Biografía

Nació en Mérida, Yucatán, México en 1966. Narrador. Ha sido ganador de varios premios nacionales de cuento, entre los que sobresalen el Beatriz Espejo, en 2003, y el de la Universidad Autónoma de Yucatán, en 2004. También recibió una mención de honor en el 2008 en el Certamen Nacional de Cuento San Luis Potosí convocado por el Instituto Nacional de Bellas Artes. En el año 2012 obtuvo el prestigioso Premio Internacional de cuento Max Aub, y en el 2018, con su antología personal, De la vasta piel, recibió el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares.

Es autor de los libros de relatos Después del aguacero (2000) Al final de la vigilia (2003 y 2006) Los mártires del Freeway y otras historias (2006 y 2008), Caída libre (2010), Montezuma´s Revenge (2012), Montezuma´s Revenge y otros deleites (2014), De la vasta piel. Antología personal (2017); de la novela La muerte del Ruiseñor (2017), del libro de ensayos Viaje al centro de las letras (2018) y de las antologías Sureste. Antología de cuento contemporáneo de la península (2017) y Mérida. Palabras y miradas II.

Está incluido en diversas antologías nacionales y extranjeras de cuento entre las que sobresalen Litoral del Relámpago (2003), La otredad (2006), El espejo de Beatriz (2008) Prohibido fumar (2008), Un nudo en la garganta, quince cuentos canallas (2009), Estación Central BIS (2009), Los 43 (2015), Solo cuento VIII (2016), Cuentos para leer en navidad (2016) y El vuelo del colibrí (2016).

Dos de sus libros, Caída Libre y Montezuma’s Revenge fueron incluidos por el periódico Reforma en sus listas de los mejores libros publicados en México en 2010 y en 2012, respectivamente.

Reflexiones en torno a la literatura

“No confíes en nadie. Nadie, aparte de tu familia, tiene motivos para quererte”.

Así, con esas palabras textuales, mi madre solía prevenirnos a mis hermanos y a mí de la maldad humana. El mundo, bajo su perspectiva, estaba poblado de gente dispuesta a hacernos daño si las circunstancias eran propicias. Los buenos podían contarse con los dedos de una mano.  Al tendero de la esquina, por ejemplo, un viudo solitario y de ojos permanentemente enrojecidos, no debíamos aceptarle nada gratis, ni siquiera un chicle Motita o un puñado de charritos, pues detrás de aquella acción, “quién sabe qué oscuras intenciones se ocultaban”.

Cuarenta años después reconozco que, de no haber sido por estos consejos, quizá nunca hubiera desarrollado esa suspicacia que me incita a descubrir las historias que pululan a mi alrededor. Mis relatos surgen de la cotidianidad, de las relaciones de pareja, del horror al tedio, de ese mensaje universal que es el sexo, de situaciones anómalas dentro de vidas aparentemente tranquilas.

Claro que la vida ha cambiado y estos tiempos de guerra y fanatismo facilitan las cosas. Nunca como ahora, el ser humano había vivido con tanta zozobra. Basta con abrir un periódico o leer las noticias en el internet para darse cuenta de la incongruencia del comportamiento humano: cautivo de su propio egoísmo, en el afán de satisfacer su necesidad de permanencia en el planeta, el hombre continúa apostándole al exterminio de su entorno y semejantes para sentirse protegido, sin darse cuenta de que está cada vez más solo.

Mi pasión por la literatura me viene desde la niñez, gracias a los Reyes Magos que solían dejarme debajo de la hamaca historias de Emilio Salgari, R. L. Stevenson, Mark Twain, Charles Dickens, Louis May Alcott, Julio Verne y Sir Arthur Conan Doyle en lugar de juguetes Lili Ledy. No olvido el Drácula de Bram Stoker –en versión completa de editorial Novaro, que aún conservo–, cuya lectura,  a los diez años, me provocó tanto miedo que debí dormir con un crucifijo entre las manos durante varias semanas.

El cine también ha sido un elemento esencial en mi formación literaria. No fueron pocas las ocasiones que en los años setenta entré al cine a mirar películas con clasificación para adultos siendo todavía un preadolescente: Fiebre del sábado por la noche, El francotirador, El exorcista, Taxi driver, La gran comilona…, alguien escribió que mis relatos son “cinematográficos” y que el lector avanza al leerlos como si llevase en los hombros una cámara en pleno proceso de filmación. En aquel entonces las salas eran enormes y difícilmente se llenaban. Era fácil convencer a los encargados de vender los boletos para que me dejasen entrar al segundo piso, allí donde los inspectores nunca subían. Por supuesto que esta prohibición hacía la visita al cine más interesante, pues la misma gente se encargaba de rumorar que “en el segundo piso sucedían escenas más candentes que en la pantalla”.

¿Por qué escribo? Para reafirmar mi pertenencia a este mundo y sentir que mi vida tiene sentido. Mientras estoy pergeñando alguna historia me siento satisfecho. El proceso puede durar varios días, incluso semanas, pero al terminar, vuelvo a sentirme vulnerable y regreso a la urgencia del principio.

Si alguien me preguntara a quienes considero mis maestros y la razón por la que se ganaron el título, comenzaría con algunos que no saben que lo son, ni se enterarán nunca: Edgar Allan Poe, por su descarnada visión de horror; Anton Chéjov, por la perfecta descripción de sus personajes; Horacio Quiroga, por esa misteriosa exaltación de la naturaleza; Franz Kafka, quien me enseñó que algún día todos vamos a correr la suerte de Gregorio Samsa; Jorge Luis Borges, por sus universos paralelos;  Adolfo Bioy Casares, por su aristocrática fantasía literaria; Arreola y Rulfo, (los Juanes, pues), por esa mexicanísima universalidad de sus letras; Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Ernesto Sabato, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti y Mario Vargas Llosa, por haberle demostrado a Europa que Latinoamérica también existe.

No olvido a aquellos maestros que lo han sabido porque en ocasiones, con una botella de vino tinto de por medio, yo mismo se los comenté: Agustín Monsreal, el primero que me animó a recorrer el sinuoso e intrincado  camino del cuento; Rafael Ramírez Heredia, cuyo agudísimo punto de vista  me ayudó a mirar los textos desde una nueva perspectiva y Beatriz Espejo,  generosa y experimentada cuentista que nunca ha dudado en compartir conmigo las claves de su intelecto.

Escribir al igual que leer, bajo mi punto de vista, es una tarea solitaria, casi onanista. Sin embargo, debo reconocer que los talleres literarios, siempre y cuando sean dirigidos por un buen profesor, ayudan a redefinir el estilo y a encontrar nuevos matices al trabajo.

Soy un individuo solitario para escribir y dejar que fluyan las palabras en el ordenador durante la madrugada, pero agremiado para compartir un buen tinto, una película de arte, una conversación interesante, un saludable encuentro de cama.

Un buen escritor jamás debe sentirse completamente satisfecho con su labor, pues siempre existirá la posibilidad de mejorarla. Por eso conviene recordar las palabras de Jorge Luis Borges: publico para no seguir corrigiendo.