–, respiran a través del cuento.

A qué volver, antología reunida a partir de los diez volúmenes de relatos ya publicados por Mónica Lavín, constituye una magnífica oportunidad para acercarse al trabajo de esta narradora capitalina que, no obstante haber cosechado algunos premios como novelista, sigue cultivando con prolijidad y profusión el género breve.

“Siempre tengo sed de cuentos, de leerlos y escribirlos. Interrumpo novelas para ello, olfateo su reptar y quiero que me tomen por asalto y me recuerden su estatura”, dice Mónica en el prólogo a esta colección. Efectivamente, es esa necesidad de contar –primigenia y desinteresada– la que ha hecho de Lavín una autora capaz de seducirnos con relatos concebidos con una atinada mezcla de malicia y destreza. No hay que olvidar que la misma Mónica, en su incansable defensa del cuento, se ha encargado de poner en blanco sobre negro las principales teorías relacionadas con el arte de escribir relatos en un estupendo trío de ensayos (Leo luego escriboCuento sobre cuento Es puro cuento) de indispensable lectura para todo aquel que desee incursionar en este exigente género literario.

Esta antología, publicada en 2018 por Tusquets, reúne cuarenta y cuatro relatos que apuestan, en palabras de la misma Mónica, a ser “piezas de peso”. Puros pesos pesados, nada de plumas o moscas. Y para no abrumar al lector con tanto jab, la autora ha dividido convenientemente A qué volver en tres secciones (El otro, Lo otro y Nosotros), cuyos subtítulos ayudan a delimitar las temáticas.

Casi todas las historias de El otro aluden a las relaciones de pareja. Celos, infidelidades, complicidades y deseos insatisfechos pululan en esta primera parte, destacando, sobre todo, el trío compuesto por “La felicidad”, donde una joven que viaja de Belice a Guatemala por carretera en compañía de su novio y su suegro, de pronto se ve envuelta en una situación erótica involuntaria que califica como una “definición de la felicidad que desconocía”; “A qué volver”, que da título al libro, en la que un hombre, al descubrirse cornudo, decide echar a su mujer del hogar hasta que acuerdan un regreso envuelto en una escalofriante cotidianidad, y “La corredora de Cuemanaco y el aficionado a Schubert”, una historia amorosa de paralelismos y casualidades en la que el narrador participa activamente.

En el segundo apartado, Lo otro, lo inesperado juega un papel fundamental en la trama central de los cuentos. Así, en “La isla blanca” asistimos a la hecatombe de una pareja por culpa de su exceso de amor. Y en “Uno no sabe”, relato que gira alrededor del incesto, somos testigos de la sutil seducción de un hijo hacia la madre que lo abandonó de niño y quien nunca lo reconoce. “Los hombres de mar” y “Los diarios del cazador”, además de contar con finales sorpresivos, son también ejemplos de que la curiosidad femenina puede llevar a las mujeres a situaciones límite. En el primero, una reportera se cuela en un carguero de azúcar que va de Veracruz a Marruecos sin importarle el peligro; en el segundo, una investigadora extranjera renta una casa en México y se obsesiona con su casero ausente a través de sus diarios de caza.

En esta selección, uno de los mejores cuentos es el titulado “Intromisión”, donde una señora de clase media y su sirvienta intercambian roles y la primera termina atendiendo a la última que ha caído enferma.

El tercer apartado, Nosotros, es también el que contiene las historias más intimistas y nostálgicas. La mayoría transcurre en la capital y sus protagonistas, gente mayor atrapada en las garras de la modernidad, parecen desesperados por no hallar sitio en una urbe que ya no les pertenece. José, por ejemplo, el anciano de “La casa ya no es la casa”, intenta encontrar inútilmente en España, la tierra de su infancia, su lugar en el mundo. Algo similar le acontece a Haydeé en “Amor de madre”, quien a sus setenta años decide contratarse como escort para suplir las necesidades maternales de sus adinerados clientes.

Dicen los que saben que los buenos cuentos surgen de la morbosa mirada del escritor que descubre en las acciones de otros una historia oculta digna de ser narrada. Ni el lector ni el protagonista deben salir ilesos al término de la historia. Los relatos que Lavín ha incluido en A qué volver cumplen con estas premisas: calan hondo en nuestro subconsciente y nos provocan un resplandor en el cerebro que impide olvidar sus argumentos.

Publicado en el Suplemento Cultural La Jornada Semanal el 28 de Septiembre del 2019