La muerte del Ruiseñor

Carlos Martín Briceño

Ediciones B

197 páginas.

 

Cuando conocí a Carlos Martín Briceño hace unos años en Cancún, le sorprendía que yo fuese novelista (yo debo acotar aquí que un muy mal novelista); me comentaba sonriente: «ya me es complicado hilvanar cuentos debido a sus propias convenciones y reglas, me toma tiempo construir las historias; pero tú llevas una novela de trescientas páginas, otros dos manuscritos de similar extensión en el cajón…, siempre me han sorprendido los novelistas por el manejo de la extensión y la complejidad de la novela en sí». Más o menos fueron sus palabras. Yo tuve que sincerarme al contrario: la brevedad se me daba fatal y me sorprendían los cuentistas y quienes cultivaban el difícil género. En esa época había hecho poco cuento breve, y Carlos fue una de las personas que me impulsó a dar el paso hacia la brevedad y sus rígidos cánones, una tarea harto complicada. Tuvieron que pasar incontables experimentos, archivos .doc descartados, lecturas y quebraderos de cabeza para lograr pequeños avances. El cuento no es algo para tomar a la ligera, y Carlos, que es de la escuela de Chéjov principalmente, suele ser enfático al respecto. Lo suscribo.

Y así, el Carlos cuentista incursionó por fin en la novela. Él mismo confesaba que era un paso importante en su carrera literaria, y se tomó su tiempo para cocinarla y juntar las piezas. Al fin me pudo llegar la novela desde México gracias a su gentileza, y debo decir de primera mano que tuve una desventaja al leerla, y era conocer a Carlos como persona, no solo como escritor. Su narrativa es, como esperaba, ágil, fluida, cargada de tensión y temas muy humanos como la muerte y el enfrentamiento continuo a la maldición del genio, de la familia y del propio destino marcado por los astros: así comparte Carlos su vida narrativa de escritor ca(n)sado con hijos en una época actual, trenzada con la huidiza leyenda de su paisano Guty Cárdenas, nacido a principios del siglo XX.

¿Por qué hablo de la vida narrativa de Carlos Martín Briceño? ¿Esta novela se trata solo de Guty, sus periplos y su alcance de leyenda musical? Aquí está el quid de una lectura, de las múltiples que puede tener el Ruiseñor: mi desventaja fue que, al leer, me fui creyendo ingenuamente las situaciones que Carlos me iba poniendo sobre su yo narrativo: una muerte familiar, situaciones que ponían a su propia esposa en entredicho, la constante frustración de la investigación sobre la propia novela de Guty que intentaba escribir dentro de la novela. Me creí algunas cosas de verdad por todo lo que habíamos platicado en Cancún sobre la dificultad que le entrañaba configurar novelas. Carlos logró, hábilmente, incluso que le diera el pésame por una pérdida (que afortunadamente no ha ocurrido) y logró que la catarsis lectora llegara más allá. Fue un sentimiento curioso cuando el mismo autor me desengañó de cosas que me había tragado, y me esclareció: fue un exhaustivo ejercicio narrativo llevado en la planeación, organización y ejecución de una primera novela que hace un justo homenaje al hombre, al artista, y al mismo tiempo a quien busca escribir algo decente, encarnado en su yo narrativo.La investigación de Carlos lo lleva a hurgar en la memoria de su propia infancia, aspirar y recorrer las mismas calles meridanas que pisó un trovador destinado a convertirse en algo tan grande como Agustín Lara, Pedro Infante o Jorge Negrete. Francamente, nunca había oído hablar de él o de sus composiciones (algo que inevitablemente hice al transcurrir los capítulos, llevándome gratas sorpresas en YouTube). Así de cruel ha sido el paso del tiempo con este músico; por lo que pude entrever en la novela, en su tierra lo recuerdan con más nostalgia que gloria entre el polvo de dos siglos adherido a los fonógrafos y a sus fotos blanco y negro, donde aparece vestido elegantemente de charro, con su clásico bigote fino, entonando quizá la legendaria Nunca.

Esta vida narrativa que propone Carlos en La muerte del Ruiseñor puede comprenderse a través de la metanovela Si una noche de invierno un viajero, donde Italo Calvino hace un ejercicio narrativo de incluirse a sí mismo en la narración, desde el mero principio: «Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto.»

Algo parecido hace Michel Houellebecq en El mapa y el territorio, donde incluso él mismo se decapita en uno de los capítulos y su yo narrativo forma parte de un siniestro crimen que tiene que resolverse. Y así podríamos poner más ejemplos de este tipo de ejercicios narrativos, llegando hasta Unamuno y su nivola.

Carlos no solo hace una primera incursión en la novela, lo hace con armas narrativas de gran nivel derivadas de algo tan difícil como el cuento, y nos ofrece una forma diferente de leer la historia de su Yucatán. El Ruiseñor no es una novela histórica, ni autobiográfica; es una oportunidad de mostrar a México y al mundo que existió un prodigio del nivel de Carlos Gardel, un trovador brillante que se comía el mundo porque sabía que podía hacerlo; un genio que murió joven y truncó su leyenda de forma miserable. Martín Briceño también nos demuestra que se puede escribir una novela amparada en la maravillosa brevedad del cuento. Hay algunos capítulos que podrían funcionar como pequeñas historias satélite y con vida propia, pero al comprender el trasfondo del ejercicio narrativo que nos propone el escritor, estas pequeñas narraciones quedan como puentes de diferente tamaño y anchura, donde se puede pasar por ellos y llegar al día decisivo de Guty con su partida de este mundo.

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