Fui a Mérida sin que nada allá se me hubiera perdido. Fui porque tenía mucho tiempo pensando en hacerlo. Fui porque sentí que el sur me llamaba. Algo habría yo de encontrar por aquellas tierras del faisán y del venado, algo que no se me había perdido, pero fui. Ya andando allá y aprovechando el viaje, tuve la fortuna de platicar con el escritor Carlos Martín Briceño sobre su más reciente libro, La Muerte del Ruiseñor, y de otros de sus libros, así como del arte de escribir cuentos y de difundir la literatura del sureste.

Pilar Alba: La Muerte del Ruiseñor es tu más reciente libro…

Carlos Martín Briceño: Sí, y es mi primera novela, porque siempre he sido cuentista; tengo seis libros de cuentos pero no tenía ninguna novela. Esta novela nace de las ganas de investigar más sobre Guty Cárdenas; hace unos cuatro años, el editor de Ficticia me invitó a participar en una antología de cuentos que transcurrían en el Centro Histórico de la Ciudad de México, recordé que a Guty Cárdenas -el héroe de la trova yucateca- lo habían matado en el Centro Histórico de la Ciudad de México, entonces hice un cuento de cinco cuartillas que se publicó en su momento, pero se me quedó en la cabeza la idea de seguir investigando sobre él. A raíz de eso decidí hacer la novela, investigué, ciertamente no hay mucho sobre Guty, él vivió 26 años nada más, murió muy joven. Guty nació en Mérida como yo, su padre no lo quería dejar ser cantante -mi padre no quería que yo fuera escritor; empecé entonces a hacer un par de historias paralelas, en la novela en donde no sólo Guty es el personaje principal, sino donde yo como escritor me desnudo con todos mis complejos, con todas mis inseguridades, al mismo tiempo revelo historias de mi familia que de alguna manera tienen que ver también con la historia de Guty porque nos une la música. Siendo sincero, tenía un poco de temor de que la historia no funcionara, pero al final me di cuenta que la música es un elemento muy poderoso, de nostalgia, que une estas dos historias para acabar coincidiendo en que al final de cuentas, lo que la gente quiere enterarse no es solamente de la vida de Guty Cárdenas sino también de cómo el escritor tiene ese proceso de creación para desarrollar la vida de un personaje histórico.

PA: Me llama mucho la atención en la novela sobre todo esa parte, la del capítulo 30, donde nos muestras tu poética, tu manera de escribir cuentos y novela.

CMB: Sí, es un poco un pretexto también para hacer esta alegoría entre qué es más importante, si el cuento o la novela. Es la revancha que tomo también como cuentista para echarle en cara a las editoriales que el cuento también es importante. Yo he sido un férreo defensor del género y me entristece que las editoriales no le den el peso que debe de tener y que antes que nada te pidan novelas. Entiendo un tanto a los editores porque ven primero el lado comercial y lo que más se vende es la novela.

PA: Paradójicamente lo que más se lee son cuentos, no novelas.

CMB: Según los editores no, según ellos lo que más se lee o lo que más se vende son novelas. Lo que sucede es que el lector de cuentos es muy fiel, pero su público es más reducido. El lector de novelas puede ser cualquier persona que se acerque a la literatura -o al menos ésa es la justificación que dan los editores-. Yo me voy más con la teoría de Enrique Serna quien dice que lo que sucede es que los lectores de cuentos necesitan varios alientos porque cada historia es diferente, se necesita más energía cerebral para cambiar de cuentos. En cambio una novela es una energía única…

PA: Hay una idea en tu novela de este desprendimiento del escritor cuentista, para adoptar la faceta novelista. Háblame de eso.

CMB: Pues sí, porque es que siempre nos dicen que el cuentista debe con el paso del tiempo decantar en novelista, no… porque es el paso natural de los narradores y yo creo que no necesariamente. Hay unos casos como Guy de Maupassant, un escritor fabuloso de cuentos, que escribió un par de novelas muy mediocres porque también él tuvo mucha envidia de Balzac y de todos esos escritores de su época que vendían muchísimo en sus novelas por entregas y él ansiaba ser como ellos, sin darse cuenta que él era un genio. La historia se ha encargado de poner las cosas en su lugar. Él ha pasado a la historia como un gran cuentista y los demás como buenos novelistas, pero creo que cada quien tiene un don y ése es el que habría que explotar; ningún género es mejor o peor que el otro, son géneros diferentes, así como la crónica y la poesía, el ensayo tienen su dificultad. La novela y el cuento no tienen por qué competir, sino más bien complementarse.

PA: En tu novela vas narrando cómo es ese proceso de pasar del cuento a la novela y hay otra cosa que me llama mucho la atención: es una novela donde son muy importantes la música, la trova y la ciudad.

CMB: La música es esencial para la formación de cualquier artista independientemente del género al cual se vaya a dedicar. La música en las nuevas generaciones se ha perdido como formación humana, las mismas escuelas, la SEP ha hecho a un lado la educación artística, la música, sin darse cuenta que esto hace personas más infelices. Recuerdo que en mi niñez era obligación tocar un instrumento, mi padre nos fomentó el gusto por el piano, por la guitarra, y así yo tenía compañeros amigos que tenían que tomar clases de algo. Ahora eso ya no existe y cada vez se ha perdido más. Éste es un error de la educación del nuevo siglo, porque al final trae a seres humanos menos comprometidos con el alma, más comprometidos con lo material.

PA: Hablemos ahora de tus otros libros.

CMB: Cuando salió La Muerte del Ruiseñor, Ficticia, mi editorial, publicó una antología de 30 de mis mejores cuentos [De la vasta piel] en coedición con el Consejo de la Cultura y las Artes. Fue una buena decisión, se ha vendido muy bien, ha tenido buena crítica; en él hay unas historias cortas, hay unas más largas, unas divertidas, unas dramáticas, unas más eróticas, unas de crimen y así se van sucediendo una tras otras. Yo escribo, soy un escritor realista, no soy un escritor que escriba ficciones totales; tomo mis casos de la realidad y los aderezo con ficción para hacerlos más interesantes, creo que esto hace que también tenga mayor atractivo para el lector; también escribo de cosas que de alguna manera me han sucedido de cerca, me han contado o he oído de gente que me rodea. Tomo algunas historias de los periódicos, pero la mayor parte de mis historias está basada en casos relacionados conmigo; a veces son historias que no son del todo hermosas, hablo mucho de la maldad humana, de esto que la gente no quiere contar pero que tiene ganas de decir o hacer, de deseos ocultos que pocos se atreven a nombrar. Yo escribo pues de situaciones anómalas dentro de familias aparentemente tranquilas o normales. Entonces yo escarbo en esto y exhibo la historia de una forma cruda pero no pornográfica, trato de evitar la descripción descarnada gratuita, de ser muy fino en este punto.

PA: Con una cierta perversión… no mostrarlo todo sino enunciarlo para que el lector vaya haciendo su propia lectura…

CMB: Y su propia idea de lo que va sucediendo. Pienso que la literatura tiene que ser interesante, tiene que divertir. La literatura que no atrapa, que no seduce, que no te provoca, no es buena literatura. Entonces trato de hacer eso con los cuentos.

PA: La literatura pareciera ser considerada “menos arte” para algunas personas, como que se confunde en este sistema educativo en el que está enfocada a enseñar a escribir, a leer, no a divertir. Esto también ha hecho que la gente se aleje de ella…

CMB: Sí, la literatura es mucho más profunda. En los libros de texto de antes venían pasajes de novelas, de cuentos, estaban salpicados de esto. Recuerdo que yo leía a Cortázar, el Aplazamiento de las Gotas, venía en el libro de sexto año; Carta a un Zapatero que compuso mal unos zapatos, de Arreola, y era buenísimo; tú no sabías quién era Arreola ni Cortázar, pero los leías y los disfrutabas siendo niño. Había poemas de Taboada, me acuerdo de todo esto, de la Canción de las barcas que leí cuando era niño en mis libros de texto, ahora eso cada vez es más ajeno a las nuevas generaciones.

 

PA: Se leía y se comprendía, ahora todo quieren que sea lectura de comprensión y lo que menos se hace es comprender. Tampoco de manera lúdica. Ahorita es todo por encargo.

CMB: Así es, porque no hay costumbre de leerla. La literatura tiene que divertir también. A mis hijos yo los he intentado educar para que la literatura sea parte de su vida, como lo es jugar el X Box, jugar basquetbol, salir a montar en bicicleta. Es una diversión más, porque si no lo ve así el niño difícilmente va a ser un lector. La hora de leer debe ser porque quedó el libro en la hoja tal y quieres seguir, terminar de leerlo, no porque le digas: vete a leer. Yo defiendo mucho la lectura, pero también sostengo es un hábito aprendido; si no tuviste a tus padres o a un maestro o a alguien que te encaminaran en esto, difícilmente vas a acercarte a los libros.

PA: De cuáles de tus libros vienen cuentos incluidos en esta antología.

CMB: De Caída libre, de Los mártires del freeway, de Moctezuma´s revange y también de Al final de la vigilia -un libro que se publicó sólo en el sureste-.

PA: Hablemos de la antología Sureste que realizaste tomando cuentos de escritores de la península…

CMB: Lo que quise hacer con esta antología fue dar a conocer escritores nuevos y escritores no tan nuevos, peninsulares; porque también siempre me ha parecido que la literatura del centro y la del norte es más apabullante y ha opacado a la literatura del sureste, obviamente a lo mejor los de norte dirán lo mismo, pero no lo creo. Hay un boom de la literatura del norte, en el centro siempre ha tenido mucho movimiento la literatura; sostengo, y lo digo en el prólogo, que esto tiene que ver con la manera de narrar y con los temas que ha adoptado la gente de esa región. La gente del norte y del centro -no lo digo sólo yo, lo decía también Sergio González Rodríguez- narra de una manera más directa y trata de manera más abierta temas relacionados con la violencia, con el narco; en general con este México rojo que le gusta tanto a las editoriales. En el caso de Sureste, no es que no haya violencia acá, ni que la gente sea muy feliz, sucede que son otros modos de vivir; hay una lentitud incorpórea, tal vez por el clima, la vida diaria transcurre con mayor lentitud; la literatura se contagia también de esto y los temas que se abordan son más inherentes al alma humana, hay mucho monólogo interior, hay mucha visión interna, mucho lamento de las relaciones de pareja y poco se trata el tema de la violencia explícita. O sea, ningún cuento de los incluidos en Sureste, por ejemplo, habla del narco y eso que seleccioné a 31 autores, entre ellos a Hernán Lara Zavala, Beatriz Espejo, Héctor Aguilar Camín, Mauro Barea, Ileana Garma, Carlos Padilla Buenfil -un escritor campechano espléndido que ha publicado en España y tiene un libro en Ficticia-; traté de hacer un mix de gente conocida con otra no tan conocida. También están Agustín Monsreal, Carolina Luna… todos tienen un libro de cuentos y todos se dedicaron en algún momento con verdadero cariño al género; la intención es que la gente se acerque con esto a la literatura del sureste.

PA: ¿Del taller literario que coordinas hay algún escritor incluido en esta antología?

CMB: Sí, Mario Barea que es cancunense; Iliana Garma ha tallereado conmigo también, sólo ellos dos.

PA: ¿Habría algo más que nos quisieras decir antes de concluir?

CMB: Agradecer a los lectores de La Gualdra, porque han leído algunos de mis artículos, cuentos y reseñas publicados allá; me parece brillante y encomiable que mantengan un suplemento cultural a estas alturas porque cada vez es más difícil. Felicito a todos los que lo hacen porque los suplementos culturales son elementos en vías de desaparición.

Así concluimos la charla, luego caminamos un poco por las calles de Mérida, pasamos frente a la casa en la que vivió Guty Cárdenas y terminamos en la cantina La Negrita, lugares que se mencionan en la novela. Mi viaje en Mérida siguió, viví muchas experiencias y disfruté de la comida, la ciudad y la amabilidad de la gente meridana.

 

PILAR ALBA

La Jornada

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