Por Roldán Peniche Barrera

Yucatán Insólito

Carlos Martín Briceño gusta de asombrar el intelecto de sus lectores. Lo conocimos como prácticamente del género del cuento (en el que ha destacado más y más cada día); todavía hará unos meses le leímos de una sentada (valga el vulgarismo) la excelente novela “La muerte del ruiseñor”, obra que ya va tomando altura en el aura de la bibliografía novelística mexicana; y ahora nos entrega de mano propia este “Viaje al centro de las letras” (sin importar el parafraseo de Verne) que también no nos ha tomado más de un día su lectura.
El libro dicho podría constituir las memorias de Carlos, o por lo menos parte de sus memorias ante el vasto horizonte de perspectivas que le depara el porvenir futuro. Para entonces, Carlos estará en posibilidad de decir mucho más, de revelarnos con su acostumbrada audacia lo que vivirán él y quienes le rodean, sean bien colegas, viejos amigos, personajes que conoció en los libros y, por supuesto, su propia familia.
Ahora bien, además de todo lo que hay de vida personal en este libro auspiciado en buena hora por Ficticia Editorial y la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán, nos percatamos, después de una relectura, del estilo de narrativa a la que está usado el autor, porque no nos es difícil detectar en ciertas de sus 17 partes, la libérrima manera de decir las cosas y de comunicarse con sus lectores. A mí en lo particular me ha impactado el espíritu con evocaciones lo mismo literarias que etílicas, costumbristas, pueriles y festivas. Me ha guiado en un tour de humanas experiencias que he hecho mías. Me ha recordado al pobre Raúl Rodríguez Cetina, novelista muerto en los momentos cumbres de su creación y hoy olvidado, casi borrado de la faz de la Tierra. Ha hablado del Foreing Club y de Pastor Cervera, su cliente de lujo; ha aludido a las cantinas o antros tantas veces frecuentados, y nos ha duplicado el placer de la lectura de “Viaje al centro de las letras” que, nos repetimos, devienen, aquí y allá, trozos de las memorias del autor que respiran el lenguaje de sus mejores cuentos. Gracias, Carlos, por su libro de recuerdos.