“La muerte del Ruiseñor”: historia de dos agonías. La tragedia del Salón Bach, gachupines borrachos, música de trova y balas asesinas.

Roldán Peniche Barrera
Yucatán Insólito

En la actualidad, cuando todo el mundo escribe cuentos y mala poesía, y casi nadie se ocupa de la novela, leer “La muerte del Ruiseñor”, de Carlos Martín Briceño, es atestiguar el rescate con originalidad del género novelístico y de la arrumbada memoria de un trovador muerto en olor de juventud que apenas tuvo el tiempo para escribir algunas de las más hermosas canciones, no sólo yucatecas sino mexicanas y que hoy pertenecen a toda la América.

La novela en general ha andado con mala suerte en Yucatán. Con la introducción de la imprenta el remoto año de 1813 surgen Justo Sierra O’Reilly y Eligio Ancona, nuestros mayores novelistas del siglo XIX, cuya herencia literaria nos enriquece y nos llena de orgullo. Eran los tiempos de la novela por entregas que mantenía a nuestros tatarabuelos con el alma en un hilo a la espera de que el repartidor le entregara en mano propia el último episodio de “La hija del judío” o “El conde de Peñalva” para meterse a la hamaca y enterarse de los pormenores de su contenido.

A diferencia de la segunda mitad del XIX, la primera mitad del siglo XX, con alguna excepción, decae en la producción novelística. Durante los últimos cincuenta años de la centuria pasada, los narradores se vuelcan en el cuento en el que despuntan Everardo García Erosa y Jesús Amaro Gamboa.

La novela, poco cultivada (“Levadura”, de Carlos Duarte Moreno, “Paludismo”, de Bernardino Mena Brito, y algunas de Pedro Pérez Piña son de las que se salvan) languidece, excepto por Juan García Ponce, y Raúl Rodríguez Cetina, quienes viven en la ciudad de México y cuya producción, en lo general, poco tiene que ver con Yucatán.
En este siglo XXI parece predominar sin solución de continuidad el cuento. Por ello, la publicación de “La muerte del Ruiseñor” (Ediciones “B” de la ciudad de México, 2017) deviene, para decirlo en términos vulgares, una bocanada de aire fresco en el campo de nuestra novelística.

No repetiremos que Carlos Martín Briceño es un excelente narrador, fuerte en los diálogos, rico de ideas y consumado arquitecto de las estructuras narrativas. Sus varios libros de cuentos lo dicen todo. No hay que darle vueltas al asunto: sabe narrar y punto. Y con todo este envidiable bagaje siempre esperábamos de él la composición de una obra épica. “La muerte del Ruiseñor”, “agonía y éxtasis” copiamos a Irving Stone de Guty Cárdenas, o como prefiere Richard Strauss en su poema sinfónico, “muerte y transfiguración”, resulta ser una novela que entrevera dos historias, dos agonías: la del trovador del Mayab, ave errante en la gran ciudad, y la del padre del autor, que transcurre sus últimos momentos en una clínica de nuestra Mérida. Y en medio de estos dos dramas, está Carlos el novelista, el autor, el historiador, el narrador que es el dueño de la voz y del conocimiento, y que está aquí y está allá, que lo mismo habla de la vida de su padre en sus días de vino y rosas al propio tiempo que observa prima facie al Ruiseñor en su lecho de sangre y adivina sus últimas meditaciones terrenales antes de que alcance su Eternidad, no sabemos si luminosa u oscura.

Carlos ubica al lector en el centro del siglo de los acontecimientos. Somos testigos de primera mano de los largos senderos de Guty abiertos en su corta vida, de las noches de jolgorio, de los días en Cuba, de la fantasía embustera de Hollywood (que acaso fantasía y embuste sean lo mismo), de la significación de cantos como “Yucalpetén” y “Caminante del Mayab”, hoy hechos himnos de garantizada inmortalidad… Y repito: estamos en el medio, en el punto axial de una tragedia digna de la péñola de Sófocles. Ahí nos ha colocado el autor y tal vez como él, terminaremos de personajes del drama.

No es el hecho en sí, sino la manera en que Carlos Martín describe los sanguinarios sucesos del Salón Bach de la capital del país aquella tarde de gachupines borrachos, música de trova y balas asesinas. Mataron al Ruiseñor yucateco de fama universal y aquellos sus últimos momentos sirven a maravilla al autor para desdoblar su propia angustia y contagiarnos del horror de la mise en scène que nos es dable mirar y de hecho sentimos el olor de la sangre y de la pólvora y oir las famous last words, como dicen los gringos a esta suerte de testamento oral pronunciado por el trovador inmenso que a poco, como se decía en la antigüedad, “largó el alma al Creador”, o más simple, al decir de Cervantes por el Quijote: “dio su espíritu; quiero decir que se murió,”

A dos vertientes cabalgan las dos historias de Carlos, hermanadas por la Muerte: la del Ruiseñor y la de su propio padre, que es hondamente humana, llena de detalles tiernos. Pero también está (pág. 89) un largo parágrafo a la vejez definitivamente magistral y que nos duele leer a quienes ya recorrimos el angustioso sendero de la vida y estamos por “dar nuestro espíritu”, como quiere Cervantes. Carlos alude a su padre, contemplado por él en el ocaso de la vejez y su testimonio, demoledor, es verdaderamente sincero y no hay vuelta de hoja. Y es que hay que ser leal a uno mismo: ¿por qué escribe Carlos? “Escribo para reafirmar mi pertenencia a este mundo, para sentir que mi vida tiene sentido”. Carlos Martín Briceño ha incursionado en el universo novelístico con envidiables augurios. Con “La muerte del Ruiseñor” evidencia sus grandes posibilidades narrativas a partir de la elección de su personaje, de sus personajes Guty Cárdenas (cuya interpretación literaria de su tragedia era un pendiente), el padre del autor y él mismo. Me place recomendar a mis lectores este libro que nos desvela una visión muy personal y muy dramática de su temática. Espero leer otra novela de Carlos antes de que el Creador me reclame para, quizás, darme su aval. Por el momento mi felicitación a Carlos.

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