José Ramón Enríquez
Foto: Portada de libro
La Jornada Maya

Viernes 7 de septiembre, 2018

No voy a leer mi propia memoria sino la de un narrador yucateco que se zambulle por primera vez en el género exigente de la novela para salir, triunfal, a la superficie. Se trata de Carlos Martín Briceño y de su último libro La muerte del Ruiseñor que, entre otros niveles de lectura, relata la muerte de Guty Cárdenas, una figura central en la música mexicana y muy especialmente en la música y el imaginario emocional yucatecos. Como anillo al dedo viene para la primera entrega de estas notas, ya como columna y bajo el nombre semanal de Leer los tiempos.

Si, como decía don Francisco de Quevedo, leer es hablar con los muertos, también puede hacerse con los vivos. Y como no sólo se leen libros sino también hechos y recuerdos propios y ajenos que se dan en los diversos tiempos, entonces resulta un perfecto espacio para la lectura un libro construido desde la memoria por un autor como Carlos Martín Briceño que va, con envidiable inteligencia, de su tiempo presente a diversos pretéritos, en un laberinto sólidamente construido desde el punto de vista narrativo y capaz en cada recodo de abrirse a la imposibilidad de aprehender la verdad.

La muerte del Ruiseñor corre por varios cauces. El primero es la novela de la novela que se desdobla, a su vez, en una reflexión sobre el género y en una autobiografía del escritor.

La inquisición, que se va desgranando a lo largo de las páginas de La muerte del Ruiseñor, sobre las diferencias tanto estructurales como de fabulación entre el cuento y la novela, sustentada inclusive en citas de autoridad, es un auténtico ejemplo de rigor. No lo traslada a las diferencias con la crónica quizás porque las olas de una y la otra se confunden al reventar en las mismas playas. Martín Briceño plantea desde el título del primer capítulo que pretende una novela histórica y es este adjetivo el punto de confluencia entre la novela y la crónica, sobre todo al tratar de un tema, el asesinato de Guty Cárdenas en una cantina de la Ciudad de México, que se recuerda desde varios y aun encontrados puntos de vista por testigos y por quienes la oyeron contar a los testigos, a los descendientes de los testigos y a los múltiples amigos de los amigos de quienes estuvieron ante los hechos cuando ese Ruiseñor fue asesinado. Una historia, pues, que nos llega transmitida más por trovadores, como lo fuera el propio Guty, que por documentados profesionales.

Carlos Martín Briceño va más allá de la leyenda y construye un personaje de Guty Cárdenas, el prístino Ruiseñor, que hace aún más trágica la agonía final porque el muy joven artista al que todo siempre le ha salido bien va a morir en una cantina, asesinado probablemente a causa del corrido La República en España que molestara a unos monárquicos españoles ebrios.

En el camino hacia el trágico desenlace, se perfilan tres momentos de Mérida a cual más interesantes. La Mérida de los tiempos de Guty Cárdenas, la de hoy y la de hace unas décadas, con la que carga Carlos Martín Briceño en su memoria, la de su infancia y adolescencia, sobre la cual escribe sus páginas autobiográficas que constituyen el otro nivel del relato, cuando el autor explora su conciencia y se torna personaje de sí mismo.

Un personaje que crece literariamente hasta terminar por volverse no “uno más de los oscuros personajes de tus relatos” sino el central, el que ha vencido la teoría de la novela para dominarla en primera persona gracias a un prisma donde voces del pasado, del presente, del pasado reciente y de las nunca oídas pero construidas por los extraños excesos de la memoria se entrelazan para enfrentarse con el lector.

enriquezjoseramon@gmail.com

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