Era una sombra refulgente sobre la arena humedecida; el hombre detuvo sus pasos y se agachó para observar de cerca: se fijó en el brillo del plumaje, en los pequeños espolones de las patas y, sobre todo, en el afilado pico que lo remitió al de los cuervos dentirrostros. Las manchas de sangre le hicieron pensar que la criatura estaba muerta.  A punto de retirarse, el ave alzó la  cabeza, entreabrió las canicas de sus ojos y soltó un largo chillido de súplica, casi humano. Minutos antes, mientras bebía sentado frente al océano, el hombre, quien se congratulaba de haber venido a esta isla casi virgen donde abundaban fantásticas especies, había visto cómo el pájaro, que navegaba muy bajo en el viento, trató en vano de retomar en el aire su trayectoria antes de caer irremediablemente en picada.

          “¡Así que vives!”, dijo, y procurando no hacerle daño, revisó la herida, sólo para descubrir con tristeza que ya nada quedaba por hacer. Con una rabia proveniente de su naturaleza primigenia, salió en busca del culpable: la playa se incendiaba de soledad en el calor opresivo de las dos de la tarde.      

       Instantes después, con el cráneo destrozado por la limpia trayectoria de una piedra, yacía el muchacho. Y en tanto el océano, en su incesante ir y venir lamía el cuerpo, el hombre siguió de largo. El camino estaba desierto y silencioso.

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