La muerte del Ruiseñor

Ciudad de México, 5 de abril de 1932, en el piso de una cantina el cuerpo de Guty Cárdenas, «el Ruiseñor yucateco», se desangra de cuatro balazos:

«¿Así es como termina todo?, ¿esto es morir?», se pregunta al tiempo que cierra los ojos y su vida se le viene de golpe, tan vertiginosa como el éxito y la fama que le dieron sus canciones…

Descripción

Novela

Ciudad de México, 5 de abril de 1932, en el piso de una cantina el cuerpo de Guty Cárdenas, «el Ruiseñor yucateco», se desangra de cuatro balazos:

«¿Así es como termina todo?, ¿esto es morir?», se pregunta al tiempo que cierra los ojos y su vida se le viene de golpe, tan vertiginosa como el éxito y la fama que le dieron sus canciones…

Y mientras Guty agoniza en el Salón Bach, en la actualidad, un escritor relata la historia de la novela que está haciendo sobre el legendario trovador, y recuerda con nostalgia a su padre, lleno de vida, tarareando Rayito de sol

En La muerte del Ruiseñor, Carlos Martín Briceño se convierte en personaje de su propia novela para revelarnos que, a veces, la mejor manera de hablar de uno mismo es contando la historia de los seres y cosas que amamos.

Fragmento

1

NOVELA HISTÓRICA

«Eso es lo que te va a conducir a la fama, una novela histórica», suele decirme mi mujer cuando me encuentra insomne, meditabundo, absorto en el teclado de la computadora a altas horas de la noche, fraguando la trama de un nuevo relato. Y yo levanto la mirada, sonrío y miento. Le digo que por fin he comenzado con la biografía novelada de Guty, Augusto Cárdenas Pinelo, «el Ruiseñor Yucateco», músico legendario, autor de más de una cincuentena de canciones que, de no haber fallecido a los veintiséis años, hubiera llegado a ser más famoso que Agustín Lara.

—Pero Carlos, ¿de veras vas a entrarle a eso? —me advierte el dramaturgo Eduardo Antonio Urcelay en el teléfono cuando le confieso que ya tengo la estructura, el material biográfico, los personajes—. Salvo los nostálgicos de la trova yucateca, ¿a quién carajos le puede interesar en esta época la vida de un puto como Guty?

Para Eduardo Antonio todos los hombres son putos: yo soy puto, tú eres puto, nosotros somos putos, vosotros también lo sois. Y Guty, según él, no es la excepción.

—Ahí está —arremete —su amistad sospechosa con Chalín Cámara y su matrimonio al vapor con aquella norteamericana desabrida de la que nadie se acuerda.

No tengo más respuesta que el silencio. Dejo pasar unos instantes, escucho la respiración de mi interlocutor al otro lado de la bocina. Enseguida le contesto que tal vez tenga razón, que acaso a las nuevas generaciones les importe un carajo quién fue el autor de Nunca y que, probablemente, tampoco les interesen tanto sus inclinaciones sexuales como a él, pero que de todas formas voy a intentarlo.

—Como decía Cortázar, se trata de hacer hasta de una piedra literatura —finalizo.

Ya es la madrugada del domingo, mi esposa y mis hijos duermen. El silencio que priva en el estudio sólo es interrumpido por el transitar de los automóviles sobre el asfalto de la avenida cercana. Ante mí, tengo tres libros editados por el Gobierno del Estado de Yucatán donde se concentra lo que en los últimos años se ha escrito sobre Guty.

El primero, de buena factura y pulcra edición, es un Cancionero, capricho de mi hermano Enrique y de Álvaro Vega, ambos musicólogos, amantes de la trova yucateca, donde han reunido con minuciosidad la producción de Augusto Cárdenas. Viene acompañado de un disco compacto y una serie de ensayos escritos por plumas diversas, incluyendo las de los compiladores y la de mi amigo Eusebio Ruvalcaba.

Guty Cárdenas. Su vida y sus canciones, se titula el segundo. Libro sencillo, casi didáctico, obra del compositor Luis Pérez Sabido. Su admiración por «el Ruiseñor yucateco» lo llevó a escribir esta breve biografía de Guty. Es un texto ágil, preciso y bien documentado que se lee, dirían los estudiosos, con «facilidad y deleite».

El tercero, el más rústico y naíf del trío, es una compilación de textos nacida de la veneración que el señor Rafael de Pau sentía por Augusto Cárdenas Pinelo.

«Desde muy joven —cuenta el mismo compilador en la contraportada— me he dedicado a coleccionar todo lo que se publica de Cárdenas en prensa y revistas, este libro es el resultado de ese esfuerzo». De edición un tanto descuidada, pero valioso para cualquiera que, como yo, pretenda ahondar en la vida y obra del compositor yucateco.

A partir de estos tres libros a la mano, algo de información tomada de internet y un poco de imaginación, estoy decidido a armar una novela sobre este trovador que, fuera del ámbito de la hermana República Yucateca, hoy pocos recuerdan; una nouvelle que, además, me ayude a incursionar en serio en el caprichoso mercado de la industria editorial.

2

LA HISTORIA

Nació a principios del siglo XX, el 12 de diciembre de 1905, en el seno de una familia de clase media alta en la ciudad de Mérida, la de Yucatán. Se llamaba Augusto, Augusto Alejandro Cárdenas Pinelo. Su niñez transcurrió en una casona del barrio de Santa Lucía, convertida hoy en Biblioteca de la Ciudad, entre los arrumacos de una madre consentidora de estricta disciplina moral, que le mantuvo el cabello sin cortar hasta los cuatro años, y un padre adicto a los juegos de azar, amante del deporte, de la música y las mujeres. Murió a los veintiséis años con cuatro meses de edad, un poco más y alcanza los veintisiete —como Jimmy Hendricks, Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain, miembros del Forever 27 Club—, de una manera verdaderamente estúpida: durante una riña cantinera cuyo motivo, a casi cien años del suceso, sigue sin estar esclarecido del todo. Lo supe cuando mi editor y amigo, Marcial Fernández, me invitó a participar en una antología de cuentos cuya unidad temática giraba alrededor del Centro Histórico de la ciudad de México. Acepté, aun sin saber de qué iría mi historia, pues ningún escritor de provincia se puede dar el lujo de rechazar este tipo de invitaciones. Entonces, mientras le daba vueltas al asunto, recordé que Guty Cárdenas, el héroe de la melcochosa trova de mi tierra, había sido asesinado en los años treinta en el Salón Bach, un bar de postín ubicado en el número 32 de la calle de Madero en la capital mexicana. Bastaría con narrar, pensé, al estilo de Crónica de una muerte anunciada, mi favorita entre las novelas de Gabriel García Márquez, las últimas horas de vida del compositor: desde el momento en que entra a la cantina, vestido con su traje oscuro, el chaleco de lana, la camisa sin mácula y la corbata gris con el fistol de plata al centro —tal como aparece en algunas de sus célebres fotografías—, hasta el instante en que una bala le atraviesa el pulmón, lo derriba y le provoca la muerte en aquel bar de la calle Madero 32. Y así fue como lo hice.

3

SALÓN BACH (I)

¿En qué momento el cantaor y los Peláez se agregaron a la fiesta del yucateco? Roberto Miranda, el mesero, no lo sabe con exactitud. De lo que sí está seguro es que habían bebido demasiado cuando, al entrar a servir la botella de Martell, los descubrió formando parte de una extraña escena en aquel reservado donde la bohemia solía prolongarse hasta la madrugada: dos hombres, recogidas las mangas, se enfrentaban a las vencidas; esos que ahora comparten el suelo rojo del Salón Bach, en Madero 32…

pleca

Roberto se agacha, levanta y sostiene la cabeza del herido y, con la mano libre, trata de aflojarle la corbata. Durante el alboroto alcanza a ver cómo Rosita, Arturo Larios y el prestidigitador Murillo, hinchados del coñac que se empujaron a expensas del compositor, huyen de la cantina. El reflejo de los largos aretes y el brillo de las piedras en la gargantilla de la mujer, a pesar de las circunstancias, capturan por un momento su mirada. Se pregunta a cuántos hombres habrá cautivado la actriz para obtenerlos. A su izquierda, estragados por los disparos que el artista hizo antes de caer, permanecen el Mallorquín y José Peláez. Unos minutos antes, en la barra, frente a los comensales, el segundo había estrellado en la frente del músico una botella de cerveza.

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Al principio, le parece una muestra de camaradería, una imagen fija, casi estática: dos individuos enlazados por un puente de manos; pero después se fija en la tensión de las palmas que presionan, el rictus de los rostros que denota el esfuerzo y descubre en los ojos voluntades que pugnan por imponerse en las vencidas…

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Una mancha oscura comienza a extenderse por el entramado de algodón de la camisa blanca. Y mientras los dedos de la diestra siguen intentando deshacer el nudo, Roberto Miranda vuelve al momento en que lo vio entrar por las puertas abatibles del bar, en punto de las tres, como acostumbraba, vestido con pulcritud: el traje oscuro, el chaleco de lana, la camisa sin mácula y esta corbata gris con el fistol de plata al centro, cuyo nudo perfecto le está costando tanto deshacer. Iba acompañado de Gálvez Torre, empresario de espectáculos del circuito del Golfo, casi tan atildado como él, y de Rosita Madrigal, la gruesa actriz de ojos verdiazules a quien ha tenido que cuidar cuando se pasa de copas.

Desde que don José del Valle lo contrató como mesero, le advirtió que debía memorizar las bebidas preferidas de los parroquianos. Y aunque al principio confundía nombres y gustos de los artistas asiduos al Salón Bach, con el paso del tiempo se volvió experto en adelantarse a las solicitudes de sus comensales. Aprendió, por ejemplo, a adivinar en los gestos del pintor O’Gorman que ya era hora de cambiarle la cerveza por una cuba libre. A leer, en la mirada imperativa del viejo Rubén M. Campos, la urgencia de reponer el güisqui.

Sabiendo que el músico llegaba directamente de XEW Radio con la garganta seca y el estómago vacío, dejó de inmediato la barra para ir a recogerle el sombrero de pelo de castor y acompañarlo, junto con sus invitados, al privado de siempre. Sirvió entonces una ronda de cervezas Carta Blanca, una botella de Bacardí, filete chemita y riñones al jerez. Le gustaba atender al compositor porque no se andaba con remilgos: bebía y comía fuerte y era generoso con las propinas. Muy distinto a cualquiera de esos engreídos escritores, como José Juan Tablada, o el viejo Ciro B. Ceballos, que venían con cierta frecuencia, pero que, por su edad o simple tacañería, se limitaban a pedir un par de ajenjos para acompañar sus interminables Faros sin filtro que agotaban con parsimonia.

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Intenta pasar inadvertido y ocuparse sólo del descorche. En un ángulo de la mesa, el empresario dispensa su interés a los blancos y alunarados pechos de Rosita; la actriz corresponde a sus halagos con sonrisas. Del otro lado, Ángel Peláez, junto con el Mallorquín, el cantaor de flamenco incita a su hermano. Ocupados en beber de la botella de coñac, Larios y el prestidigitador Murillo no se percatan de nada…

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Fue el artista yucateco, no el trovero, quien inició esa tarde la cantada. El compositor tomó con gentileza la guitarra de Larios, como si se tratara de la Negra, su costosa lira, y pulsó los primeros acordes de Rayito de sol. Al concluir, a solicitud de Gálvez Torres, Larios recobró su instrumento y siguió con Ojos tristes, para rematar con Nunca. Ése fue el inicio de la que debió haber sido otra tarde de música y charla en el salón preferido del grupo. Se buscaba agasajar al favorito de la disquera Columbia, de festejar el contrato de su próxima gira.

Así como está, sentado sobre el suelo húmedo de la cantina, Roberto Miranda escucha repetir a su patrón:

—No puedo creerlo, los Peláez…

La misma frase que soltó, entonces con una sonrisa, cuando vio al par de iberos entrar acompañando al famoso Mallorquín. Se siente culpable. Debió haberle comentado a don José que él fue testigo de cómo, en el privado, la Madrigal impidió que un incidente previo se resolviera a golpes; pero ¿quién iba a saber que no se trataba de una más de esas disputas de borrachos sin consecuencias?

Suda. La transpiración empapa cejas, mejillas, sin que pueda levantar una mano y secarse. Frases ininteligibles alcanzan sus oídos. Comentarios de curiosos, gente que opina, aunque nadie ha sido capaz de acercarse y ayudarlo.

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Cuando el español cede, el otro arrecia y acomete hasta que consigue bajar el brazo de su contendiente. El gachupín, desoyendo las voces que exigen calma, se levanta intempestivo y amenaza. La humillación lo ha transfigurado. Nadie en el privado parece entender ese odio repentino. Pero la actriz se atreve a intervenir.

—Sólo por ella —advierte el mayor de los Peláez antes de largarse—. Sólo por ella…

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La mancha avanza sobre el blanco de la ropa, dejando en su viaje el rastro de su color violento. Miranda voltea el rostro hacia los culpables y se fija que ni el Mallorquín ni José Peláez, ese hijo de puta que inició el pleito, están heridos de gravedad y que, más allá, el otro Peláez, el asesino, todavía con la Browning en la mano, apenas puede mantenerse en pie de tanto que ha bebido. «¡Cabrones!», se lamenta. Su impotencia deviene en rabia y lo lleva al instante en que vio a Guty salir del privado y encaminarse a la barra después de la disputa. «¡Espere, no les siga el juego a esos gachupines, ya andan muy pasados!», debió advertirle, pero temió que se tomara a mal su intromisión.

Y mientras percibe cómo sube del piso rojo el frío que contagia el cuerpo que sostiene, el mesero, que al fin ha conseguido desanudar la corbata, mira venir hacia ellos a un hombre. Lo observa con la idea de que se trata de un médico, alguien que viene a desanimar a la muerte, a despertar, tal vez, al caído.

4

RAÚL H. VEGA

Ahora que escribo esta historia, caigo en la cuenta de que la música yucateca siempre ha estado ligada a mi vida. Durante mi adolescencia, tres veces por semana, a instancias de mi padre, sin tomar en cuenta el bochorno meridano ni el sopor de la digestión, mi hermano Enrique y yo solíamos tomar clases vespertinas de guitarra popular en la sala de nuestra casa.

Raúl H. Vega, así se hacía llamar el profesor, pero para nosotros era simplemente «el Viejo». Yucahuach, fumador empedernido, calvo, bebedor compulsivo de café, eternamente vestido con una raída guayabera que alguna vez fue blanca, el Viejo formaba parte de aquella generación de solitarios trovadores de carpa que, en los años cuarenta, acostumbraba abrirle el espectáculo al cómico o a la vedete del momento. Así lo presumía y lo comprobaba el hombre con ayuda de una ajada fotografía en blanco y negro donde aparecía, muy orondo, abrazando a Tongolele.

—Voy a hacer de ustedes el mejor dúo de Mérida —dijo, cuando nos conoció. Pidió talco y nos blanqueó las manos para luego ordenar que levantáramos el brazo y moviéramos con rapidez los dedos. Por la cantidad de motas que cada uno hizo flotar decidió que Enrique sería el requinto del binomio. Luego nos obligó a cantar a capela El ausente y me escogió como primera voz. Tres meses después estábamos hasta la madre de aquel corrido. Mi padre, que había contratado al músico para que nos enseñara boleros, sones montunos y trova yucateca, no dejaba de preguntarse cuándo dejaríamos de practicar aquella bravata, pues el Viejo, argumentando que nuestro estil …

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