Convencido de que la alternancia partidista es benéfica para cualquier sociedad democrática, voté por las dos. Nunca me gustaron del todo sus discursos, pero  reconozco que hicieron una mejor labor de campaña que sus contrincantes. Una labor artificial, pero bastante cercana al pueblo que las elegiría. En aquel momento, estaba seguro de que todo el que hablaba en su contra, lo único que pretendía era perpetuar en el poder al partido del cambio.

 ¿Por qué no darles una segunda oportunidad?, recuerdo haberme preguntado. Y aunque muchos me lo advirtieron, no cambié de opinión. Pasado el tiempo, debo reconocer que me equivoqué. Nada más asumir sus puestos, las dos – gobernadora y alcaldesa – mostraron su verdadero rostro.

A la par de sus transformaciones físicas, la metamorfosis mental de Ivonne Ortega es escandalosa. Aquella mujer sencilla que se ganó al electorado yucateco con un discurso en el que exaltaba sus orígenes humildes y su compromiso  con las clases menos favorecidas, se ha convertido en una auténtica vedette de la política. Poco le importa lo que suceda a su alrededor. No le preocupa que la gente exija explicaciones por los desvíos del erario público ni que la prensa nacional critique sus fastuosas “primeras piedras” de infraestructura inexistente. Lo único que le quita el sueño es permanecer en el candelero de la política nacional. Y si para ello debe ser testigo de la boda de Galilea Montijo  o pagarle una suma millonaria a televisa para que grabe uno más de sus programas-basura en el estado, lo hará. El caso es tener rating suficiente para figurar, año con año, entre los “líderes” mexicanos elegidos por las revistas de moda.

En cuanto a la alcaldesa, hay que decirlo: la alumna supera a la maestra. No conforme con haber desaparecido violentamente las áreas verdes que rodeaban la mal llamada Glorieta de la Paz, y luego de haber incumplido su promesa de construir un parque central en el terreno donde se llevó a cabo el polémico concierto de Shakira, ahora la alcaldesa  ha dado su autorización para destruir en la colonia Nuevo Yucatán –muy cerca de donde ella vive – una vasta zona verde sembrada de árboles endémicos, fomentada y cuidada desde hace más de veinte años por los habitantes de dicha zona.

“Única en su tipo porque tendrá clima artificial con área de cafetería, vestidores, baños, cafetería, canchas y…áreas verdes”, así es como califica Rubén Valdez Ceh, Director de Desarrollo Urbano del Ayuntamiento, la unidad deportiva que ocupará el lugar de este original pulmón del oriente de Mérida, y en la cual, apunta el funcionario, “se invertirán 25  millones de pesos”.

 “No se quedarán sin árboles, que es la principal preocupación de los vecinos”, expresó la alcaldesa.

 ¿Cuál será la principal preocupación de la arquitecta?, me pregunto. ¿No se supone que debería escuchar las demandas de la gente que la eligió? ¿Acaso nunca ha visto a sus vecinos cercanos trotar, hacer ejercicio o simplemente descansar al amparo de los maculís y los flamboyanes que abundan en el terreno en cuestión?

       ¿Por qué será tan difícil hacerles entender a nuestras autoridades que ya no pueden actuar con la arbitrariedad de antaño?  Lo peor es que en los dos niveles de gobierno sólo hay oídos sordos.

Como muchos votantes, estoy arrepentido de mi decisión.  Democracia, desgraciadamente, no es sinónimo de libertad y el hecho de que una mayoría pueda elegir al gobierno no es garantía suficiente si no se respetan los derechos individuales y de las minorías.

Dictadura disfrazada de democracia. Esto es lo que nos espera si no razonamos muy bien nuestro voto. Adolfo Hitler y Hugo Chávez, sólo por mencionar a algunos, fueron elegidos democráticamente.

En las próximas elecciones, dividamos el poder: un partido en el congreso y otro en el ejecutivo. Digamos no al “carro completo”. Es la única manera de asegurar que los políticos se vigilen unos a otros. Mientras tanto, alcemos la voz cada vez que alguna de sus acciones nos indigne. Por fortuna, en Yucatán el ciudadano común aún no corre demasiado riesgo por tomar sus propias decisiones. ¿Será?