Palabras en la frontera norte

Carlos Martín Briceño
Foto: Facebook Carlos Martín Briceño
La Jornada MayaLunes 24 de septiembre, 2018Acababa de cumplir dieciocho años cuando me topé con Las Mil y una noches mexicanas. Entonces yo era un lector incansable que no solía prestar mucha atención al historial de los autores. Ignoraba, por ejemplo, que el artífice de aquel libro lleno de humor e ironía que cambiaba la versión oficial de algunos sucesos históricos del país para convertirlos en cuentos, era uno de los historiadores y filósofos mexicanos más importantes del siglo XX, un chihuahuense, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua que de manera discreta, había escrito una copiosa bibliografía, indispensable para la comprensión de la historia de México. Tampoco pasaba por mi cabeza que con el correr del tiempo, el gusto por la lectura me llevaría a inmiscuirme, cada vez más, en las entrañables vetas de la República de las Letras.Treinta y cuatro años después, me reencuentro con el nombre del autor de aquel hallazgo de juventud debido a que el jurado del prestigioso premio que ampara su nombre, distinguió a mi libro de cuentos De la vasta piel, con el galardón de la edición XXXIII del certamen José Fuentes Mares.Siempre he pensado que el cuento, por su brevedad y contundencia, es la manera más honesta de acercar a la gente a la literatura. Es el género idóneo porque produce en quien lo lee un efecto tan placentero que resulta imposible escapar de su seducción. Un cuento puede degustarse durante el trayecto del autobús, en medio del caos del metro, en la interminable fila del banco, en la sala de espera del dentista, en la intimidad del cuarto de baño o donde se nos antoje, como un caramelo macizo que se anola con fruición. Tal vez allí resida su magia y permanencia.Pero debo confesar que es tarea severa escribir un libro de cuentos: la exigencia del género suele acabar con la paciencia de los autores que prefieren dirigir sus esfuerzos a la novela, el producto de moda en las editoriales. Para William Faulker, uno de los escritores más influyentes del siglo pasado, “es más difícil escribir un buen libro de cuentos que una novela respetable”. Gabriel García Márquez, en una entrevista concedida a Jacobo Zabludovsky, compara el cuento con la novela y declara que “es más difícil escribir cuentos que novelas, porque el problema es siempre empezar: un libro de cuentos se empieza dieciséis veces y una novela una sola vez”. Arreola, ese otro grande del relato corto, y del que se cumplen ahora cien años de su natalicio, por su parte opina que el cuento “es el origen de todo”, ideal para el fabulador porque “libera pronto de la red, de la captura y lo hace salir rápidamente de ese trance maravilloso, pero aniquilador que es la inspiración”.

Y ya que hablamos de inspiración, acepto que aun cuando mis historias están sazonadas con una buena dosis de inventiva, la mayoría tiene su origen en hechos reales. Venganza, traición, infidelidad, vejez, divorcio, hartazgo de la vida en pareja son los temas alrededor de los cuales giran mis relatos. Situaciones anómalas dentro de vidas aparentemente tranquilas.

Lo anterior me hace pensar que, tal como afirmaba el general e historiador español Evaristo San Miguel, “la verdad es mil veces más maravillosa –u horrorosa, acoto yo– que la misma fábula: la realidad vuela más alto que la ficción a la que sirve a veces de alimento”. ¿De qué otra manera podríamos explicarnos la paradoja de que mientras estamos aquí celebrando a la palabra, acaso el signo más alto de la inteligencia humana, en diversas partes del país la irracionalidad se manifiesta en esa forma de violencia que algunos gobernantes prefieren nombrar como “ajuste de cuentas entre delincuentes”, en vez de llamar a las cosas por su nombre? Los niveles de barbarie en México, para nadie es un secreto, se han recrudecido en los últimos años. Y para tratar de asimilar esa realidad tan dolorosa que a veces preferimos no ver, los narradores inventamos cuentos. Fabular para entender. Escribir para no olvidar.

Pero volviendo al asunto, me resulta inevitable esta noche tirar del hilo de la madeja de la memoria para observar el punto donde comenzó todo, aquella soleada mañana de domingo cuando descubrí, en las páginas de un periódico local, el anuncio que sería crucial para mi futuro: Taller de narrativa del maestro Agustín Monsreal. Inscripciones abiertas. Interesados comunicarse al Instituto de Cultura de Yucatán en horas de oficina. Cupo limitado a 20 personas.

Al cabo, no sería únicamente la agudeza de Monsreal la que guiaría mi recorrido por el intricado sendero del cuento. Los consejos de Rafael Ramírez Heredia, Beatriz Espejo, Eusebio Ruvalcaba, Gerardo de la Torre, Jorge Lara y la ironía de las opiniones de mis compañeros del taller del Centro Yucateco de Escritores tendrían un peso importante en mi formación como cuentista.

¿Por qué escribo? Para sentir que mi vida tiene sentido. Mientras estoy pergeñando una historia me siento satisfecho. El proceso puede durar varios días, incluso semanas, pero al terminar vuelvo a sentirme vulnerable y regreso a la urgencia del principio.

La escritura y la lectura son placeres individuales incomprendidos, unos de los pocos que no dependen de los demás. Y aunque el hábito de leer no ayuda directamente a sacar a un país del subdesarrollo, ni a hacer de los mexicanos sagaces empresarios o espléndidos gobernantes, sí garantiza que las personas asiduas adquieran un criterio más amplio, que palpen nuevos mundos a través de la mirada de otros, que dimensionen humanamente los problemas y que obtengan, sobre todo, elementos intelectuales suficientes para reaccionar con sentido común ante situaciones adversas.

“Ser es superar la idea de la vida como servidumbre”, dice el personaje principal de la novela más querida de José Fuentes Mares, cuyo protagonista es un muchacho que se sobrepone a la miseria gracias a la educación.

Este premio es un aliciente para perseverar en mi oficio de cuentista. Estoy consciente de que aceptarlo me compromete a trabajar con más ahínco para no desmerecer ante la ilustre lista de autores que lo han recibido.

Agradezco a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez por convocar, durante tantos años, este certamen que celebra al libro impreso como una posibilidad de la difusión de las ideas, la libertad y la cultura, especialmente al Doctor Luis Carlos Salazar Quintana y a Mirna Ogaz por coordinar y llevar cabo las gestiones necesarias para que este premio mantenga su prestigio; al jurado conformado por tres narradores de altos vuelos –Eduardo Antonio Parra, Ana García Bergua y Hernán Lara Zavala– a los que sigo y leo, por apreciar mi trabajo; a Marcial Fernández, editor de Ficticia, por creer en mi propuesta y en la fuerza inconmensurable del cuento; a Mónica Lavín, cuentista de abolengo, por su generoso prólogo a De la vasta piel; a mi familia, especialmente a mi esposa Ariadna por su complicidad y paciencia, y a mis hijos, Emilio y Esteban, por haberme aceptado como guía en sus lecturas nocturnas y en su viaje hacia al centro de las letras. Y a todos ustedes, por supuesto, por acompañarme en esta noche tan especial en que celebramos la aventura sin tiempo del cuento.

Muchísimas gracias.

*Discurso de aceptación del Premio José Fuentes Mares 2018, Ciudad Juárez, Septiembre 21, 2018

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